libelulaPor estas latitudes del sur de España el otoño aún nos otorga una tregua en la que nos regala días de alfombras de arenas blancas, horizontes dorados, atemperados, suaves y tenues. Sueños que nos recuerdan al ya lejano adiós del estío, al calor del membrillo, a su luz, a ese derroche de belleza y agua templada de un mar que te invita a adentrarte y pasear. El agradable abrazo del Sol que mesa sus cabellos dorados con el susurro del viento del este. Días de últimos baños, baños purificadores al son de semillas voladoras y veloces libélulas que desafían al viento y planean en vuelo rasante por encima del mar. Un arriesgada lucha y un arriesgado juego en el que se apuesta a todo o nada y que en ocasiones puede tener mal final. Y es en este punto donde os quiero contar la bella y vívida experiencia de uno de esos baños purificadores de sal.

Once de octubre de 2009, el mediodía explota en mis sentidos ante inmensas autopistas de arenas blancas y el radiante abrazo de un Sol que juega a dos colores con el horizonte y abre un cálido camino hacia el mar. Un mar hoy sereno, de aguas tibias y olas tímidas, que al final de un extasiante baño me entrega el agonizante cuerpo de una empapada anisoptera que en la palma de mi mano huye de sus corrientes suaves y sus garras cristalinas y azules. Un cuerpo frágil, delicado, de alas desiguales y con un hálito de vida esperanzador que deposito sobre la arena mojada, el primer eslabón de una cadena de favores de una naturaleza que una vez más obra el milagro de cada día. Intensos minutos de lucha y supervivencia en los que un bello aleteo me regala el retorno a la vida de un animal que casi había aceptado su fatal destino.

Una historia, una descripción vívida, muy real que en mi habitual paralelismo con el tema de esta bitácora me traslada al destino ineludible de dos bellas damas de América del Sur. Buenos Aires y Montevideo, Argentina y Uruguay, el juego del horizonte y el Sol, del celeste y el albiceleste, con un Mundial como destino. La desesperada lucha de dos equipos con un hálito de vida sobre la superficie del mar. Dos libélulas heridas que en trance de muerte y al filo del abismo han encontrado la mano salvadora que les libere de su fatalidad. De un lado ‘la Argentina’ de un Dios caído llamado Tronal y del otro ‘la Uruguay’ de un Dios perdido llamado Forlán. Las manos salvadoras de “San Palermo” y Forlán que les ha posado suavemente sobre una arena mojada en la que esperan de su inminente cita con el destino. Esa lucha final en la que solo una de estas anisópteras logrará volver a la vida y alzar el vuelo hacia el próximo Mundial. Una cita tan real e intensa como esta historia, como estos minutos finales en los que Palermo y Forlán han colocado el primer eslabón de una cadena de favores que en uno de los casos se romperá. Ese apasionante duelo de rivalidad que tendrá como juez el mítico estadio Centenario de Montevideo que hace ya 79 años fue testigo y juez de la primera final del Campeonato del Mundo en 1930.

La final de Luisito Monti “Doble Ancho”, jugador temido que puso las bases del 5 argentino y vivió aquel encuentro bajo la atenta mirada y las amenazas de muerte de dos esbirros de Musollini –que ya comenzaba a manejar los hilos con vistas al siguiente Mundial-, la final de Guillermo Stábile ‘el Filtrador’, la estrella indiscutible y goleador del Campeonato, la final de aquellos hinchas argentinos que no pudieron llegar a causa de la niebla, la final del ambiente ensordecedor, con más de 80.000 espectadores al borde de la explosión, la final de la pasión uruguaya, que comenzó a jugar días antes no dejando dormir a los componentes de la selección albiceleste, la final de Carlos Gardel que fue a cantar a ambas selecciones al hotel, la final del cambio de balón, pues al descanso fue sustituido el balón elegido por Argentina -que les había favorecido en el sorteo inicial- por otro balón ‘uruguayo’ con el que los charrúas comenzaron a ganar, la final de José Nassazzi, mariscal de los Lorenzo Fernández. Héctor el“Mago” Scarone, Pedro Cea, Andrade y compañía, la final de Héctor Castro el “Divino Manco”, extraordinario jugador y la final de John Langenus, el colegiado belga que pidió escolta personal y un seguro de vida ante semejante ambiente.

En definitiva un duelo a muerte de hoy y una gran final de ayer, una final de leyenda, de las lágrimas de Guillermo Stábile, Manuel ‘Nolo’ Ferreira –capitán argentino- y Pancho Varallo, y la cabeza baja de Monti –que no la tocó-, a la alegría exultante de la afición uruguaya y el intento de asalto de la embajada de Uruguay en Buenos Aires, de los seis goles, -4 para Uruguay y dos para Argentina- en una primera mitad para la albiceleste -que ganaba 2 a 1- a una segunda para Uruguay, en la que los goles de Cea, Iriarte y Castro le dieron la vuelta al marcador y la final de Jules Rimet, aquel caballero francés que al hacer entrega al “Mariscal” Nasazzi de aquella Copa de la “Victoire aux Ailes d’Or” vio cumplido su gran sueño.

Sueños de Mundial, que el próximo miércoles 14 de octubre de 2009 vivirá otro duelo que pasará a la historia.

Posdata: “Basado en hechos reales”.

Mariano Jesús Camacho.