"Señor de Sevilla"

La pasión de Cristo en tierras andaluzas representa una de las más genuinas expresiones del sentimiento cristiano del pueblo, una Semana Santa  imposible de describir en unas pocas líneas, un cúmulo de emociones, sensaciones y devociones que partiendo del amor, del dolor, la belleza y la fe, confluyen en el corazón de la gente. Una alegoría maravillosa de la generosidad de un hombre que se entregó en cuerpo y alma por su mensaje de amor. Una historia de dolor rebosante de arte, de aroma y sonido, marchas y azahar, incienso y cornetas, sensaciones múltiples ante la contemplación de lágrimas talladas, llantos bordados en oro, sangre en flor, miradas esculpidas y sentimiento repujado en plata.

Devoción mariana llevada al culmen a través de la belleza coronada y madera de cedro que cobra vida en las manos de genios imagineros. Largas hileras de túnicas anónimas que inician un cortejo de luz e incienso hacía el ropaje áureo que se bambolea con el viento del Calvario.
Esa es la Semana Santa andaluza, momentos únicos que solo pueden ser vividos, jamás contados, quizás sí perfilados o relatados por aquella tradición oral que nos transporta a vivencias en las que el incienso nos aromatiza y purifica el camino hacia historias imposibles. 

Pato Araujo

Historias como la vivida por Juan Araujo Pino, el “Pato” Araujo, uno de los mejores delanteros de la liga española en los cuarenta y cincuenta.  Apodado Pato por su peculiar forma de correr con los talones hacia la meta contraria. Uno de los héroes de aquella temporada 45/46 en la que el Sevilla fue campeón de Liga y en la que su gol en el campo de Les Corts del Barcelona le dio medio título al conjunto hispalense. Futbolista destacado de una mítica alineación del viejo Nervión:
Bustos, Guillamón, Campanal, Valero, Ramoní, Enrique, Liz, Arza, Araujo, Domenech y Ayala.

Aquel nº9 al que monstruos como Zarra, Mundo, César o Escudero, le cerraron el paso a la selección, pero un delantero de leyenda. Un tren que arrasaba con todo, pura potencia, puro gol, valentía y contundencia en su poderoso remate de cabeza. Terror de defensas y porteros que aparte de contar con un físico abrumador, cimentaba su fortaleza en la tremenda fe que ponía en todo lo que hacía. Una fe labrada en su vida personal, en la que este jienense de La Carolina, delantero de Gran Poder, cultivó su incondicional devoción por la iconografía cristiana y en concreto por la imponente talla que las mágicas manos del maestro Juan de Mesa tallaron para que cobrara vida el “Señor de Sevilla”.
Fe que mantuvo inquebrantable hasta que un suceso convulsionó su vida, un golpe vital que le arrancó parte de su existencia cuando una dura enfermedad encontró en su hijo la diana perfecta para efectuar su certero hachazo. Un golpe que intentó evitar de todas las formas y maneras humanas posibles y que la medicina no pudo parar. Capricho del cruel destino que le llevó a asirse con más fuerza a la fe, a ese pequeño hilo de esperanza al que cada tarde se agarraba llorando ante la imagen del Gran Poder, en la iglesia de San Lorenzo. Estampa de dolor que dibujó a diario hasta que el luto invadió su alma y  le arrancó parte de la misma. Esa parte que un día se transformó en rabia y que le llevó a mirar cara a cara a la imagen del Dios todopoderoso, a ese Rey de reyes que para los relojes de la Madrugá y hace andar los corazones de la gente. Una mirada cara a cara que finalizó con su reproche más sincero:

— Que sepas que ya no vengo más a verte porque no has querido salvar a mi hijo. Así que si quieres verme, vas a tener que ir tú a mi casa.

Pasaron los años y el “Pato” cumplió su promesa, pero lo que no esperaba es que el “Señor de Sevilla” también lo haría…
Y es que cuenta la historia que un año de 1965 en Sevilla se organizó la Santa Misión. Un acto religioso en el que las imágenes más veneradas de la Semana Santa sevillana rindieron visita a otras parroquias más alejadas y donde no había devociones tan fuertes.

Al Señor del Gran Poder le correspondió visitar la barriada de Santa Teresa, siendo su destino la parroquia del mismo nombre. Todo transcurrió dentro de la normalidad hasta que en su camino hizo estación en el Sanatorio de la Orden de los Hermanos de San Juan de Dios, puesto que al salir de allí les sorprendió un tremendo aguacero…
Una poderosa mano cubrió el cielo de gris y tronó en llanto, la valiosa talla de Juan de Mesa necesitaba refugio para salvaguardar su integridad y la puerta del garaje de la casa de Juan Araujo se presentó como única solución de emergencia para resguardarlo.

Alguien se acercó a la puerta del “Pato” Araujo, y la golpeó con insistencia, Juan acudió raudo y veloz, preguntó quién era, y oyó atónito lo que le decían desde afuera:

– “¿Quién es?

– … “Jesús del Gran Poder”

Un frío polar le recorrió cada centímetro de su cuerpo, su alma.

— Venimos con el Gran Poder, abra, por favor, para que no se moje el Señor.

Abrió la puerta y se encontró cara a cara con ese trozo de alma arrancada por el destino, madera de cedro viva que le venía a visitar y provocaba el torrente de emociones que le hacía estallar en llanto al compás de la lluvia, de la vida.
Un eco lejano que ahora tronaba en su cabeza y le hacia recordar sus propias palabras, aquellas palabras
“…tendrás que venir Tú a buscarme…, …tendrás que venir Tú a buscarme…”
Y es que en una tarde gris el “Señor de Sevilla” le devolvió la visita y ese trozo de alma arrancada que a partir de ese momento marcaría su existencia e iniciaría la leyenda.

Mariano Jesús Camacho.