Todos tenemos derecho a un nuevo comienzo, a una nueva oportunidad, aunque sobre nuestro pasado pese el recuerdo del horror y seamos eternos herederos de una herencia atroz. De la misma forma resulta tremendamente edificante el hecho de ser conscientes de nuestra historia, de que todo tiene un comienzo y un final pero sobretodo una enseñanza que no podemos olvidar, por lo que lo sucedido el 4 de julio de 1954 en Berna quedó y debe quedar en la historia del fútbol alemán como el comienzo de algo nuevo, de la reconstrucción de un país que resurgió de la barbarie y sus cenizas en poco tiempo pero que tardó varias generaciones en recuperar la armonía y la libertad.
 Y como dije, lo acontecido en el Wankdorf Stadium de Berna, – final que las crónicas históricas de la época bautizaron con el sobrenombre de “Das wunder von Bern” “El Milagro de Berna”- representó sin duda para la por entonces joven República Federal Alemana un nuevo comienzo.
Algo que en buena medida deben a ‘Tio Sepp’ y a Fritz Walter, y que vivió una intensa intrahistoria hasta aquel lluvioso domingo de julio. Una lluviosa tarde suiza en la que Hungría y Alemania se jugaron el título Mundial de fútbol. En una mitad del terreno “once magos magyares” – Sandor Kocsis, Zóltan Czibor, Nandor Hidegkuti, József Bozsik y Ferenc Puskas– que afrontaron el partido quizás con la relajación provocada por el inmediato precedente de aquel mundial en el que Hungría le había endosado un duro 8 a 3 a los alemanes. Todo un espejismo para una selección húngara que les tenía en baja consideración, pues la calculadora cabeza de Herberger ya había jugado al milímetro todas sus opciones para poner en guardia a sus jugadores, que velaban armas y ya se habían encargado de mermar las cualidades físicas de Puskas en aquel partido previo en el que Liebrich sometió al “Mayor galopante” a un severo marcaje.
Así y con una trayectoria paralela pero condicionada por los cruces que de forma intencionada buscó Herberger –mucho más duros para los húngaros- llegaron ambos equipos. Alemania en plenas facultades y Hungría bastante mermada tras 120 minutos de juego ante Uruguay.
Para colmo el escenario y la meteorología se alió con la RFA, un día muy lluvioso y un campo embarrado dificultaron el juego de los geniales húngaros y propiciaron la superioridad germana. Precisamente y en referencia a esa superioridad física no podemos pasar por alto la eterna polémica que rodeó a aquella final. El halo de sospecha que cubre a aquella tarde de julio, puesto que la excepcional capacidad física de los alemanes y los problemas médicos -que sufrieron con el paso de los años- varios de sus componentes, dejaron caer la sombra de la duda con relación a una posible administración de suplementos dopantes.
 En todo caso fueron muchas las variables que entraron en juego, como siempre he defendido no se debe focalizar una derrota en solo un hecho puntual, además de lo citado Alemania tuvo en sus botas otra arma secreta. Las botas especialmente creadas por el histórico Adolf Dassler (fundador de Adidas), que por entonces era una pequeña empresa y trabajaba con unas nuevas botas de tacos atornillados que sumaron para los alemanes en aquel campo embarrado. Y por supuesto a Fritz Walter…
Y es que si comenzamos a hablar de Fritz Walter -como mínimo y como hace Franz Beckenbauer- deberíamos ponernos de pié.   De todos sus compañeros era el más talentoso, aquel que con su fútbol hacía encajar las piezas del conjunto alemán, pura circulación, lo que solemos definir como jugador total o mediocampista total. Un genio y una leyenda del fútbol alemán. Suyos fueron los minutos de control del juego de aquella final –excepción hecha de aquellos primeros ocho minutos en los que Hungría les pasó por encima- Bozsic ni le vio y sus compañeros fueron satélites de su órbita de juego.
Liebrich intimidando de nuevo a Puskas y Mai neutralizando a Kocsis, factores selectivos que entraron en juego para posibilitar la reacción a ese dos a cero inicial. También el trabajo de su hermano Ottmar, la aparición de Schäffer por la izquierda, la calidad de Posipal y sobretodo la contundencia arriba de Morlock y Rahn, que acabaron decantando una final en la que partían como víctimas propiciatorias de un equipo de leyenda.

Todo ello sin olvidarnos de la emergente figura de Toni Turek, guardameta al que aquella tarde el legendario relator alemán Herbert Zimmermann elevó a “Dios del fútbol”. Puede que la grandeza o miseria de este deporte en el que no siempre gana el mejor o más talentoso pero una historia que marca el arranque de un nuevo comienzo y se recuerda en Alemania como tal.
El relato de un gol de leyenda:
A siete del final Schäffer roba un balón y conecta con Fritz Walter, que ve a Rahn, le da un pase atrás de cabeza, y este clava un fenomenal zurdazo al palo izquierdo de Grosics.
Son segundos de infinito silencio, rotos únicamente por la legendaria voz de Zimmermann:

-“Schäfer centra sobre el área. ¡Remate de cabeza! ¡Despejado! Rahn podría chutar el rebote. Rahn chuta. Toor! Toor!  Toor! Toor! Tooooooor!
     (Cuentan  que Zimmermann cayó en silencio durante ocho segundos antes de que su voz volviera retumbar en las precisas radios alemanas)
-“¡Toooor, Tooooor, Toooor!… –pausa-, A cinco minutos del final Alemania gana… (pausa de nuevo) ¿3-2? ¿estaré loco? ¡pellízquenme que no lo creo!”.
“Aus! Aus! Aus! Aus! Aus! Das Spiel ist aus! Deutschland ist Weltmeister” – (“¡Terminó!” y lo repitió cinco veces: “¡El partido terminó! ¡Alemania es campeón mundial!”).
La consumación del “Das Wunder Von Bern”, un triunfo histórico, el comienzo de una nueva era, la reconstrucción “El Milagro alemán”.
 Pura leyenda a la que recurre que el imaginario colectivo alemán para creer que los sueños pueden hacerse realidad. Un mundo onírico pero muy real que fue representado en bronce a las puertas del Fritz-Walter-Stadion, de Kaiserslautern la ciudad del mítico Kalle.

Fotos: http://www.flickr.com

Mariano Jesús Camacho.