gandolfiSebastián Gandolfi era un tipo grueso, calvo, de aspecto bonachón, pero inteligente, con un nivel cultural alto y un carácter firme aunque bastante transigente. Su peculiar aspecto físico que remataba con un chándal idéntico al que llevaba Alf Ramsey cuando dirigía la selección inglesa -campeona en el 66-, y una gorra boina a cuadros, le convertía en claro objetivo de burla de chicos como nosotros. Jóvenes aficionados al fútbol que soñábamos con ser estrellas y soltábamos las tensiones acumuladas en nuestras respectivas profesiones en los campos de Tercera Regional.


Recuerdo que le conocí en una tarde de verano del 86, estábamos todos reunidos en el campo de arena de las Balas a la espera de la llegada del nuevo entrenador, cuando le vimos aparecer con aquella gorra boina calada y ese característico andar pausado y cansino. Jamás olvidaré aquella charla, aquellas palabras, aquel viejo que sobrepasaba ampliamente las seis décadas nos colocó alrededor del círculo central y se nos presentó con el siguiente discurso:
-“Buenas tardes chicos, me llamo Sebastián Gandolfi, soy el mister, vuestro nuevo profesor, podéis llamarme ‘Profe'”.
A continuación prosiguió con aquella frase que ha quedado grabada en la memoria de todos nosotros pero que en ese momento fue objeto de la mofa y burla continua del grupo.
-“Este año olvidaos del fútbol, conmigo vais a hacer literatura”.
De inmediato la mirada de varios de nosotros se encontraron  en aquel pequeño corro y al borde de la risa pensamos para nosotros: “Menudo pirado nos han traído y nos va a tocar soportar”.
Recuerdo que aquella tarde no volvió a dirigirse a ninguno de nosotros y nos tuvo todo el entreno dando vueltas al campo. Durante aquellas vueltas comenzamos a masticar aquellas primeras palabras de ese singular personaje que regiría nuestro destino deportivo durante toda la temporada, y que nada más verle bautizamos con el sobrenombre de “Gordo Gandolfi”.
Al segundo día de entreno llegó con idéntica indumentaria pero con tres libros bajo el brazo. Nos sacó del terreno de juego y nos citó a todos en aquellos precarios vestuarios donde a duras penas nos cambiábamos y donde había improvisado un aula escolar con sillas, una mesa de playa y una vieja pizarra de segunda o tercera mano.
Muchos pensamos entonces que aquel tipo gordo y calvo, al borde la locura, nos iba a anestesiar a base de charlas tácticas para luego matarnos a correr en los entrenamientos. En cambio cuando llegamos a vestuarios, nuestra sorpresa fue monumental, en la vieja pizarra tres nombres escritos llamaron nuestra atención: Platón, Cervantes y Lorca, y sobre la mesa tres libros, “El banquete”, “Don Quijote” y “Romancero gitano”.
Definitivamente aquel tipo estaba tarado del todo y hablaba muy en serio con aquello de que íbamos a hacer literatura.

Nos colocó sentados por posiciones, en la fila de la izquierda, delanteros y extremos, en el centro los medios -creadores y destructores-, en la de la derecha los zagueros, y al fondo en una solitaria silla, el portero.

Seguidamente y con el libro “Romancero gitano” en sus manos, comenzó su discurso  dirigiéndose de forma firme a la fila izquierda, acentuando su mirada sobre Paco y Alfredo, los nº siete y once de nuestro equipo.
-“En mis manos tenéis a Lorca, a Quevedo, a Tagore, a Juan Ramón, tenéis la poesía, tenéis por tanto a Garrincha, a Matthews, a Tostao, a Sindelar, a Best, pura poesía. Ese es vuestro rol, vuestro fútbol es poesía, debéis correr, centrar, controlar y regatear pensando en metáfora, utilizando tropos en instantes puros y bellos pero efímeros”.
Luego cambió su discurso para dirigirse a Fran y a Pedro, los delanteros del equipo.
-“En cambio tú –Fran, delantero alto y rocoso- eres Cervantes, su Quijote, su prosa, eres Gerd Müller, pura narrativa que debes utilizar para conseguir el objetivo que te llevará a la poesía, al gol. Mientras que Pedro –delantero de características diferentes- puede ser tanto Lorca como Platón, puede ser poesía y puede ser prosa, puedes ser Van Basten, Rivera, Sívori o Riva y puedes ser también Mazzola, Zarra, Altafini…”
En el siguiente punto prosiguió su disertación con el libro “El banquete” de Platón, dirigiéndose en esta ocasión a la fila central, y poniendo especial énfasis sobre los medios creadores.
-“Platón es uno de los grandes sabios de la humanidad, su prosa poética trasmite sensaciones, visiones del mundo, como Cicerón, Baudelaire o Rimbaud, estamos ante genios que escriben en la sutil frontera que une y separa la prosa de la poesía , una línea difícil de identificar. Pura prosa poética, quizás por ello sujetos a la realidad pero colgados de la hipérbole y la genialidad. Vosotros Luis y Ramón –el ocho y el diez- sois Platini, Maradona, Di Stéfano, Luis Suárez, Zidane, Gerson, Cruyff, Schuster, Pelé… ”
Luego se dirigió en tono muy afectivo a Juan y Andrés-los medios destructivos-.
-“Vosotros en cambio sois prosa, narrativa, también novela picaresca, sois Don Quijote y su Sancho Panza, el ciego y su Lazarillo, sois Nassazzi, Obdulio Varela, Luis Monti o Matthaus…”

El último tramo de su discurso lo dirigió hacia nosotros, con el Quijote en la mano y a la fila de la derecha, en la que los zagueros aguardábamos atónitos las palabras de aquel disparatado loco que nos enseñaba fútbol y literatura.
-“Vosotros, el 2, el 3, el 4 y el 5, sois también Cervantes, pero vuestra prosa es novela dramática , afinando un poco más , –en ese momento me miraba fijamente, a un carnicero de profesión que pasaba horas soñando con ser otra persona-  quiero que sepas que tú eres Edgar Allan Poe, maestro del género del terror, un escritor que quiso ser poeta pero al que las necesidades le llevaron a la prosa. Tu trabajo, tu fútbol prosístico generará terror e intimidará. Eres por tanto Beckenbauer, Krol, Domingos da Guia, Nilton Santos, o Scirea…”
Y por último se dirigió a la solitaria silla del fondo con un periódico en la mano para hablar cara a cara con Moisés, nuestro portero.
-“Sé que eres periodista de profesión y por tanto a ti solo te pido que hagas bien tu trabajo, que seas eficiente cuando te llegue, hables continuamente a tus compañeros y me hagas la crónica al final del partido, pues te encuentras en  una privilegiada posición, desde la cual se captan todos los errores de nuestro equipo. Tú eres portero y haces periodismo, por lo que ejercerás como tal, tendrás la eficiencia y magnificencia  de Matías Prats, de Zamora, la voz de Ary Barroso, Fioravanti, Hugo Morales, el vuelo semántico de Brera, de Yashine y las manos veloces de Diego Lucero, de Gordon Banks”.
Al finalizar su discurso saltamos al campo de entrenamiento para hacer ejercicios físicos, tácticos y técnicos, que efectuamos con sensaciones encontradas, por un lado recelosos de aquellas disparatadas ideas pero por el otro con la emocionante sensación de que sabíamos quiénes éramos y por primera vez jugábamos con nuestro propio rol.
De esta forma todos supimos a qué jugábamos y para qué, sus posteriores discursos basados en las teorías de Pasolini,  sobre el lenguaje fundamentalmente prosístico del fútbol y el lenguaje fundamentalmente poético, acabaron por conformar nuestro estilo, aquel con el que acabamos identificándonos cada uno de nosotros.
Y así pese a las reticencias iniciales, aquel personaje orondo y afable nos enseñó su disparatada teoría literaria del fútbol, con la que cada uno de nosotros jugamos con un rol determinado y con la que conseguimos un histórico ascenso a Segunda Regional.
Un ascenso que supuso todo un acontecimiento para el modesto pueblo de Vergel, el único éxito en la carrera de Sebastián Gandolfi, al que jamás volvimos a ver y que se marchó tal y como vino, por la puerta de atrás y con aquel andar pausado y cansino con el que le vimos llegar.

Ninguno de nosotros llegamos a ser estrellas ni siquiera futbolistas a nivel profesional, pero aquellas palabras cambiaron para siempre nuestra visión del fútbol, la visión de quince amigos que nunca volverían a estar tan cerca de las estrellas como en aquella mágica temporada, en la que gozamos siendo Lorca, Cervantes, Platón, Maradona, Obdulio Varela, Garrincha, Cruyff, Beckenbauer o Pelé…
Mariano Jesús Camacho.