Un gris plomizo cae sobre mi cabeza al nacer el día, los caminos del mundo me conducen a Marechal Hermes, suburbio de Rio donde apenas subsisto y tengo para llegar a la siguiente aurora. Rebusco entre la basura un mendrugo de pan que llevarme a la boca y cartones con los que refugiarme de la cruel mordedura del frío, el hambre y el olvido. 
Mientras el colesterol se instala en la sociedad de consumo yo intento abrirme paso entre despojos y desechos sobre los que sigo buscando una luz en el camino. En el cielo hoy gris, el Sol sigue luchando entre las nubes para sacar su brazo dorado, en el suelo el viento se encarga de recordarme que aún sigo vivo y las personas van y vienen ignorando mi presencia y la del viejo árbol, mi único amigo.
No solo mi estómago siente el vacío, tan solo el Sol me despierta de esta eterna pesadilla abriéndose camino y enviándome un potente brazo de luz que ciega mis ojos, que apenas aciertan a adivinar el perfil y la alargada sombra a contraluz de una figura que al fondo se acerca para ofrecerme un poco de comprensión y cariño.
Es el viejo Dadá que vuelve del pasado para recordarme su vida:

“Me llamo Dario José dos Santos, nací aquí en Marechal Hermes, mi infancia no fue nada fácil, con cinco años de edad contemplé como mi madre se suicidaba consumida y devorada por las llamas, momento a partir del cual la calle se convirtió en mi figura materna y el hambre tuvo a bien convertirse en mi progenitor”.
Así comenzaba la historia de un pequeño vástago de la calle llamado Darío al que la orfandad y la pobreza le golpearon entre los diez y los dieciocho años. Duro periodo vital en el que tuvo que recurrir a la delincuencia para poder sobrevivir.
La historia diaria de cientos de peripecias, regates al hambre y a la autoridad, pequeños asaltos que le obligaron a trepar muchos árboles, muros, y a correr como una gacela. Su salto vertical era estratosférico, saltaba 90 centímetros sobre sus pies y 1,5 metros corriendo. Además era increíblemente rápido, hacía los 100 metros en 9,9 segundos y era prácticamente imposible atraparlo.

No sabía jugar al fútbol, nunca participaba en las “peladas” de los chicos en el barrio, lo suyo era robar, pero una mañana tras atracar a dos muchachas se marchó al mercado de objetos robados y compró un balón. Objeto que sentía extraño y lejano pero que ejercía sobre él una poderosa fuerza de atracción.
Cuentan que un buen día lo cazaron y lo enviaron al correccional de Fenabem/Febem, donde su vida dio un repentino giro y tuvo la oportunidad de tomar contacto con aquel objeto esférico y el fútbol. Deporte que comenzó de forma tardía pero que acabó representando para él aquella luz que tanto había estado buscando. Después de su pasaje en Fenabem, Dario decidió abandonar definitivamente la delincuencia y encontró en el fútbol el camino ideal para dejar la vida de necesidades, que le acompañó durante toda su infancia y adolescencia.
 Comenzó en Campo Grande/RJ. Fue allí donde aprendió a jugar y a sacar partido de sus impresionantes cualidades atléticas.  En sus comienzos era un paquete, no sabía cabecear y su técnica dejaba mucho que desear. Aprendió con Grandim, en Campo Grande. Él le enseñó lo básico del remate de cabeza y del juego, con el tiempo se convirtió en uno de los mejores rematadores de la historia del fútbol brasileño.
 Jugó dos años en los juniors en 1965 y 66. Dario fue luego subido al primer equipo, donde jugó los dos años siguientes, llegando a pelear por el trofeo al máximo goleador del Campeonato Carioca. En 1968, aquel chaval que era un quebradero de cabeza para la policía muy pocos años antes, llamó la atención de uno de los grandes clubes del fútbol brasileño, el Atlético Mineiro, conjunto en el que se convirtió en crack.
Darío se convirtió en Dadá Maravilha, personaje histórico en la sociedad brasileña y un fiel reflejo de la más que absoluta pobreza que azota a uno de los países más grandes y hermosos del Mundo. 
Se sirvió del fútbol como medio de expresión personal y como el camino más corto para expresar todo lo que sentía y había padecido. Considerado el filósofo de Marechal Hermes, donde la cultura de la calle se encargó de educar y crear el personaje de Dadá Maravilha.
 Más célebre que los 539 goles que marcó y los apellidos que él mismo se colocaba (Rei Dadá, Peito-de-Aço), fueron las frases que Dadá Maravilha dejó para la posteridad en el folklore del fútbol brasileiro:
-“Com Dadá em campo não tem placar em branco”; “Existem três poderes: Deus no céu, o Papa no Vaticano e Dadá na grande área” entre otras muchas de una inacabable lista de pinceladas de genialidad.
 Contratado por el Atlético Mineiro, Dadá comenzó a escribir su nombre en el libro de los grandes astros del mundo del balón. Dadá Maravilha fue el protagonista del Campeonato Brasileiro de 1971. Autor del gol que garantizó el título al Atlético Mineiro que venció a Botafogo, en Maracaná, Dario, se consagró máximo artillero del Campeonato Brasileiro, con 15 goles marcados. El “Peito-de-Aço” -pecho de acero- como él mismo se denominó, repitió hazaña al año siguiente, también con la camisa de Galo.
Con la camisa del conjunto de Belo Horizonte hizo historia. Actuando en el Atlético entre los años de 1968 y 1972, retornando en el 74, y después en 1978 y 79. Dadá Maravilha se convirtió en el segundo mayor artillero del club, con 208 goles marcados. Además de campeón brasileño en 1971, Darío también fue bicampeón mineiro, en los años de 1970 y 1978.
  Dadá, perteneció a numerosos clubes. Además del Galo, el atacante pasó por más de 16 clubes brasileños y garantizó entrega y amor por todos los equipos por los que pasó. Destacó en las filas de Internacional, donde fue máximo goleador y campeón del Campeonato Brasileiro de 1976, y conquistó el título gaúcho el mismo año. En 1981 y 82 también fue bicampeón baiano, con Bahia, y campeón pernambucano, en 1975, defendiendo al Sport Recife.
 En Sport Recife batió otro record más, en 1976, al anotar en un partido del Campeonato Pernambucano ante Santo Amaro, diez de los catorce goles de la victoria de su equipo. Dadá como muchas veces se ha encargado de recordar, tuvo también el privilegio de formar parte del mejor equipo de todos los tiempos, el Brasil de 1970, donde pese a no jugar, fue Campeón del mundo y donde tuvo la oportunidad de entrenar junto a los Pelé, Gerson, Tostao y compañía.
 Buena prueba de su leyenda fue su falta casi absoluta de técnica, lo que no impidió que fuera un infalible goleador. Al respecto Dadá también tuvo su frase para ello: -“Eu chuto tão mal que, no dia em que eu fizer um gol de fora da área, o goleiro tem que ser eliminado do futebol”.
 Siempre dijo que no le interesaba jugar con técnica, que lo único que tenía en su cabeza era el gol, circunstancia que le permitió llegar a lo más alto y jugar prácticamente en todos los clubes y regiones del país, desde Rio Grande do Sul hasta el Amazonas.
Pero Dario José dos Santos hizo algo más que liderar la tabla de goleadores brasileños durante muchos años, Dadá le enseñó el camino a muchos chavales que hoy día buscan entre la basura un mendrugo de pan.
Mariano Jesús Camacho.