"La tribunita"

"La tribunita"

De un tiempo a esta parte la vida ya dura de por sí se me hace cada vez más cuesta arriba, por si no fuera suficiente con levantarme a las cinco de la mañana para trabajar en la panadería familiar junto a mi marido y regresar a casa para seguir con la faena y la guerra que dan tres hijos en plena adolescencia ahora me encuentro con una situación que desde finales de mayo resulta insostenible para el correcto y sosegado funcionamiento de la familia.
Todo comenzó una tarde de mayo en la que me encontraba en el dormitorio leyendo un libro de Paulo Coelho mientras en el salón, Juan (mi marido), Sergio y Pedro (mis dos hijos), se hacían dueños de la televisión para ver otro partido de fútbol. Un deporte que odio y que para mi desgracia influye sobremanera en el estado de ánimo general de los miembros de mí querida unidad familiar. Es duro pero he llegado a la conclusión de que dependiendo de la racha de resultados del equipo de sus amores se abre ante mí un reducido abanico de posibilidades que conducen indefectiblemente a dos caminos: el de la desgana y las caras largas en caso de derrota y el de la euforia y las caras de eterna felicidad en caso de victoria.
Es muy fuerte esto del fútbol, un fenómeno social capaz de arrastrar a tanta gente a ese lado oscuro por el que incluso yo he de reconocer que me he sentido atraída en alguna ocasión en la que no he podido reprimir experimentar la alegría de cantar un gol. Ese lado oscuro en el que mucho me temo mi hija Nuria ha sucumbido, puesto que de entre su interminable colección de pulseras destaca una amarilla que la identifica como seguidora de un determinado club, una pulsera que he podido comprobar porta en su muñeca derecha cuando sale de casa las tardes de domingo. Creo que mi última aliada acaba de sucumbir a esa fiebre letal, en cualquier caso volvamos a colocarnos en situación, en aquella fatídica tarde de mayo en la que todo cambió:
A pocos metros del salón y en la habitación contigua en la que me encontraba enfrascada en la literatura etérea de Coelho, mi hija Nuria se imbuía en la red en una conversación vertiginosa y abreviada a través del chat mientras sonaba música en su cadena musical (aparato que por cierto se ha apagado o encendido en numerosas ocasiones incluso cambiándose la opción de leer CD por la de casete o radio sin que nadie mediara en ello). Una música que se detuvo de golpe (estaba sonando una canción conocida de “La Quinta Estación”) y dio paso a una voz profunda, ronca, grave, de hombre, que comenzó a tronar por el pasillo a una velocidad superior a la normal. Nuria no supo entender la parrafada pero captó a la perfección aquella inquietante voz. Cuando la voz dejó de oírse la música “regresó” como si nada hubiera ocurrido…y entonces Nuria salió disparada y con la tez blanca de su habitación contando aquel inexplicable suceso.

Desde entonces y siempre coincidiendo con la jornada vespertina de sábado o domingo todos y cada uno de los miembros de la familia hemos presenciado fenómenos de índole paranormal en diferentes puntos de la casa. Muchas de aquellas tardes, desde finales de mayo, cuando Nuria se encuentra en la cama, escucha voces ordinariamente de hombre.  Según relata, “son retazos de una canción, rara vez se dirigen a mí”.
De todos modos y siguiendo con el hilo de los misteriosos sucesos que nos están haciendo la vida literalmente imposible hay que sumar el hecho de que Sergio y Pedro (mis otros dos hijos), han podido ver como una sombra deambula con total libertad por los pasillos poco antes de la hora de partido, una sombra alargada, rápida y de aspecto humano. El problema es que a veces no son solo sombras… yo misma pude ver en otra ocasión, pocos días después, a una persona tumbada cómodamente en el sofá del salón hasta que se desvaneció con rapidez.

Mientras paulatinamente todos nos convertíamos en testigo de estas manifestaciones, la cadena musical y la televisión parecían operar con cierto capricho. Se apagaban o encendían sin ton ni son. Aunque en el caso de la televisión “la pequeña broma” coincidía curiosamente su encendido con la hora de las noticias deportivas. La situación fue agravándose a tal punto que comenzaron a desaparecer cosas de la casa, precisamente aquellos objetos que se necesitaban con relativa urgencia: Unas llaves, un bolso, un teléfono móvil, las bufandas que llevaban los chicos al fútbol…, por más que se buscaban en el lugar donde siempre estaban no se veían para horas después, cuando ya no se necesitaban, ser encontrados en el sitio de siempre o bien colocado claramente a la vista, lo cual convierte en inexplicable el hecho de que ninguno de los protagonistas lo viera cuando lo estaba buscando. Aunque todos los objetos han ido apareciendo sistemáticamente todavía quedan aquellas bufandas que estaban colgadas antes en el perchero que se encuentra junto a la puerta y que todavía “no han regresado…”.

Otro de los fenómenos inexplicables que nos han atormentado son los ruidos que ocurren por la noche. En más de una ocasión tanto Nuria como Sergio han tenido que levantarse para “ver” qué estaba ocurriendo porque en la cocina se escuchaban ensordecedores ruidos de sillas, platos, cubiertos y un estruendoso sonido de trompeta o vuvuzela cuando en realidad nada estaba sucediendo…

Este último hecho fue la gota que colmó el vaso, no estábamos dispuestos a seguir pasando por todo ello y decidimos acudir al sacerdote de nuestra Parroquia para plantearle lo insostenible de la situación. El cura escuchó con amabilidad todos nuestros problemas y se ofreció a ayudarnos.

Se acercó en la tarde del domingo, los chicos y Juan se encontraban en el salón intentando abstraerse de los sucesos con una nueva dosis de fútbol. Ataviado con la característica casulla revestida sobre el alba y la estola, apareció con gesto grave pero firme, con su dispensario de agua bendita como arma en ristre y recitando diversos salmos y letanías. En conclusión una ceremonia de exorcismo en toda regla que se vio violentamente interrumpida por el estruendoso sonido de una vuvuzela o trompeta que nosotros ya teníamos identificada pero que en este caso hizo salir al cura escopetado de nuestro hogar para no volver jamás.
Tras este primer fracaso recurrimos a falsos videntes, a diversos estafadores que aprovechándose de la situación límite por la que pasábamos nos sacaban los cuartos con ridículas y presuntas ceremonias de limpieza.
Todo siguió igual hasta que uno de nuestros clientes de la panadería nos recomendó a un equipo investigador que se dedicaba a estudiar todo lo relacionado con lo paranormal. Contactamos con ellos y aunque en principio actuamos con cierto recelo, este se desvaneció por completo cuando pudimos comprobar que varios de sus componentes gozaban de rigor científico. Entre ellos había un físico, un doctor en medicina, un ingeniero electrónico y una licenciada en psicología, aunque la que más me llamaba la atención era una presunta sensitiva llamada Aurora.  Esta mujer con solo poner un pie en la casa comenzó a captar sensaciones y a dejar datos inconexos que acabaron encajando como un puzzle perfecto en esta rocambolesca historia. Que si hierba verde, que si tribunita, que si maldito ladrón…

Era viernes, llenaron la casa de aparatos, volumétricos, grabadoras de video, de audio… unos aparatos que no comenzaron a captar nada hasta la tarde del domingo. Fue entonces cuando todo comenzó a encajar, primero captaron una parafonía en la que se podía escuchar de una forma muy audible la voz de un hombre que se expresaba con tono grave en los siguientes términos: “Me cago en la reputísima madre del niñato que me ha sacado de mi tribunita”.
Inmediatamente después todos los volumétricos instalados en la casa comenzaron a saltar, a su vez Aurora, la sensitiva daba vueltas sin cesar por el pasillo y repetía una y otra vez: ¡En un metro cuadrado! ¡En un metro cuadrado! ¡Hierba Verde! ¡Hierba Verde!…
El televisor se encendía y saltaba en la cadena que retransmitía el partido, por su parte la cadena musical se disparaba sonando con fuerza Carrusel deportivo y las cámaras de video comenzaban a grabar captando la silueta de un tipo con bandera, gorra y bufanda que tarareaba la siguiente canción:

¡Alcohol, alcohol, alcohol, hemos venido a emborracharnos el resultado nos da igual!….

Las pruebas eran irrefutables, para los investigadores no cabía la menor duda: una presencia estaba alterando la vida de la familia y no estaba dispuesta a poner fin a la situación hasta que no le permitieran regresar a su eterno descanso.
Fue entonces cuando Aurora, la sensitiva, se detuvo en un lugar concreto del pasillo volviendo a exclamar:

¡En un metro cuadrado! ¡Hierba verde!

Y con los ojos entornados gritando:

¡Mi nombre es Manuel y no descansaré hasta que me saquéis de este tiesto y me devolváis al lugar del que nunca debí salir!
Justo enfrente de una maceta rectangular recién sembrada con un trozo de césped arrancado por mi hijo Pedro en el último ascenso del equipo amarillo. Ahí encajó todo, las piezas del puzzle se reordenaron y a falta de la confirmación final todos llegamos a la misma conclusión.
Una confirmación que nos llegó de forma definitiva cuando uno de los investigadores consultó la hemeroteca periodística y encontró una noticia publicada en abril de 2009 en la que se recogía la siguiente información: ” Las cenizas de un acérrimo seguidor amarillo son esparcidas sobre el césped”

Ampliando la noticia se podía leer que un fiel seguidor de 59 años llamado Manuel Gómez había dejado como última voluntad que sus cenizas fueran esparcidas en un metro cuadrado del área de la portería cercana al Fondo Norte. Justo el mismo metro cuadrado en el que mi hijo Pedro atrapado por la euforia, había arrancado un trozo de hierba que tenía la intención de sembrar y cuidar hasta la posteridad. Una acción con la que sin ser consciente de ello privaba de su tribuna a un ferviente aficionado que había cruzado al otro lado con su incondicional apoyo y la tan temible fiebre amarilla.
Esa fiebre que nunca entendí pero a la que acabó de sucumbir tras resembrar con permiso del club, ese metro cuadrado llamado Manuel, ese que tanto nos ha hecho sufrir en este último mes pero que nos ha enseñado el verdadero valor de la fidelidad y el descanso eterno.

Descanso eterno del que ya disfruta Manolo y que nosotros volvemos a gozar desde aquel día en el que todo volvió a su lugar…

Mariano Jesús Camacho.

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