Partido de la muerte.

En 1941 la ciudad ucraniana de Kiev protagonizó la mayor batalla de embolsamiento de la historia. Para el bando nazi formó parte de la Operación Barbarroja y para el bando soviético formó parte de la Operación Defensa de Kiev.
Y aunque el jefe del Estado Mayor alemán Franz Halder, -no sin razón- lo llamó el error estratégico más grande de la campaña del este -entendiendo que todos los esfuerzos se deberían haber centrado en Moscú- Adolf Hitler la llamó “la batalla más grande de la historia universal”.
En cambio para el Ejército Rojo supuso una derrota tremendamente dolorosa, aunque quizás la primera ocasión en la que las tropas nazis sufrían verdadera resistencia por parte del bando oponente en aquella “blitzkrieg” o guerra relámpago.
De esta forma el 17 de septiembre de 1941 las tropas alemanas cerraban el cerco a la ciudad y dos días más tarde comenzaban a entrar en ella.
Los nazis habían tomado Kiev y en los meses sucesivos cientos de prisioneros liberados de otros campos llegaron a la ciudad para verse abocados a la indigencia. Miles de historias y situaciones personales que abren camino a la leyenda, historias que bordean la realidad y el mito y que en el caso del FC Start nos legó una interesantísima leyenda.

Cuenta la historia que en medio de aquel deflagrador clima, Josef Kordik un checo colaboracionista que ejercía como panadero, paseando por las calles de la maltrecha Kiev reconoció a uno de aquellos indigentes. Era la imponente figura de un tipo delgado, casi famélico, pero muy alto que le miraba con el demacrado rostro del que un día había sido su ídolo: Nikolai Trusevych, el gigantón guardameta del Dinamo de Kiev.
Aquel equipo que le había transportado a tardes alegres en las que aún se podía soñar y por los que merecía dar un paso al frente desafiando a las autoridades alemanas.
Por ello Kordik no dudó un instante, contrató a Nikolai como barrendero en su panadería, encargándole además una misión muy especial: encontrar a todos sus compañeros. Trusevich los fue reclutando uno a uno a la vez que Kordik les buscaba ocupación en su panadería, así hasta completar un equipo de once futbolistas.
Mientras tanto los alemanes siguen adelante con su plan y pretenden que la ciudad retome la organización habitual previa a la invasión, aunque  sometida al opresor yugo de la esvástica. Así ponen en marcha una Liga de fútbol en la que participarán seis equipos, uno de ellos el FC.Start.

FC.Start

Por su parte Nikolai trabaja a destajo y logra contactar primero con su excompañero Makar Goncharenko, así hasta completar gran parte del conjunto con ocho jugadores del Dinamo Kiev (Mykola Trusevych, Mikhail Svyridovskiy, Mykola Korotkykh, Oleksiy Klimenko, Fedir Tyutchev, Mikhail Putistin, Ivan Kuzmenko y Makar Goncharenko), más tres jugadores del Lokomotiv Kiev (Vladimir Balakin, Vasil Sukharev y Mikhail Melnyk), que conformaron el FC Start,
Once panaderos que en su mayoría mantienen firmes sus ideales comunistas, pues su procedencia solo tiene un camino. Y por ello eligen casaca roja y pantalón blanco para representar a ese gremio de panaderos rojos que entrenan a diario en el patio de la panadería.
Un equipo que pronto entrará en la leyenda del fútbol por un partido que se disputará el 6 de agosto de 1942 ante las hordas nazis y la fuerza de la Luftwaffe –la fuerza aérea alemana– vestida de corto. Pero antes de llegar a esa cita histórica, una cascada de victorias ante el Rukh, las guarniciones Húngara y rumana, los trabajadores del ferrocarril, el PGS alemán y el potente MSG húngaro, convertirá al FC.Start en la principal amenaza para el Flakelf, el conjunto de la Luftwaffe que debe ser campeón por decreto.

Este no es ni será un partido más, con un balón en juego por un título o la honrilla, sino un choque con unas connotaciones muy especiales:  el nazismo contra el comunismo. Y en aquel enclave y momento histórico, un partido de alto voltaje entre los que ostentan el poder y un grupo de futbolistas que sueñan con volver a sentirse libres.
Razones de peso que provocan  inquietud en el seno del aparato  militar nazi responsable de la zona, que manda una clara misiva a aquellos once ucranianos:  “Para sobrevivir solo hay un camino, la derrota”.

Misiva que choca frontalemnte con la obstinación y valentía de  once jóvenes que sueñan con con volver a sentirse libres, para los que no hay mejor  camino que la victoria
Un repleto estadio les espera y un oficial de las SS con silbato en mano tiene la intención de no dejarles respirar, antes del comienzo se acerca al vestuario del Start y remarca con contundencia: “Soy el árbitro, respeten las reglas y saluden con el brazo en alto”.

Saltan al césped del copado Zenit Stadion y en formación enfrentan a una tribuna atestada por autoridades alemanas, el Start con aquella indumentaria roja que tanto incomoda, y el Flafke con casaca blanca y pantalón negro haciendo honor a los colores de la selección alemana.
Todos alzan sus brazos, en el bando alemán truena un seco ¡Heil Hitler!, pero en el bando ucraniano sus brazos bajan al pecho y resuena un atronador ¡Fizculthura! -eslogan soviético a favor la cultura física-, que sorprende a unos alemanes que comienzan a tener la sensación de que todo no está bajo su control.
Los nazis quieren tenerlo todo bien atado, el colegiado no va a pasar una, pero han pasado por alto que en este juego el control lo llevan los que saben y tienen una relación íntima con el cuero.
Aún así golpean primero los alemanes, y nunca mejor dicho puesto que en una acción antirreglamentaria sobre Trusevych -que recibió una patada en la cabeza- y mientras este se encontraba en el suelo, el Flakelf logra adelantarse en el marcador.
Un gol que exasperó a los ucranianos pero que les hizo reaccionar con más orgullo si cabe, pues no estaban dispuestos a colaborar con semejante farsa. Así comenzaron a hacer lo que sabían, jugar a fútbol, y fruto de ello llegaron los goles, el primero anotado por medio de un tiro libre ejecutado por Kuzmenko. El segundo obra de Goncharenko, tras una brillante acción individual en la que ridiculizó a dos defensores alemanes antes de batir al aviador que ocupaba la meta del conjunto nazi.

Así hasta llegar con ventaja de 3 a 1 al descanso, momento que aprovechó un oficial de las SS para transmitirles a aquellos famélicos ucranianos de forma diáfana una amenaza que iba muy en serio:  no podían ganar y si lo hacían se atendrían a las consecuencias.
No sirvieron de nada aquellas amenazas, los chicos del Start sabían muy bien lo que hacían, para ellos una victoria sin armas valía más que mil derrotas.  Cada acción, cada gol y cada regate a uno de los miembros de la Luftwaffe  era saboreada como una gran victoria  pese a la lluvía de insultos y las agresiones que les llovía desde la grada por parte de los oficiales alemanes.
Un contundente 5 a 3 hacía torcer el gesto de los alemames,  que  perdieron de forma definitva la paciencia tras una acción individual del defensor ucraniano Iván Klimenko, que emprendió un veloz y habilidoso slalom en el que sorteó a varios defensores alemanes y ‘mató’ al portero del Flakelf, pero en lugar de hacer gol se dio la vuelta y la lanzó al centro del campo como símbolo de protesta.
Una acción que propició la finalización del partido poco antes de llegar a la hora de juego ante la indignación de las autoridades alemanas.
A partir de aquí se inicia el camino a la leyenda, versiones que bordean la leyenda o se abrazan a una posibilidad más real, la primera la que les llevó directamente al pelotón de fusilamiento:
Y es que cuenta la versión soviética que los nazis no toleraron semejante humillación, aquellos goles supusieron una andanada de torpedos en plena línea de flotación del orgullo nazi, que ante semejante afrenta pusieron en marcha el procedimiento habitual en estos casos, el fusilamiento.

Ejecución que según la leyenda se llevó a cabo inmediatamente después del choque, con los once panaderos rojos del Dynamo de Kiev portando aún sus uniformes. Siendo conducidos a un barranco cercano, donde al borde del abismo fueron ejecutados sin piedad. Versión esta defendida por los partidarios de Stalin, que convirtieron en héroes a aquellos onces panaderos de Kiev.
Otras versiones que posiblemente escapan de la leyenda –que no de la heroicidad- son las aportadas por el inglés Andy Dougan, en su libro titulado Dinamo: Defendiendo el honor de Kiev. El partido de la muerte.
En la citada publicación Dougan aporta dos versiones más, una primera en la que el delantero Makar Goncharenko defiende que los jugadores no fueron fusilados cuando terminó ese partido, sino que jugaron otro encuentro frente al Rukh y luego fueron capturados. De ellos y según esta primera versión Nikolai Korotkykh fue el primero en morir, al parecer bajo tortura por tratarse de un agente secreto de la policía soviética. Los otros diez jugadores fueron enviados al campo de concentración de Siretz.
En Siretz de aquellos diez fallecieron tres, el goleador Ivan Kuzmenko ejecutado como represalia por un ataque de partisanos, Klimenko (el que se negó a marcar el gol) y el arquero Trusevich quien habría muerto con la camiseta del partido puesta y gritando “El deporte rojo nunca morirá”.

Tyutchev y Goncharenko junto al monumento en 1989.

Al parecer Goncharenko y sus compañeros Tyutchev y Sviridovsky, sobrevivieron y gracias a ellos pudimos conocer otra interesante versión, la que aportó el citado Goncharenko –superviviente- a Dougan poco antes de morir.
Una versión que nos sirve para medir el calado de los personajes y la gran infamia que representa una dictadura independientemente del color que sea. Pues según cuenta Goncharenko, bajo el régimen comunista de Stalin, se les acuso de colaboracionismo por haber jugado fútbol con el enemigo en la Kiev ocupada, salvando su ejecución a cambio del silencio absoluto sobre lo sucedido.
En todo caso me parece fascinante esta historia de fútbol, vida y muerte pero sobre todo de valor, de libertad individual, aunque no física.
Una historia que solo tuvo once protagonistas y fue elevada a la leyenda por un pueblo pero que también fue tristemente utilizada con fines políticos, por personajes que jamás tuvieron ni un 1% de la valentía de aquellos once panaderos rojos esculpidos en piedra en la ciudad de Kiev, cerca del mítico escenario de los hechos hoy llamado “Coronel Lobanovsky”.
Un monumento que recuerda una victoria sin armas, mucho más satisfactoria, épica y legendaria, pagada quizás con un alto precio pero con tan alto grado de valor como para ser recordada por varias generaciones.

En su base una leyenda, que quizás cobre aún más carácter legendario conociendo todas las versiones que componen el puzzle de esta compleja pero fascinante historia:
“Los deportistas que con su lucha y su honor contribuyeron a la liberación de nuestra patria y a la derrota de los invasores alemanes”.

Fuentes:
http://www.elenganche.es/2009/04/kiev-verano-del-42.html
http://www.osclassicos.com/2000/01/kiev-1942-el-partido-de-la-muerte.html

Mariano Jesús Camacho.

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