Siempre he defendido que el arte no se explica, se tiene o no se tiene, se crea, podría encauzarse pero debe ser por siempre libre y dar rienda suelta al ingenio, a la genialidad. El arte es ingenio y su encauzamiento -la educación- es el reposo del ingenio. Por ello valoro en alta estima el trabajo docente y la educación en la formación del artista pero siempre teniendo en cuenta que la genialidad es la renuncia a la propia personalidad para convertirse en objeto puro del conocimiento. Personaje que trasciende a su propia individualidad, contempla el mundo como mundo y utiliza la fantasía como vehículo para romper las barreras del espacio y el tiempo.
Son individuos normales como nosotros o talentosos en el día a día -porque no pueden ser genios las 24 horas- hasta ese momento en el que trascienden su propia individualidad creando obras, ideas eternas, esenciales e  imperecederas.
Por tanto el talento de un hombre bebe de la fuente de la experiencia, de la ciencia, de los conocimientos causales y dan como resultado una función excelente, pero nunca una genialidad. Y por ello jamás me sorprenderé cuando encuentre a un genio anónimo en cualquier esquina de nuestro barrio, nuestro pueblo, nuestra ciudad. Un tipo anónimo que hace música con sus cuerdas vocales en una esquina del metro, que dibuja como los angeles en cualquier acera de nuestra ciudad, que hace de escultura humana sobre un cajón de cerveza por un puñado de monedas o como en este caso crea esculturas de arena en alguna de nuestras maravillosas playas.
Playas como la sudafricana de Durban, en la que un artista anónimo del citado país anticipó la gran fiesta del fútbol que hoy se vive en las calles sudafricanas.

Porque siempre consideraré que el artista eterno nace, cuando su genialidad que subyace se libera y expresa de forma espontánea en su obra. Como hacía Camarón con su garganta, como Chano Lobato, como el Beni… pura genialidad.

Mariano Jesús Camacho.