Una de las tendencias artísticas del Renacimiento Final fue el manierismo denominada así porque los artistas pintaban “a la maniera” de Michelangelo Buonarotti, uno de los mayores genios de toda la historia del arte. Esta “maniera” consistía en utilizar una gama de colores muy amplia y muy intensa, de tonos encendidos, incluso estridentes: naranjas, verdes, azules, rojos, blancos.

Además de su intensidad y su lenguaje cromático, Miguel Ángel pintaba cuerpos musculosos, rotundas anatomías que pretendían reforzar el carácter vigoroso de los personajes. Es lo que se llama “TERRIBILITÁ MIGUELANGELESCA” y que expresa el fuerte ánimo, la energía y hasta el enfado de los representados. Miradas penetrantes, posturas tensas y nerviosas, gestos fieros y una expresión intensa. Una riqueza artística desbordante que queda plasmada de manera sublime en el techo de la Capilla Sixtina, donde en uno de los rectángulos con temas bíblicos que decoran el citado lugar plasma de forma mágica la creación del primer hombre, Adán.

La más pura y grande expresión pictórica de la creación, una bella escena en la que el  creador desciende volando a gran velocidad rodeado de ángeles y se dispone a tocar la mano de Adán para insuflarle vida, lo acaba de formar a partir de barro y con su toque prodigioso lo transforma en un ser vivo, como dije la cumbre de la creación. Cuerpos prodigiosos, sensación de fuerza, vitalidad y movimiento; una arrebatadora escena del Génesis de la que nos llega el imponente impacto visual de dos manos uniendo sus dedos, las manos de Dios y de Adán, las manos más expresivas de toda la historia de la pintura.
Y como esto es arte y este Blog es de fútbol os voy a hablar de un personaje que en parte y al igual que la mágica escena que nos plasmó Buonarotti, crea vida cada vez que alza esa mano y señala con su dedo: vida futbolística.
Ese personaje que con un solo movimiento de su dedo provoca movimiento, el de sus compañeros, que ejerce de ‘Creador’. Algo de lo que ha ejercido durante toda su carrera pero que lo hace aún más desde que heredó los galones de un equipo tan grande e histórico como el Arsenal. Su apellido Fábregas y su fútbol renacentista, un manierista del fútbol actual que lleva como bandera una filosofía de juego de raigambre azulgrana, de la estirpe de los Guardiola, Xavi e Iniesta. Uno de esos ‘Michelangelos’ del fútbol español, su nombre Cesc, y su grandeza radicada en su riqueza futbolística, en el amplio abanico de colores de la que goza la paleta cromática de los genios. La viveza de su fútbol, de sus colores, pero a su vez la poderosa sutileza de esas manos, que dictan el fútbol que se genera en su cabeza y le sale por los pies.
Ese alter ego de la escena retratada en la que el creador -en este caso Cesc-, avanza volando a ras de césped rodeado de compañeros y se dispone a tocar el balón para insuflarle vida, a un balón embarrado que con su toque prodigioso se transforma en un ser vivo. Esa arrebatadora escena que queda plasmada en su expresiva mano, con la que hace moverse a su equipo, un doble papel de un futbolista capaz de crear y a su vez convertirse en ese genio, que como Miguel Ángel elevó su profesión a categoría celestial en la Capilla Sixtina.

Un jugador diferente, único, que la próxima temporada aún no sabemos dónde seguirá alzando su mano y tocando el esférico, pero que seguirá deleitándonos a todos ya sea con una camiseta de color rojo, blanco o de tonos azulgranas, eso será lo de menos: Cesc Fabregas.

Mariano Jesús Camacho.