Se cumplen ya casi ochenta años desde que un caballero francés llamado Jules Rimet partía del “Viejo Mundo” a bordo del SS Conte Verde con un antiguo sueño en su equipaje, un sueño de alas doradas perfilado por el escultor francés Abel Lafleur. Una alada, delicada y bella mujer que representaba a Nike, la diosa griega de la victoria, tallada en plata esterlina y chapada en oro en base azul y a los sueños de Rimet. Aquel mágico trofeo que viajó hacia el “Nuevo Mundo” para cobrar todo su sentido en las manos de José Nasazzi. Llamada Victoire aux Ailes d’Or” fue para Rimet la perfecta representación de lo que significaba para él aquel mágico viaje onírico, el pensamiento que dejó anotado en su diario a bordo del legendario buque Conte Verde: “el oro del trofeo simboliza la conversión del Campeonato Mundial en el acontecimiento deportivo más importante del mundo”.
Una estatua que pasó a denominarse con el nombre de Jules Rimet, para honrar al padre del Campeonato del Mundo e impulsor del fútbol a escala global. Con unas medidas de 35 cm de altura y 3,8 kg de peso, la copa octagonal, representó los sueños imposibles y cumplidos de varias generaciones de futbolistas y aficionados hasta 1970, cuando pasó a convertirse en la vieja crónica de metal precioso de nueve mundiales.
Y es que en aquel mítico Mundial de México de 1970, Carlos Alberto, capitán de la selección brasileña alzó al cielo mexicano la Copa Jules Rimet por última vez, puesto que en Alemania 1974, una poderosa y fascinante escultura dorada logró integrar en su perfil dorado las ilusiones de millones de aficionados al fútbol.
La nueva escultura diseñada por el artista italiano Silvio Gazzaniga en 1971, cuando la FIFA la eligió entre varias candidatas a convertirse en icono mundial del fútbol.

Cuentan que Gazzaniga se encerró en su estudio durante una semana para perfilar con líneas firmes y marcadas aquella tosquedad con la que este trofeo trasmite sensación de energía y poder. Una escultura que como define su propio autor escapa de la tradición del viejo y bello trofeo para convertirse en eso, escultura.
La firme y dinámica idea de amalgamar al atleta y al mundo, el nexo de unión entre la esfericidad de nuestro planeta y el balón,  figuras que emergen del bloque de materia y se proyectan hacia lo alto convirtiéndose en sostén del mundo. Ascensión helicoidal y armónica que surge de la tosquedad para alzar sus brazos hacia el júbilo de la victoria.
Posiblemente una copa sin la vieja pátina del football de antaño pero perfecta para simbolizar un nuevo fútbol, un nuevo comienzo, que paradójicamente en aquel año 1974 vivió su extensión y prolongación sobre los estadios alemanes con la Naranja Mecánica holandesa. El comienzo de una nueva época y aunque la Copa FIFA de Gazzaniga fue a volar hacia las legendarias manos de Franz Beckenbauer, ejerció como privilegiada testigo del Fútbol Total.

Ejecutada con unas medidas de 36,8 cm de altura y 5 kg de oro sólido de 18 quilates parte de una base de 13 cm de diámetro con dos anillos de malaquita. Un trofeo que en sus 6,175 kgs lleva el peso histórico de nada menos que nueve mundiales.
Aquel por el que sueña la roja y que de forma inminente se pondrá en juego en tierras de antílopes, de la bella Ciudad del Cabo, cuna de algunos de nuestros más antiguos ancestros humanos, Sudáfrica

Victoire aux ailes d'or - Copa Jules Rimet

Copa Mundial FIFA

Fuentes:

http://es.fifa.com/classicfootball/winners/trophysculptor.html

Mariano Jesús Camacho.