Argelia nos saluda con la poderosa mano de los vientos del Sahara, esa vasta alfombra de arena que cubre un país besado en su franja costera por Atlas. País de la rosa del desierto, de Argel la blanca, la de blancos y brillantes edificios reflejados en mediterráneas aguas. La del romanticismo y las laberínticas calles de la alcazaba pero también la Argel de influencias francesas y europeas que generan contrastes únicos de verdadera belleza.
La de las alfombras de Ghardaia y la Argelia de Madjer, Zidane y Albert Camus, pues, no podemos olvidar que en aquellas tierras nació un talentoso y legendario jugador llamado Rabah Madjer, que de allí llegaron los genes que fabricaron a uno de los mejores jugadores de la historia, Zinedine Zidane. Y que en Mondovi (Argelia), un 7 de noviembre de 1913 nació uno de los mayores literatos y humanistas franceses del siglo pasado, Albert Camus.
Novelista, ensayista, dramaturgo y filósofo francés, Premio Nóbel de Literatura en 1957 y todo un apasionado del fútbol, que llegó a decir sobre este deporte:

– “Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”.
Y hablaba con conocimiento de causa porque Camus practicó con pasión el fútbol en Argelia. Jugó como portero y a veces también como centro delantero, llegando a ser la estrella del Racing Universitario de Argel (RUA). Una etapa en la que como bien dijo Albert aprendió que la ética y la moral no solo se aprenden de forma académica. Recuerdos vitales imborrables en la vida del talentoso humanista galo, el recuerdo de un sueño truncado por la tuberculosis, aquella enfermedad que precipitó su final futbolístico y su nacimiento literario. El mundo pudo haber perdido a un buen o mal futbolista pero ganó a un escritor de valor incalculable. En todo caso ganamos a un excelente literato que había forjado muchos aspectos de su personalidad practicando este deporte, que nunca olvidó y al que siempre relacionó con los códigos vitales y humanos.
-“Aprendí pronto que una pelota no llega nunca del lado que uno espera. Me sirvió sobre todo en la metrópoli, donde la gente no es sincera”.
Su pasión por el fútbol era tal que cuando su amigo Charles Poncet le preguntó qué hubiese elegido, el fútbol o el teatro, si su salud se lo hubiese permitido, Camus contestó:
-El fútbol, sin duda.
Pensador y escritor del amor, la ética y el humanismo, autor de “El Extranjero” y “Caligula” que en el siguiente articulo autobiográfico repasó aquellos recuerdos y sueños de juventud en los que un balón moldeaba a un artista:

Hice mi debut con el club deportivo Montpensier. Sólo Dios sabe por qué, dado que yo vivía en Belcourt y el equipo de Belcourt- Mustapha era el Gallia. Pero tenía un amigo, un tipo velludo, que nadaba en el puerto conmigo y jugaba water-polo para Montpensier. Así es como a veces la vida de una persona queda determinada. Montpensier jugaba a menudo en los jardines de Manoeuvre, aparentemente por ninguna razón especial. El césped tenía en su haber mas porrazos que la canilla de un centro forward visitante del estadio de Alenda, Orán. Pronto aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga. Eso me ayudó mucho en la vida, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser siempre lo que se dice derecha. Pero al cabo de un año de porrazos y Montpensier en el “Lycée” me hicieron sentir avergonzado de mí mismo: un “universitario” debe jugar con la Universidad de Argel, R.U.A. En ese periodo, el tipo velludo ya había salido de mi vida. No nos habíamos peleado, sólo que ahora él prefería irse a nadar a Padovani donde el agua no era tan “pura”. Ni tampoco, para ser sinceros, eran ¨puros¨ sus motivos. Personalmente, encontré que su motivo era ¨adorable¨, aunque ella bailaba muy mal, lo que me parecía insoportable en un a mujer. ¿Es el hombre, o no es, quien debe pisarle los dedos de los pies? el tipo velludo y yo prometimos volver a vernos. Pero los años fueron pasando. Mucho después comencé a frecuentar el restaurante de Padovani (por motives “puros”) pero el tipo velludo se había casado con su paralítica, quien seguramente le prohibía bañarse, como suele ocurrir.
¿Pero qué es lo que estaba diciendo? Ah sí, el R.U.A. Estaba encantado, lo importante para mí era jugar. Me devoraba la impaciencia del domingo al jueves, día de práctica, y del jueves al domingo, día del partido. Así fue como me uní a los universitarios. Y allí estaba yo, golero del equipo juvenil. Sí, todo parecía muy fácil. Pero no sabía que se acababa de establecer un vínculo de años, que abarcaría cada estadio de la provincia, y que nunca tendría fin. No sabía entonces que veinte años después, en las calles de París e incluso en Buenos Aires (sí, me ha sucedido) la palabra R.U.A. mencionada por un amigo con el que tropecé, me haría saltar el corazón tan tontamente como fuera posible. Y ya que estoy confesando mis secretes, debo admitir que en París por ejemplo, voy a ver los partidos del Racing Club, al que convertí en mi favorito solo porque usan las mismas camisas que el R.U.A., azul con rayas blancas. También debo decir que Racing tiene algunas de las mismas excentricidades que el R.U.A. Juega “científicamente” pierde partidos que debería ganar. Parece que esto ahora ha cambiado (eso es lo que me escriben de Argel), cambiado – pero no mucho- . Después de todo, era por eso que quería tanto a mi equipo, no solo por la alegría de la victoria cuando estaba combinada con la fatiga que sigue al esfuerzo, sino también por el estúpido deseo de llorar en las noches luego de cada derrota.
Como zaguero esta el “Grandote” – quiero decir Raymond Couard. Le dábamos bastante trabajo, si mal no recuerdo. Jugábamos duro. Los estudiantes, los nenes de papá, no escatiman nada. Pobres de nosotros -en todo sentido- ¡muchos nos burlábamos de la dureza de nuestros propios pies! No teníamos más remedio que admitirlo. Y teníamos que jugar “deportivamente”, porque ésa era la dorada regla del R.U.A., y “firmes”, porque, cuando todo está dicho y hecho, un hombre es un hombre. ¡Difícil compromiso! Eso no puede haber cambiado, estoy seguro. El equipo más difícil era el Olympic Hussein Dey. El estadio quedaba detrás del cementerio. Ellos nos hicieron notar, sin piedad, que podíamos tener acceso directo. En cuanto a mí, ¡pobre golero!, vinieron por mi cadáver. Sin Roger ¡lo que hubiera sufrido! Estaba Boufarik, ese centro forward grande y gordo (entre nosotros lo llamábamos “Sandia”) se excusaba con un: “Lo siento nenito” y una sonrisa franciscana. No voy a seguir. Ya me excedí de mis límites. Y entonces, me pongo reblandecido. Hasta en “Sandía” veo bondad. Además, seamos sinceros, bien que esto era lo que habían enseñado. Y a esta altura, no quiero seguir bromeando. Porque, después de muchos años en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de moral v de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol, lo que aprendí con el R.U.A, no puede morir. Preservémoslo. Preservemos esta gran y digna imagen de nuestra juventud. También estará vigilándolos a ustedes.

Albert Camus.

Fuentes:

http://www.clarin.com/diario/1998/06/21/e-05401d.htm

http://lapelotaelcorazondelaire.blogspot.com/2009/01/albert-camus-y-el-futbol.html

Mariano Jesús Camacho.