Al abrir el libro histórico de nuestro fútbol las páginas del recuerdo nos seducen con momentos evocadores de gran elegancia y belleza. Acciones de genio y futbolistas diferentes que dejaron para la posteridad goles extraordinarios que permanecen vivos e inalterables en la memoria selectiva de los aficionados.
Inmediatamente nos inunda un torrente de flashes que desbordan sentimientos y recuerdos, de pronto una volea de Zidane al ángulo, una chilena de Hugo, una vaselina de Romario, un remate imposible de Van Basten, acciones de genio, solo al alcance de unos pocos elegidos que pasean su genialidad por el Olimpo del fútbol. Un lugar inaccesible para gregarios y trabajadores del fútbol, en el que descansan cuatro dioses esféricos que solo permiten la entrada a estrellas que brillan con luz propia, pero un bello paraje al que algún que otro trabajador de clase media del balón ha osado adentrarse.      
Decía el filósofo inglés James Allen: “En todos los asuntos humanos hay esfuerzos, y hay resultados, y la fortaleza del esfuerzo es la medida del resultado”. Frase esta en la que encaja a la perfección el perfil futbolístico de un jugador de clase media que logró disfrazarse de crack con la camiseta del Valencia a través de su incansable trabajo y evolución táctico-técnica.

Uno de aquellos cracks que no fueron, a los que el inflado mercado logró vestir de estrella para estrellarse una vez tras otra al perder su rol de buen futbolista de clase media.
Bilbaíno de nacimiento y castellonense de adopción  fue creciendo, evolucionando y escalando posiciones desde el lateral al interior diestro para acabar convirtiéndose en uno de los futbolistas españoles más cotizados de la década de los noventa.
Con su techo futbolístico en color blanco y una escala cromática en ‘sentiment che’, basándose en el trabajo y la dedicación se disfrazó de estrella para convertirse en uno de los pilares de un gran Valencia. Un gran equipo que en aquellos finales de los años noventa y comienzos de 2000 conquistó una Copa del Rey, una Supercopa de España y llegó a disputar dos finales consecutivas de la Liga de Campeones en los años 2000 y 2001, siendo elegido en este último mejor centrocampista de la competición.
Historias de fútbol y mercado pero también crónicas del recuerdo que nos conducen a los delirios de genialidad de un rey mendigo que en una sevillana tarde primaveral de mayo hizo volar su capote a la verónica para rematar con una media que hizo soñar a medio Olimpo. Un momento para el recuerdo y un golazo para la leyenda, que le permitió adentrarse en el Olimpo disfrazado de estrella.
El latente y trabajado talento de un obrero del fútbol que con un inesperado recurso osó llegar al éxito a través de la belleza. La elegancia de una acción que permanece en el tiempo y permite que los aficionados obvien los pasos en  falso posteriormente dados con su postizo y nuevo rol de estrella.
Un control magnífico con el pecho, otro orientado con rodilla de derecha, un sombrero con giro de altos vuelos y un empalme sublime de izquierda. El sombrero de Copa, golazo por el que se recuerda una histórica final en la que un Piojo de apellido López ‘picó’ en dos ocasiones para vencer por tres a cero al Atlético.
Como testigo el Olímpico estadio sevillano, como protagonista un mendigo que viajó por Europa y un rey que lo fue en Valencia. Su nombre Gaizka Mendieta.

Mariano Jesús Camacho.