Campa de los inglesesDecía el magnífico Enrique Gil de la Vega “Gilera” que la presunción más estúpida es la del historiador, la del que se cree autor de la historia que se hace revivir, por muy subjetiva que sea. Los autores de la historia de cualquier orden y especialidad son los propios personajes que desfilan en ella, que están en sus páginas. Ahondando un poco más en su cátedra y maestría, “Gilera” afirmaba que el mejor periodista o crítico de fútbol es realmente original pues antes de dictarse a sí mismo le han dictado a él los jugadores o equipos individualmente considerados. Sabias palabras para un hombre que tanto supo y enseñó a todos de la historia del fútbol en España.
Precisamente y a colación de ello aprovecho esta certera introducción para volver a recordar un tema que ya abordé con anterioridad: el de la entrada del football en las fronteras de la Península Ibérica. Y es que aún apoyando la veraz versión de la llegada de este deporte hasta nuestras fronteras a través de las Minas de Rio Tinto hay que ser justos con la historia y recalcar que si afinamos un poco más, el football en sí como se conoce actualmente entró en España por la ría de Bilbao, a bordo de cualquier patache de la línea regular “Mc&Andrew” que atracaba en los muelles del Nervión, junto a la Campa de los Ingleses. Y es que en aquellos sinuosos y verdes campos se sembraron los primeros “dreeblings” entre marineros ingleses y jóvenes de familias bilbaínas que habitualmente enviaban a educar a sus hijos a los Colegios católicos de Escocia e Irlanda. Así desde las verdes y húmedas tierras del País Vasco como sucediera en Andalucía desde Rio Tinto a Huelva y Sevilla este football fue extendiéndose por Cantabría y Galicia, y de ahí a tierras bajas de Portugal, Cataluña y Madrid. Un deporte que como bien cuenta Gilera pronto adquirió categoría de “deporte nacional”, una circunstancia que irritó enormemente a los aficionados a la fiesta de los Toros, que consideraron una usurpación en toda regla de su lugar de privilegio y que generó una encarnizada rivalidad y curiosa incompatibilidad en la época.
Y es que señores hablamos de ese football de antaño, aquel que tanta raigambre vasca tiene en la Península, ese que nos dejó inolvidables anécdotas en los JJOO de Amberes en 1920, cuando una selección compuesta en su mayoría por vascos y desde un punto diametralmente distinto al estilo actual hizo famosa la “Furia española”. Una furia que encajaba en el estilo futbolístico de la época (un juego muy duro, viril y de choque en el que se imponía la ley del más fuerte) pero que afortunadamente y con todo el respeto que merece quedó para la historia.
Ese football de protocolo británico, del corrillo en el centro del campo y del grito ¡¡Hip Hip, Hip!! ¡¡HURRA!! que aquellos españoles transformaron en ¡¡¡Be-laus-te-gui-goi-tia-Pagaza-ur-tun-dua…!!! ¡¡¡Aupa…!!! (Los dos apellidos más largos del combinado español), en una tarde de Amberes ante la fornida selección danesa en la que un tal Ricardo Zamora comenzó a labrar su fama de gran portero.
Tardes de football de “Kick and rush” a todo pasto, jugadores que las órdenes del seleccionador Paco Brú acaban rotos, agotados, magullados y que con los goles de Pichchi y Sesumaga consiguen el Subcampeonato olímpico para el conjunto español. Ese conjunto español de Belauste, el “León de Amberes”, aquel futbolista vasco que inmortalizó para la historia la frase: ¡A mi Sabino, que los arrollo! o ¡A mi el pelotón, Sabino, que los arrollo! antes de marcar un goal hercúleo. Esa frase con la que se inició uno de los grandes tópicos de la historia del fútbol español, el de la ya lejana “Furia española”.
Fuentes:
Gilera “Historia de la Selección española.- Desde la furia de Amberes al Mundial 82”. Editorial Aldecoa-Burgos.
Mariano Jesús Camacho