"Coloso de Rodas"

Erigida en la isla de Rodas, Grecia hubo una colosal estatua proyectada, construida y atribuida al escultor Cares de Lindos, discípulo de Lisipo. Aquella estatua que recibía y abrumaba al  visitante con su grandeza, poder y majestuosidad representaba al dios Helios y se realizó con la intención de celebrar la victoria rodia sobre Demetrio Poliorcetes en 304 a. C.
Cuenta la leyenda que la estatua – hipótesis poco probable porque se habría hundido por su propio peso y porque su situación geográfica hubiera modificado e interferido en el inexpugnable y buen funcionamiento de uno de los puertos militares más importantes del mundo- había sido erigida con una pierna apoyada en cada parte del muelle de Rodas, como aparece representada en algunas de las idealizaciones que existen de la que cuenta la historia que fue una de las “Siete Maravillas del Mundo”.
La mítica y conocida estatua del “Coloso de Rodas”, una gigantesca estatua con una pose similar a la posición de talonamiento previa al disparo del que para mí es coloso del fútbol mundial en la actualidad. Y digo coloso porque sus características técnicas y físicas representan a la perfección el perfil mastodóntico de aquella maravilla del mundo antiguo.

"El Coloso de Funchal"

Su nombre Cristiano Ronaldo dos Santos Aveiro, ya conocido por todos como “El Coloso de Funchal”, un crack del fútbol acostumbrado a estar rodeado de grandeza desde que su genética natural le otorgó la posibilidad de dominar su mundo con un objeto esférico, emulando así a aquellos héroes mitológicos que formaron parte de nuestra historia y leyendas en la antigua Grecia.
Esa es la imagen que proyecta Cristiano en la actaulidad, la de  su grandeza, su insultante poderío físico, velocidad, potencia y calidad técnica. Todas aquellas cualidades que le convierten en el futbolista clave y más determinante de un club tan grande como aquella estatua, una entidad que ha efectuado una inversión mastodóntica en el ámbito económico para afrontar su contratación y la de algunos de sus compañeros, que a su lado han acabado por quedar en un discreto segundo plano.
Hasta aquí todo incuestionable y para mí nada que objetar, pero hay que recordar que para llegar hasta esta teocracia Cristiana hubo que recorrer un camino que el genial futbolista de Madeira nunca debería olvidar. El camino pobre de Quinta do Falcao en el que nació, el sacrificio de Dinis Aveiro y Dolores para sacar adelante una pobre y anónima familia más del deprimido barrio de Funchal en el que creció. Los modestos vestuarios del Andorinha, en los que su padre trabajó y vio nacer a la leyenda, su formación en el Sporting, donde Cristiano se mostró como un caballo salvaje con alma de purasangre. Un futbolista que deslumbró en Lisboa por su talento pero que aprendió en el United bajo la docencia de Sir Alex Ferguson, la escuela que le hizo crecer y consagrarse en el fútbol inglés y mundial.
La grandeza de un chico surgido de la escasez y por ello la dificultad de crecer a la misma velocidad que un chico normal. Un joven, un buen chico al que todo le llegó quizás demasiado rápido y un genio del fútbol tan rebelde y controvertido como tantos otros que vimos evolucionar en la historia de este deporte. Como ellos también exigido al máximo cada vez que salta al terreno de juego, principal amenaza para el lado contrario, objeto de las iras del público rival y de las continuas faltas de sus marcadores. Y como todo crack obligado a llevar sobre sus hombros toda la presión mediática que va incluida en su profesión, su sueldo y su condición de estrella.  Exigencias que van más allá de lo físico y lo técnico, que traspasan el ámbito privado y personal y en las que entran en juego una serie de valores que el joven genio de Funchal seguro que posee pero que en ocasiones parece no recordar.
Precisamente es en este punto donde este Coloso podría mostrar su único resquicio de debilidad, su particular talón de Aquiles, aquel que le separa de ser admirado y querido al 100%. Ese pequeño gran paso que le queda por dar, el que le separa de aquella humildad de la que surgió.
Y es que a veces, menos es más, y hay que hacerse pequeño para ser grande

Mariano Jesús Camacho.

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