Tierra, agua, vida.

Tierra, agua, vida.

Cuentan los astronautas, esos colonizadores espaciales y testigos privilegiados de la vida y la magia de la Vía Láctea que no hay nada equiparable en belleza y emoción a contemplar nuestra bella esfera azul mostrándose con toda su majestuosidad. Una majestuosidad azul basada en un porcentaje muy alto en el agua, ese elemento mágico que colma los mares, los subsuelos, las cumbres y los valles. Fuente de la vida con tanto poder de creación como de destrucción, pura fuerza de la naturaleza, ese elemento esencial para la vida en el que Masaru Emoto busca un mensaje cifrado, el mensaje de la vida.
El compuesto formado por dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno (H2O), un elemento esencial para la vida al que los seres humanos hemos querido dominar, canalizar. Pero en definitiva un elemento de poder, mágico, purificador y acaparador de innumerables leyendas.
Recuerdo que hace algunos años a pocas manzanas de mi barrio apareció una intrigante mancha en una pared encalada, la formación de una típica pareidolia que representaba el rostro de Jesucristo. La citada formación muy natural y terrestre llegó a atraer a cientos de personas, curiosos y devotos que dejaban velas en la acera a esa ‘milagrosa aparición’. Aventurados videntes llegaron al lugar profetizando que aquel rostro de Cristo anunciaba un inminente maremoto en la ciudad. Finalmente las autoridades acabaron con el misterio picando la pared y volviéndola a pintar demostrando que no se trataba de otra cosa que una mancha de humedad, que eso sí, había movido la curiosidad, la imaginación y la fe de numerosas personas.
Y hablando de agua, maremotos e inundaciones os contaré una leyenda que surgió sobre un pueblo argentino, que en la década del ochenta, desapareció bajo las aguas.

Un modesto y pequeño pueblo enclavado en el sudoeste de la provincia de Buenos Aires , una localidad llamada Epecuén, alrededor del cual circulan numerosas leyendas, informes técnicos y periodísticos sobre su historia y el citado suceso de su desaparición. Unas aguas del lago en las que el atardecer trae una melancolía de otros tiempos, tiempos de leyendas en los que las estrellas tenían otros nombres y en que en cada roca y arroyo vivía un espíritu que corría por las pampas, un tiempo en el que Epecuén no era sólo un lago y Carhué era algo más que un bello paraje de descanso.
Atardecer en el Lago Epecuen.Epecuén fue aquella Villa turística distante 8 km. de la ciudad de Carhué que desde un trágico día del mes de noviembre del año 1985 pasó de ocupar un lugar en la geografía, a ser historia, una historia cargada de nostalgias, un pedazo gris de historia argentina…
De entre las numerosas leyendas destaca especialmente la del llanto de una dama, una bella princesa que, cautivada de amores por Epecuén y despreciada por éste, lloró y lloró tanto que se ahogó en un gran lago formado por sus lágrimas: el Lago Epecuén.

Y como el fútbol forma parte de la cotidianidad de la gente tampoco podía librarse de la leyenda, de la mítica. Cuentan que había allí un club, Gauchos de Epecuén, que participaba en los torneos regionales de fútbol. Un equipo que en política deportiva podríamos encontrar a su alter ego en el Athlétic de Bilbao español, y es que Gauchos de Epecuén jamás aceptó que ningún forastero formara parte de su escuadra. Esto lo llevó a ser considerado un ejemplo de ética deportiva aunque muchas veces los resultados no fueran los esperados.

Surgido de la fusión en 1968, del Atlético Epecuén y del equipo de Estancia La Concepción, de propiedad de los Alzaga Unzué contaba con unas modestas instalaciones en las que la utilería y los vestuarios se ubicaban tras la portería orientada hacia el norte, en la que la leyenda contaba que una de las paredes captaba la atención de todos porque lloraba las derrotas del modesto conjunto de Epecuén. Cuenta la tradición oral que la citada pared se empapaba de agua cuando llegaban las derrotas y permanecía absolutamente seca cuando el resultado era un empate o una victoria. La leyenda de Epecuén trasladada al fútbol, en la que Epecuén es el equipo de fútbol y  la princesa la pared que rompe en llanto con las desgracias de Epecuén.

Como aquella tarde en la que tras seis victorias y con un ambiente festivo llegó una dolorosa derrota por siete a cero. Una accidentada tarde de fútbol y agua en la que la pared lloró tanto que los jugadores tuvieron que cambiarse en otro recinto, la inundación provocó que el campo de juego quedara totalmente tapado de agua y hubo que poner bolsas de arena adelante de las puertas de varias casas aledañas.
El futuro se presentaba muy oscuro para el club de Epecuén, que entró en una delicada fase de llanto y depresión, hasta que surgió una prometedora generación de chicos que con su talento volvieron a levantar el club desde sus categorías infantiles a los juveniles, llegando a ser campeones de la citada categoría. Unos éxitos que atrajeron a varios representantes con la clara intención de captarlos para otros equipos, pero estos gauchos habían nacido y crecido alrededor de la leyenda y la firme convicción de ser fieles a su propia historia.

La de su modesta pero amada camiseta de Gauchos de Epecuén, con la que lograron éxitos impensables e inalcanzables para este modesto pueblo, siendo campeones regionales y obteniendo el derecho a participar en el campeonato nacional.

La inalcanzable meta se rozaba con los dedos, se ganaron los dos primeros partidos de un cuadrangular y llegaron a la instancia final en la que se jugaban tanto. El rival fue Olimpo de Bahía Blanca y el estadio y la pared que lloraba acogían el acontecimiento deportivo más importante de su historia. Cuentan las crónicas que el arbitro no estuvo nada afortunado pues antes de concluir el primer tiempo ya habían sido expulsados los dos mejores jugadores de Gauchos. Promediada la segunda mitad y con un inapelable dos a cero en contra, la misteriosa pared comenzó a llorar en un llanto desbordante que inundó en cuestión de segundos toda la cancha. El colegiado diez minutos antes de la conclusión tuvo que dar el partido por suspendido ante el pésimo estado del terreno de juego. Un torrente de agua que arrasó con todo lo que encontró a su paso y dejó atónitos a los aficionados bahienses que desconcertados, no comprendían lo que estaba sucediendo.

En cambio los Gauchos de Epecuén eran conscientes de todo lo que acontecía, su pared lloraba aunque en esta ocasión nada pudo calmar el llanto de ese sentimental muro, una princesa que había perdido para siempre el amor de Epecuén, de sus éxitos.
Cuentan que ésta no pudo soportar una derrota tan dolorosa, no detuvo su llanto y Epecuén desapareció bajo las aguas sin que su Cristo Redentor pudiera hacer nada. Epecuén bajo las aguas 1986

Ese pueblo al que un poeta local le dedicó estas líneas:

-Cómo quisiera contarle al país
que se ha perdido un pedazo de él…

Nota: Agradezco a Horacio Iannella su magistral y emotiva narrativa de esta leyenda, su leyenda, que me ha servido como fuente y me he permitido plasmar en estas líneas. Para mí una bonita historia de una tragedia, de la fuerza de destrucción y el poder del agua.
En recuerdo de Epecuén…

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