La indumentaria habitual del personaje al que dedico este pequeño recuerdo le confería un aspecto un tanto aristócrata. En cada encuentro saltaba al terreno de juego con chaqueta, corbata oscura, camisa blanca, pantalones bombachos al estilo golfista, zapatos que le llegaban a los tobillos y medias negras que cubrían la valenciana del pantalón, todo ello rematado en ocasiones con una gorrita.
Quizás para nosotros una indumentaria un tanto ridícula pero no para aquel football de los años veinte, en los que sus 190 cm de estatura le servían para imponer respeto y ejercer autoridad sobre el terreno de juego. Su gran dominio de los idiomas -dominaba con fluidez el inglés, francés, alemán, italiano y español-  le permitía comunicarse con los futbolistas con soltura. Todo ello unido a los conocimientos que atesoraba sobre fútbol y el reglamento -por su condición de periodista- le convertía en el mejor colegiado de su época y antecesor del también legendario David Elleray.
Su nombre John Langenus o Jean Langenus, colegiado belga nacido en Berchem, Amberes, en 1891. Jefe del gabinete del gobernador de Amberes, que también ejercía como periodista en el semanario alemán “Kicker” periódico al que mandaba las crónicas nada más finalizar los partidos que él mismo dirigía. Crónicas que por cierto eran demasiado benévolas al enjuiciar la valoración arbitral.
Una leyenda del mundo arbitral que se ganó la fama en los campos de su país  y fue elegido por la FIFA para dirigir la primera final de la historia de la Copa del Mundo en 1930.
Uno de los tripulantes del célebre transatlántico “Conte Verde” que partió de Génova con rumbo al Estadio Centenario de Montevideo, donde debutó en un encuentro en el que Argentina se impuso por 3 a 1 a Chile. El primero de los cuatro partidos que dirigió en aquel primer Mundial, tres de ellos con presencia de la selección argentina, incluida la semifinal ante EEUU (6-1 para los argentinos). Y por supuesto la final disputada entre argentinos y uruguayos, precisamente un match para el que según cuenta la leyenda el bueno de Langenus no estaba muy decidido a dirigir hasta que su seguridad estuviera garantizada. Cuentan que sintió tal miedo que le exigió a la F.I.F.A. un seguro de vida, en caso de perder el local y como esclarecedor texto de dicha historia recurro a parte de sus memorias escritas y publicadas en la revista británica World Soccer del mes de marzo de 1981:
 Tuvimos tres días de descanso entre las semifinales y la final y los aproveché con una rápida visita a Buenos Aires, en el día anterior al partido…. Fue justamente ese día que me enteré de que había sido designado para arbitrar el partido. Pero sólo gracias a mi buena estrella pude hacerlo, porque el barco que me llevaría de regreso a Europa zarpaba a las 15:00 horas, justo cuando comenzaba el partido, así que tuve que realizar largas negociaciones con el capitán del barco y los ejecutivos de la compañía para que salieran unas horas más tarde.
En las calles de Buenos Aires había mucha efervescencia por la final, se dispusieron de varios barcos extras para cruzar el Río de la Plata, incluso cuando tomé el barco que me llevó de regreso a Montevideo, la gente casi me aplasta, todos querían ir a ver la final. Ya en Uruguay, los aduaneros sometieron a los argentinos a minuciosas inspecciones en la búsqueda de armas. Los diarios de ambos países se dedicaron a una campaña chauvinista y provocativa.
Durante la mañana previa al juego los dirigentes europeos discutieron las medidas de seguridad para proteger a los tres jueces, y solamente al mediodía recibí la autorización de los dirigentes de mi federación (de Bélgica) para aceptar el nombramiento, aunque desde la perspectiva de los hechos era sólo una tormenta en un vaso con agua.
Tuvimos dificultades en la elección de la pelota, cada uno de los adversarios había traído una fabricada de acuerdo a los criterios de su país, y los dos sostenían que jugarían con la pelota propia. En el terreno de juego se decidió con una moneda al aíre que balón se usaría en cada tiempo.
Al finalizar el primer tiempo Argentina ganaba 2-1. Pero los uruguayos pensaban que el segundo gol fue conquistado en posición ilegal. Era el viejo problema del fuera de lugar. Tanto el linesman, Cristophe, como yo pensamos que nuestra decisión era justa.
Quisiera destacar que si el espíritu de la multitud hubiese sido belicoso allí se hubieran producido incidentes. Nada de eso ocurrió, aunque los locales estaban tristes y hasta algunos lloraban.
En la segunda parte nada pudo contener al equipo uruguayo. Pasaron frente a mi 3 a 2, después el poste privó a los argentinos del empate y finalmente Castro selló el 4 a 2. Hubo un rugido de aplausos de la multitud, las tropas se alinearon y la bandera se levantó lentamente en el mástil, la gente comenzó a cantar su himno.
Por mi parte bajé corriendo rápidamente la gigantesca escalera, irrumpí en el vestuario, me cambié rápidamente y salí del estadio a toda carrera. Después se dijo que los argentinos no pudieron jugar libremente ante el riesgo de recibir un tiro y que la policía me había ayudado a escapar. Nada de eso es verdad.
En el muelle me di cuenta que el apuro de llegar a tiempo fue en vano, la densa niebla no permitió que zarparan los barcos, de tal suerte que el “Duillio” salió a la mañana siguiente a Europa, continente en donde jamás vieron un espectáculo como ese. Ya en casa, una semana después me enteré que en Argentina estalló una revolución, obviamente el perder la final no fue la causa, pero tampoco hubiera ayudado a evitarla.
 Como podemos observar la versión del colegiado tiene poco que ver con otras que fueron circulando. Es más nunca se sabrá por qué terminó el partido 6 minutos antes. Unos dicen que ya no soportaba la presión de la gente y jugadores. Otros dicen que tenía que mandar la crónica del partido. Lo cierto fue que se le vio correr como si hubiera visto al diablo, al terminar el encuentro. Tanto que los guardaespaldas nunca lo alcanzaron. Minutos después se le vio, en el puerto de Uruguay, subiendo al barco “Duilio” con destino a Europa.
Aún así fue valiente pues se mantuvo firme ante José Nasazzi, que le reclamó de forma insistente la anulación del segundo gol de Argentina, pues aducía que Stábile estaba fuera de juego. Llegados a los vestuarios, hizo un diagrama con un palo sobre el cemento fresco, que fue conservado hasta hace poco.
En todo caso resulta complicado imaginar la dificultad y enorme presión de dirigir una final ante unos graderíos abarrotados por 90.000 espectadores exaltados que solo querían ver la victoria de Uruguay. Y por ello me merece toda la consideración este personaje que hizo de juez y notario de la victoria de Uruguay ante Argentina sobre el aún cemento fresco del Estadio Centenario. Así concluía la labor del juez-árbitro y periodista, pues célebres son ya sus veloces carreras al final de los encuentros para dirigirse a vestuarios y entregar la crónica aún en pantalones cortos al semanario Kicker.
Fuentes:
http://www.todoslosmundiales.com.ar<br>
http://www.officialsports.co.uk(The Referee Forum)
Fotos:

http://en.wikipedia.org/wiki/John_Langenus

http://www.balones-oficiales.com/img/Final%20refferee%20Jean%20Langenus%20with%20the%20T-Model%20and%2012%20Panelball.jpg

Mariano Jesús Camacho.