Año 1978, por la corrala del barrio madrileño de Lavapiés corretea un niño gitano que lleva en su sangre los acordes rasgados de una guitarra que susurra por las aceras una música milenaria. Una música que no se aprende, se lleva o no se lleva, se tiene o ne se tiene y que este pequeño diablo de diez años lleva de serie en sus genes, pues en la genealogía artística que conforman sus apellidos brilla de forma especial el ilustre cantaor Rafael Farina, de Salamanca.
Gitano, callejero y con el alma en la garganta su corazón repica por bulerías como lo hace el yunque en la fragua. Suena una vez más la guitarra que pierde notas al viento para llenar de cante hondo la silla desde la que Diego Ramón Jiménez Salazar canta.
Y al pequeño Diego, que aún no es “Cigala“, le envenena el vuelo de una pelota y el llanto de su guitarra.


Por ello rescato recuerdos de su barrio El Rastro, para trazar una vez más un puente de plata entre el arte y este Blog de esféricas cartas. Recuerdos que llevan a Diego a rebuscar entre su selectiva memoria las filigranas de once gitanillos que jugaban a fútbol todo el día, a 40 grados y desde las once de la mañana. A ese fútbol callejero que le transporta al más puro estilo de los gitanos de Marsella. Ese estilo que tan bien interpretó Zidane y tan bien interpreta Ribery, pese a no ser de raza gitana, pues como el flamenco, el estilo libre y callejero se tiene o no se tiene, se lleva o no se lleva:

-“¿Tú sabes que Ribery y Zidane jugaban al fútbol con los gitanos de Marsella? El gitano, el moro y el francés siempre han tenido un juego muy parecido, muy callejero”.

Cuentan que aquel veneno de forma esférica ocupó gran parte de sus sueños de infancia, los sueños de un menudo futbolista callejero que con doce años fue a probar con los alevines del Real Madrid:

“No me cogieron porque todavía no tenía la altura, me dijeron que esperase un par de años”.
Tenía talento pero no físico el pequeño Diego y dos años fueron muchos para un genio del flamenco que moría con el alegre tintineo y la percusión de alma gitana de una guitarra.

Con catorce años el Madrid le quedaba lejos, pues aunque su mundo aún tuviera forma de balón, Dieguito comenzaba a despuntar cantando en Tokyo con la compañía de Paco Peña  y mascullando a aquellos japoneses “O mi si kuda sar” -dame un poco de agua-.
Y en aquel nuevo camino perdió a Maradona pero encontró a Camarón, a Paco de Lucía, a Farruco, que identificaron el lamento del pueblo gitano en su garganta.
Gracias a ello el mundo perdió a un futbolista y el cante ganó los lamentos cubistas de un grande de la música que entre otras muchas obras nos regaló “Lágrimas negras”, a sones afrocubanos del insondable piano de Bebo y “Picasso en mis ojos”, donde la versátil y rasgada voz cañí del Cigala nos moldeó el ‘dibujo musical’ del irrepetible genio de Málaga

Mariano Jesús Camacho.