En estos días de enero en los que todos queremos comenzar de nuevo, el invierno se empeña con su helada mirada en mostrarnos los grandes contrastes de la madre Tierra, el blanco sobre el negro, la nieve cubre nuestras asfaltadas calles y el agua helada dibuja perfiles sobre la tierra.
Días de contrastes en los que en el continente africano se disputa la Copa de África a pocos meses de que el balón comience a rodar en Sudáfrica en la mayor competición futbolística mundial. Y digo contrastes porque en Verona, el joven Mario Balotelli pierde los nervios y reacciona de forma humana ante la constante provocación e insultos racistas de los que fue objeto durante el partido ante el Chievo.
Es la triste historia de siempre, la del blanco sobre el negro, la de un futbolista con un futuro envidiable, natural de Palermo e internacional sub-21 por Italia pero de color negro y ascendencia ghanesa que es insultado por un grupo de ignorantes que quedaron anclados en el siglo XVIII, cuando según el historiador británico Eric Hobsbawm la cifra de esclavos africanos transportados a América rondaba los siete millones.
Por ello y buceando en los legajos históricos, que en fútbol no son otra cosa que el archivo histórico de la prensa, sus crónicas blancas y la tradición oral de las generaciones de aficionados, os presento la historia de un futbolista desconocido para la mayoría de los aficionados pero leyenda del fútbol uruguayo y de la historia manya de Peñarol.
Bisnieto de esclavos y por tanto descendiente directo de aquellos seres humanos arrancados de su tierra y desposeídos del derecho fundamental. Un chico de color nacido en Florida, en el interior del Uruguay pero criado en Palermo, el legendario barrio situado en la costa de Montevideo de la década de los diez. Por tanto un chaval de color pero de puro barrio, puro potrero que comenzó jugando en Huracán como delantero y luego pasó a Central, donde los chicos de barrio tenían más posibilidades.
 Un talento que debutó en Parque Central entre marzo y abril de 1912 y del que las crónicas de la época cuentan que usaba la magia blanca para hechizar al balón, la historia del negro sobre el blanco.
Su nombre Juan Delgado, genial futbolista, espigado, inteligente y flexible al extremo, con unas capacidades atléticas innatas, que junto a su calidad técnica le permitieron convertirse en una de las primeras perlas negras del fútbol uruguayo junto a su amigo y también recordado zigzagenate espadachín de la bola, Isabelino Gradin.
Que pasó de jugar de delantero centro en tiempos mozos a convertirse en un irrepetible nº5, un futbolista magnífico en el corte y grande en el pase, un jugador que hizo célebres sus cortes de balón lanzándose al piso y dejando sin balón ni opción al rival.

 Un tipo con una personalidad muy peculiar que dejó para la historia frases antológicas como la que citó en una ocasión Eduardo Galeano:
-Descolgame ese racimo – decía, elevando la pelota.
Y lanzándola decía:
-Tirate que hay arenita.
Hablar de Uruguay y el fútbol del diez, es hacerlo del único país del mundo que contaba entre sus filas con futbolistas de color -negros- en la selección nacional.
 Y hablar de Peñarol, al que luego defendió Juan Delgado, es hacerlo de un magnífico equipo que cortó la triunfal trayectoria del tradicional adversario -Nacional- en 1918:

Roberto Chery, José Benincasa y Pedro Rimolo o Alfredo Granja; Jorge Pacheco, Juan Delgado y J. Delacroix; José Pérez, Armando Artigas, José Piendibene, Isabelino Gradín y Campolo.
 En esta época gozó del privilegio de aportar su talento y su trabajo para que Peñarol conformara la considerada como una de las mejores delanteras de la historia del conjunto manya, una línea de ataque formada por: José Pérez, Armando Artigas, José Piendibene, Isabelino Gradín y Antonio Campolo.
 En esta historia de blancos sobre negros y viceversa quedó el recuerdo del aurinegro, campeón también en 1921. La historia también de la selección celeste que salió campeona del Sudamericano Extraordinario de Buenos Aires de 1916, en el que Delgado protagonizó junto a su compañero Isabelino una de las polémicas del Campeonato, puesto que la Selección chilena tras perder con Uruguay el primer partido del Sudamericano elevó una protesta y recurrió el resultado alegando que Uruguay había jugado con dos africanos.
 Juan comentó al respecto y en tono jocoso a su inseparable gran amigo Gradín:
– Oiga negro, no se me arrime que yo no quiero tratos con africanos…

El primer paso a la integración en tiempos ya remotos pero muy significativo, que marcó y abrió como dije el camino de la integración social e incluso racial a través del fútbol. Y es que Gradín y Delgado, negros descendientes de esclavos, jugaban con Pacheco, de la alta sociedad, familiar de Pepe Batlle que había dejado la Presidencia de la República, dos años antes…
 Una leyenda vinculada a Peñarol casi de por vida, que en 1944, ya retirado del fútbol, se hizo cargo de la utilería de Peñarol hasta 1961, año en que lo sucedió su hijo Jorge Delgado. Función en la que fue relevado por su nieto.
La primera perla negra que “aterrizó” en Peñarol, donde con el también de color Isabelino Gradín marcó una época y demostró el talento natural de los jugadores de color.
Un futbolista legendario y un tipo con un talante genial, su vida,  mil y una anécdotas, habitual participante del Carnaval, que acostumbraba a dejarse ver haciendo de tamborilero e insuperable escobero de los “Nyanzas”.
Aquel que en una noche de carnaval, fue visto por el también legendario Ángel Romano a caballo y con una lanza y al que en algún partido le dijo si estaba jugando “a caballo y con paraguas”.
El más adecuado final para esta crónica negra sobre blanco, la historia de una generación que a través de su talento y su talante luchó por sus derechos y encontrar su lugar, un tipo de color que supo llevar con humor la intransigencia y la intolerancia de otros.
A los que les convendría salir de la cueva y les recomendaría un poco más de humor, de libertad, transigencia, o como solía disfrutar Juan, de Carnaval… 

Mariano Jesús Camacho.