Un gris plomizo cae sobre mi cabeza al nacer el día, los caminos del mundo me conducen a Marechal Hermes, suburbio de Rio donde apenas subsisto y tengo para llegar a la siguiente aurora. Rebusco entre la basura un mendrugo de pan que llevarme a la boca y cartones con los que refugiarme de la cruel mordedura del frío, el hambre y el olvido. 
Mientras el colesterol se instala en la sociedad de consumo yo intento abrirme paso entre despojos y desechos sobre los que sigo buscando una luz en el camino. En el cielo hoy gris, el Sol sigue luchando entre las nubes para sacar su brazo dorado, en el suelo el viento se encarga de recordarme que aún sigo vivo y las personas van y vienen ignorando mi presencia y la del viejo árbol, mi único amigo.
No solo mi estómago siente el vacío, tan solo el Sol me despierta de esta eterna pesadilla abriéndose camino y enviándome un potente brazo de luz que ciega mis ojos, que apenas aciertan a adivinar el perfil y la alargada sombra a contraluz de una figura que al fondo se acerca para ofrecerme un poco de comprensión y cariño.
Es el viejo Dadá que vuelve del pasado para recordarme su vida: Más

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