Hoy os hablo asido de la mano de la “de lira ire”, la delirare, una palabra del latín vulgar que originalmente en la agricultura significaba “desviado del surco recto”. Un término que acabó siendo utilizado para definir a la locura, que hasta final del siglo XIX definía a un determinado comportamiento que rechazaba las normas sociales establecidas. Palabras mayores para una sociedad actual en la que a veces no sabemos de qué parte estamos, si de la razón o de la locura. Decía el poeta Leopoldo María Panero que escribir, delirar y soñar es la única defensa, que él era solo a ratos y que el consciente en ocasiones puede ser mucho más peligroso que el inconsciente.
Como decía Rousseau, el hombre es bueno por naturaleza y es la sociedad la que lo vuelve monstruoso. Y ahondando un poco más en ello como decía Blake, si el loco persevera en su locura termina siendo sabio. Y esa fue la historia de María Esther Duffau, una niña nacida el 26 de julio de 1933 en el barrio pobre y porteño de Villa Urquiza. Una pequeña a la que la marginación le abrió sus brazos para no soltarla jamás, esa chica de la que no pudo hacerse cargo su madre tuberculosa y que fue abandonada por un padre alcohólico a la edad de seis años. Unos inicios que marcaron para siempre su existencia, esa incesante rebeldía por todo lo establecido con la que se dio de bruces contra el asfalto bonaerense. Unas calles que le enseñaron que para salir adelante, debía cambiar de apariencia como Proteo y ser para sus iguales de la calle un niño al que primero apodaron como “La Peladita” y luego como “La Raulito”. Ese pibe que pasó inadvertido entre los chicos de la calle, su medio de vida en el que la venta de diarios en el Centro y en Constitución -la sexta de Crónica y La Razón- y las aperturas de las puertas de los taxis, le llenaron su estómago y le ayudaron a sobrevivir. Un chico (chica) de la calle que fue tan duro como ellos, bordeando los márgenes de la ley, pero sin hacer jamás daño a nadie. Marcada por el estigma de la persecución fue encerrada en reformatorios, comisarías y cárceles, al principio, y luego en instituciones neuropsiquiátricas. Pagando faltas menores superadas ampliamente en el número y el tiempo de condena. Una rebelde con causa que tenía una pasión: el fútbol.
Ese deporte que practicaba como un chico, con el mismo talento, la misma fuerza y la misma calidad que exhibió en las inexistentes fronteras de la calle, su casa. Esa casa que nunca tuvo y que algún día soñó tenerla con una amplia ventana por la que fugarse. Una huida constante en la que llegó incluso a probar en la cantera de Boca y unos empresarios italianos la quisieron llevar a Europa.

Era un personaje único, una chica que adoptó como mecanismo de defensa convertirse en chico, “La Raulito” tomaba cerveza, fumaba y hablaba con un lenguaje claramente varonil. Rebelde empedernida jamás permitió que colocasen fronteras a su vida, por ello era un consumada experta en el acto de la fuga. Sabía cómo saltar muros y paredes como el más hábil de los ladrones. Fueron innumerables fugas tras las que la sociedad llegó a la conclusión de que pertenecía a ese grupo de marginados que beben de la fuente de la delirare. Por ello ordenaron su internación en el neuropsiquiátrico de mujeres Braulio Moyano, en el que se puso en solfa la frontera de la insalubridad y la salud mental. Treinta años la tuvo el Gobierno en el instituto Moyano a esta inconformista que ya en 1948 participó como extra en la película “Pelota de Trapo” pero que saltó a la fama en 1975, cuando su vida fue llevada al cine, interpretada por la cantante y actriz, Marilina Ross, en una película que lleva su nombre, dirigida por el chileno Lautaro Murúa, con guión de Juan Carlos Gené y Martha Mercader.

Momentos que mitifican aún más a este personaje que tuvo dos cosas claras en su vida: ser libre y ser hincha de Boca. Delirio azul y oro de un alma quebrada por el dolor, por la vida, por la soledad y la incomprensión. “La Raulito” aquella chica que lo veía de la siguiente manera: “Nadie me hizo de Boca, yo solita ya sabía que esos colores me iban a dar muchísimas alegrías”. “Me gustaría dar otra vuelta olímpica, aunque sea en silla de ruedas, Boca es mi vida”. O con su frase más recordada: “Me hubiera gustado ser macho y jugar en la primera de Boca como Diego Maradona”. Una incomprendida que acabó por convertirse en la más popular hincha de Boca, club en el que poseía una platea cautiva y donde se ganó el derecho a un rincón propio. Su lugar, el lugar que le permitió el tener libre acceso a los entrenamientos y a los asados de la plantilla, o camisetas autografiadas de todas las épocas. Ese lugar que no podía ser usurpado o vetado tal y como lo demuestra esta genial anécdota de este personaje único:
“A Alfredo Di Stéfano no me lo bancaba. Un día, en la semana previa al clásico que definía el Nacional 69, me le fui encima con un revólver de juguete. Estaba sentado en su auto y se puso pálido. íCoño, mujer! ¿Podemos hablar? ¿Hablar de qué hijounagranputa?, le contesté. Cómo no voy a poder entrar al entrenamiento si yo vivo para Boca?”.

Como todos sabemos a lo largo de la historia, los síntomas de ciertas enfermedades, como la epilepsia u otras disfunciones mentales, fueron también calificados de locura. Y “La Raulito” pasó los últimos diez años de su vida en un asilo del ex hospital Rawson (geriátrico municipal), internada por el Pami. Geriátrico en el que fue tratada de una epilepsia que la volvía agresiva y del que salía solo para ver al equipo de su vida, a Boca, de la que era el icono de su hinchada, al igual que “La Gorda Matosas” para River Plate o Tita Matiussi para Racing Club.
Iconos de una locura, “Bendita Locura” que nos colocan en la disyuntiva inicial y gran pregunta de donde puede estar esa delgada línea que separa la cordura de la locura y sobretodo qué papel jugamos en esta sociedad que en muchas ocasiones bordea y traspasa los márgenes de la razón.
Esa fue “La Raulito”, una mujer que solo quería recibir transfusiones de sangre azul y oro, esa indómita chica con aspecto de chico que comenzó a claudicar en 2007, cuando una rotura de cadera comenzó a marcar su camino final, un camino que concluyó un 30 de abril de 2008, a los 74 años, cuando a causa de una descompensación generalizada fue a sentarse a la primera fila de nubes desde la que se divisa la Bombonera. Una Bombonera que le abrió sus puertas una vez más para decirle su último adiós, allí fue rodeada con ofrendas floreales de dirigentes, agrupaciones y jugadores del club y se convirtió en macho para jugar su último partido con la Primera de Boca, mientras por el videomarcador se pasaba el documental “Golpes Bajos”.

Mariano Jesús Camacho.