Hoy solo tengo palabras perdidas para pasear por los campos de Castilla donde se encuentra el camino y la senda de las frases perdidas. Allá donde la pérdida es una huella perdida y las sombras afilan guijarros que lloran por la ausencia de un buen amigo.
Hoy en el camino nos espera “El Mochuelo”, un niño de la guerra de conciencia libre, alma desheredada y sincera tristeza. Santos inocentes cobijados a la sombra de un alargado ciprés, donde ‘delibe…radamente’ brotan flores silvestres como “Cinco horas con Mario” y “El hereje”.
Flores silvestres de un alma mutilada por la guerra, literatura mutilada por una censura que ejerce como brazo armado de una España anclada y profunda que no encaja bien sus ideas progresistas.
Hoy Don Miguel nos enseñó a ser libres como el aire y aunque la siega llegara a sus campos en tiempos ya lejanos, quiso morir la vida con la grandeza de un hombre que defendió con hechos la sabia sentencia de que un pueblo sin literatura es un pueblo mudo.
Y es que hoy ¡Milana Bonita! me trae el recuerdo de un vallisoletano que ejerció el periodismo con pasión en el Norte de Castilla, un literato ya eterno que vivió el fútbol con idéntica pasión. Artículos como “La Liga agoniza” (1968) “Campeón de las taquillas”, “El otro fútbol” y “Sobre el Mundial” (1982), la mejor muestra de ello.
La visión de un hombre que dudó de la sobreabundancia de profesionalismo en el deporte rey, amante de los marcadores amplios y generosos, que degustó el buen fútbol y alabó la calidad de la selección brasileña en el Mundial de España de 1982.

Cercano siempre al deporte, al juego, asiduo al estadio José Zorrila, donde ejerció como aficionado vallisoletano hasta que poco a poco fue distanciándose de un perfil de hincha, que según sus propias palabras solo acude a ver a su equipo si es capaz de ganar.
Uno de los grandes literatos españoles, que nos regaló “Once cuentos de fútbol” en 1963 y que en su juventud practicó el fútbol con gran pasión:
“El fútbol llegó a ser para mí una verdadera pasión. Jugaba al fútbol con las canicas en casa, jugaba a diario un partidillo informal en el Campo Grande, y jugaba al año cuarenta o cincuenta partidos serios, de noventa minutos y en campo reglamentario, en la finca de nuestro colegio, el Lourdes. Estábamos todo el día de Dios pensando en el fútbol. Yo jugaba de delantero y era más o menos fino, pero me faltaban condiciones físicas -no era corpulento- y me sobraba respeto a las defensas contrarias. Me desenvolvía mejor en lo que hoy se llama el futbito que en el fútbol  Unas veces ganábamos y otras perdíamos, pero, en cualquier caso, siempre quedaba vivo un deseo: remachar el triunfo obtenido o tomarnos el desquite de la derrota. Había, no obstante, un colegio en Valladolid que siempre nos vencía: el colegio de Santiago para huérfanos del arma de Caballería. He dicho que nos vencía cuando será más exacto decir que nos barría. Les recuerdo con sus insignias y sus capichuelas; al fútbol, sin otro adelanto que unas alpargatas, jugaban como los ángeles y sospecho que tenían un gran preparador físico”.
En definitiva un tipo genial que como cada uno de nosotros tuvo también a sus ídolos del balón:
– “Ha habido jugadores exquisitos, como Di Stéfano, Kubala y Cruyff. Con ellos empezaron los balones de oro y esas chorradas”.
Un hombre sabio que definió a través de su certera e inconfundible mirada interior el irremediable destino que nos iguala a todos y nos aguarda al final del camino:
“Al palpar la cercanía de la muerte, vuelves los ojos a tu interior y no encuentras más que banalidad, porque los vivos, comparados con los muertos, resultamos insoportablemente banales”.

Fuentes:

http://www.abc.es/20081227/deportes-deportes/jugaba-delantero-menos-fino-20081227.html

http://www.abc.es/20100313/cultura-literatura/miguel-delibes-conciencia-libre-201003131044.html

Mariano Jesús Camacho.