Calles, potreros...

Calles, potreros...

Dicen que la calle, mi calle puede ser tan grande y varia como el mundo, cuentan que en todo el mundo no hay más de lo que hay en aquella calle. Puede ser un medio tan confuso y hostil como acogedor, donde puedes encontrar a los peores enemigos y peligros tan reales como ciertos. Sobrevivir sobre sus mojados adoquines, colchones de almas perdidas, puede ser tan complicado que cuando estés preparado para hacerlo lo estarás para todo.

Lejos quedan aquellos días en los que mis tímidas incursiones en los suburbios de la ciudad mostraban a un chico asustado, pegado a sus paredes y con la cabeza gacha. Un chico que soñaba con ser amo de aquella calle, de aquel pequeño mundo. Y es que según dicen ser amo de la calle es tan difícil como ser amo del mundo y el que consigue no asustarse y a fuerza de heroísmo la domina está preparado para dominar el mundo algún día. Pero son pocos los elegidos capaces de afrontar la vida a pecho descubierto, sobre aquellas aceras que forjan el carácter y el destino, una síntesis del Universo. Calles, terrenos baldíos, potreros, en los que el hambre y la desgracia te miran a la cara, en los que del dolor surge un rayo de luz llamado talento. Y es que cuentan que aún en estos tiempos en los que –afortunadamente- los chicos tienen una academia para aprender a cantar, un complejo deportivo para aprender a jugar, siempre habrá algún lugar, alguna calle, algún potrero, en el que un chico forjado en el heroísmo y la verdadera crudeza de la vida, nos sorprenda con su torrente natural de arte y talento. Condiciones naturales e innatas en los grandes genios pero fortalecidas en un medio duro y hostil que les ha curtido en pequeñas batallas diarias contra los elementos. El mero hecho de aprender a caer, el saber levantarse, zafarse de sus enemigos, saltar para no hacerse daño, buscarse la vida…
Son en definitiva quince o veinte calles repartidas por todo el mundo en las que la picardía y la capacidad para saber andar y saber parar te permiten primero subsistir y luego sobresalir. Un duro camino, una luz al final del túnel, calles mojadas para andar, despacio y sin prisa en llegar. Calles frías, desnudas, bancos de cartón, notas de color, fútbol y toreo de salón.

Allá donde surge el arte y brota la magia, donde el próximo crack en un minúsculo punto de nuestro planeta comenzará a andar, a jugar, a cantar, como Clarence Bekker, un artista callejero que es y será grande. Puro talento, pura música, el alma negra en su garganta.

Mariano Jesús Camacho.

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