Nunca la historia de un flemón había sido tan redonda y contada, nunca un terrible dolor de muelas había dado paso al mayor espectáculo del mundo. Y es que nunca pudimos pensar que “La pulga” dejaría semejante actuación para el recuerdo en el histórico estadio maño de La Romareda.
Me quedo sin adjetivos calificativos para describir su exhibición, seguro que aún siendo argentino Vinicius de Moraes -como hizo con Garrincha- tendría un soneto musical para el de Rosario y Gardel lo cantaría a modo de tango.
Y es que lo suyo es tango pero también es samba, puro ritmo, arte, magia, velocidad, pero considero precipitado calificarle como el mejor jugador de la historia, el mayor futbolista de nunca y de siempre, de ese espacio eterno en el que el tiempo no es tiempo. Y lo digo porque Leo aún es joven y está en plena ascensión al monte Olimpo en el que descansan Zeus, Poseidón, Ares y Apolo -Maradona, Pelé, Di Stéfano y Cruyff-.
Para mí aunque en este punto del viaje lleve acumuladas más batallas victoriosas con respecto a algunos de los citados grandes dioses, aún le queda camino por andar y una asignatura pendiente de colores albicelestes por superar.
Con Leo todos llegamos a un punto común, es el mejor pero algunos disentimos de la habitual tendencia a la exageración, que nos conduce a considerar lo más reciente lo mejor de la historia. Su figura la equiparía a la de Perséfone, un dios que permanecía seis meses en el inframundo y los otros seis en la cima del Olimpo, donde el inframundo estaría situado para Messi en la selección argentina. Su asignatura pendiente, -la que tuvo también Diego hasta México 1986- la que le queda para llegar a esa cima en la que por sus cualidades podría convertirse en un gran dios olímpico con el perfil de Apolo -dios del arte y la danza-, Dionisio -dios de la naturaleza en estado salvaje- y Cronos -dios del tiempo-.
Y precisamente es esto último lo que necesita el excepcional futbolista argentino para demostrar lo que es y lo que llegará a ser, ese tiempo que logra parar cuando arranca con el balón pegado a su bota en su viaje eterno hacia el gol  Un viaje que de seguir por la misma senda, le conducirá indefectiblemente a la cima del monte Olimpo, en la que Zeus -Maradona-, sigue aguardando la llegada de su sucesor.
Leo ya es grande, aún es joven y lo tiene todo para marcar una época, pero para valorar en su justa medida lo que será y habrá sido, creo que debemos aguardar su llegada a la cima, al final de su trayecto. Mientras lo mejor sería disfrutar con su fútbol, aprender de su humildad y alucinar con su flemón olímpico.


Mariano Jesús Camacho.