pateraDentro de seis días se cumplirán dos años del fallecimiento de Antonio Puerta y justo ayer se disputó en el Sánchez Pizjuán su Trofeo, donde aún las emociones a flor de piel recordaron la zancada y calidad del número dieciséis, ese un número de dos dígitos que desde aquel fatídico día de agosto dejó de tener valor numérico para tener un incalculable valor emocional. Para convertirse en ese minuto en el que la magnífica afición hispalense recuerda en cada partido la estela y la leyenda de aquel gol con el que llegó a los corazones sevillistas. Y es que esta historia como no podía ser de otra manera va de corazones, corazones sensibles a los que la genética ha jugado una mala pasada y pese a su fortaleza sucumben ante la fatiga física para recordarnos que todos somos mortales y tenemos  marcado en rojo en nuestro calendario vital una cita ineludible con una “Señora de mirada polar”. El trayecto final que en ocasiones llega de forma prematura y desemboca en una estación en la que el alto nivel de entropía certifica el caos y el desorden.
Y os hablo ahora de ello porque justo hoy se cumplen dos semanas del también trágico fallecimiento de Dani Jarque, otro chico con corazón fuerte pero demasiado sensible que una tarde depositó flores en la banda de Antonio y como él acabó sucumbiendo a los caprichos de la genética. Otra historia de dolor, de emoción, que conmocionó con su prematura marcha a la afición periquita y cambiará para siempre el valor del nº 21 en las gradas del nuevo y bonito estadio blanquiazul.
Dos historias paralelas que se encontrarán en un futuro y unirán a dos aficiones en el recuerdo pero dos historias que son solo la punta del iceberg puesto que junto a ellos otros chicos se marcharon sin apenas hacer ruido. Chicos como Omar Konaty, un inmigrante que convirtió su vida en una lucha constante con la muerte, desde su nacimiento en Mali, donde luchó por sobrevivir a su destino hasta el momento en el que cruzó el mar en patera para desembarcar en la costa majorera en agosto de 2006.
Desde entonces le ganó la partida a la pobreza subsistiendo en un centro de acogida de menores inmigrantes del Cabildo Insular, donde al cumplir la mayoría de edad partió hacia Valencia para encontrarse con su hermano y de donde no tardó en regresar a Puerto del Rosario.
Y fue allí en Puerto del Rosario donde el fútbol le dio una oportunidad, el primer mundo parecía abrirle por fin las puertas de un futuro al parecer notable con un balón. Un futuro, un comienzo en las filas del  River Playa Chica, actual Puerto Cabras, conjunto en el que en categoría juvenil preferente comenzaba a entrenar a la espera de la formalización del contrato.
Un contrato que nunca llegó por una maldita jugada del destino que le colocó en su duro camino vital una cardiopatía con pericarditis. Una enfermedad de la que fue tratado en el Hospital General de Fuerteventura y seguido en el servicio de cardiología de un centro hospitalario de Gran Canaria, aquella a la que desafió cada día acudiendo a entrenar con su equipo en bicicleta y que parecía superar.  Un nuevo reto, un nuevo mar que cruzar en el que acabó zozobrando en septiembre de 2008, hace justo casi un año, cuando se desvaneció sobre el césped artificial al que acudía cada día a entrenar desde la Casa de Acogida de Cruz Roja. Un chico que nunca tendrá su minuto y que permanecerá en el olvido para la gran mayoría de la gente, excepto para aquellos que le conocieron y fueron testigos de su lucha vital.
Por ello y aún recordando a los infortunados Dani  y Antonio he querido dedicar este minuto a un chico como Omar Konaty, que permanece en el olvido y jamás apareció en las portadas de los periódicos o informativos de tirada nacional.
Fuentes:

http://medios.mugak.eu/noticias/noticia/169227

Mariano Jesús Camacho.