Hace ya algunas fechas y en un emotivo acto que tuvo lugar en la sede de la Federación Catalana de Fútbol, su presidente, Jordi Casals hizo entrega a Ángel María Villar, en nombre de la RFEF, de una escultura de bronce inspirada en la mítica Selección del Mundial de Brasil 1950. La pequeña escultura creada a principios de los cincuenta por el escultor Vicente Felipe, que hoy ocupa un lugar preferente en el Museo de la RFEF puede que sea pequeña en tamaño, pero representa fielmente en bronce la instántanea captada de una mítica selección española que hizo historia y por fin ha cedido su lugar de privilegio a la maravillosa selección que tanta admiración genera hoy a nivel mundial. 

En aquella escultura cargada hoy de un profundo simbolismo futbolístico e histórico se puede distinguir con suma precisión los integrantes del once español de aquel Mundial. En la parte superior vemos entre otros a Parra, Puchades, Gabriel Alonso y Gonzalvo III; en la inferior a Basora, Igoa, Zarra, Panizo y Gainza. Miembros todos de aquel mítico once que protagonizó una de las más grandes hazañas de nuestro fútbol al vencer contra Inglaterra en el mítico partido en Maracaná en el que Don Telmo Zarra hizo volar en pedazos las aspiraciones de los ingleses. Un once compuesto por Ramallets, Gonzalvo II, Gonzalvo III, Gabriel Alonso, Puchades, Parra, Basora, Igoa, Zarra, Panizo y Gainza. En la escultura, además de esta alineación, también se incluye al portero suplente, Eizaguirre. 

De todos ellos un nombre destaca por encima de todos: Pedro Telmo Zarraonaindía Montoya, conocido por todos como Don Telmo Zarra. Uno de aquellos nombres perdidos en el laberinto de nuestra memoria que seguro se siente orgulloso de haber cedido su puesto de privilegio a la maravillosa generación que ahora le hace vibrar allá arriba, donde sigue soñando con fabricar el cabezazo perfecto. Ese mismo futbolista que le hizo el gol a los ingleses, tan utilizado por las huestes de Franco para hacer propaganda de un régimen que nunca nos representó. Un grupo de jóvenes que con Don Telmo a la cabeza eran ajenos a todas aquellas argucias políticas, un grupo de amigos que solo pensaban en fútbol y permitieron a España jugar la liguilla final ante Uruguay, Brasil y Suecia. 

Un gol para la historia contado y cantado en aquel entonces a traves de las ondas de radio por el legendario periodista Matías Prats, cuya grabación original fue extraviada, hecho que obligó a Don Matías a grabar otra vez la narración de la misma. Tiempos de NO-DO, de un fútbol utilizado solo con fines propagandísticos pero también de aquel otro fútbol cercano, el de la familia que constituía aquella selección. Fútbol anónimo ‘visto’ a través de los ojos de la radio, de sus cronistas. Vivido en Mugia, -el pueblo de Zarra- de la misma forma que era Telmo, desde el anonimato, el sacrificio y el trabajo. Lugar en el que cuentan que su padre se enteró de la noticia mientras trabajaba, cuando un grupo de personas se acercaron a la estación de tren en la que se ganaba el pan y le comentaron la gesta de su hijo. “Con que Telmo, ¡eh!”, contestó y siguió trabajando.

Muy propio de la humildad de Don Telmo y su familia, de aquel chaval que llegó de un modesto equipo del barrio erandiotarra de Asua y marcó época con la camiseta del Athlétic y la selección. El mejor goleador español de su época, pichichi en seis ocasiones, con números memorables en su haber, llegando a su techo goleador en la campaña 50/51, en la que se proclamó máximo goleador anotando la friolera de 38 goles en 30 partidos.

Un mito de otra época, otro fútbol, un caballero dentro y fuera de los terrenos de juego, en los que protagonizó una carrera marcada por su gol ante los ingleses aquel 2 de julio de 1950. Tarde en la que junto a su inseparable Panizo vivió uno de los mejores momentos de su carrera. Cuentan que durante el partido, Panizo sufrió un fuerte golpe que le obligó a jugar el resto del choque con dos inyecciones de novocaína. Por su parte Gainza también estaba lesionado. Tras el descanso, salió al campo con un fuerte vendaje en un muslo.

Las cosas no marchaban demasiado bien y los contratiempos se acumulaban para España, pero llegó el 1-0. Gabriel Alonso recibió el cuero del portero Ramallets y profundizó por la derecha. El lateral centró al área. Allí tocó Gainza con la cabeza para que Zarra, anticipándose a Williams y de bote pronto, metiera la espinilla.

Zarra supo mantenerse al márgen de la manipulación que el régimen franquista hizo de su gol. El vizcaíno, haciendo honor a su apellido -“viejo, bueno, grande”-, siguió dando tardes de gloria y marcando goles, que para eso había nacido. Lo demás no iba con él.

Componente también de la mítica delantera bautizada en su momento con el sobrenombre de “Los Mosqueteros”, compuesta por: Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo, y Gaínza. Juntos dieron grandes tardes a los aficionados vascos y ensamblaron a la perfección aportando cada uno sus mejores cualidades. Todos ellos amigos tanto dentro como fuera del terreno de juego, una familia que compartía viajes interminables por carretera en aquel fútbol de la época y salía al campo a disfrutar. Como hizo aquella selección española del 50 y como hace hoy en día nuestra selección en este fútbol actúal, en el que sin duda tiene vital importancia el talento y la preparación, pero en el que creo también fundamental el peso de otra serie de valores personales que les convierte en diferentes al resto.

Valores como los que demostró Zarra a lo largo de toda su carrera, sin duda un ejemplo para todos, cuya caballerosidad quedó fuera de toda duda. Cualidad por la que llegó a recibir distinciones muy especiales, dos de ellas que guardó con especial cariño durante toda su vida: una insignia de oro y brillantes del Málaga y un botafumeiro de plata, regalo del Deportivo de La Coruña. El primero concedido porque en un partido el portero local, Arnau, resultó lesionado en un encontronazo con él, y pese a encontrarse sólo ante la portería echó el balón fuera para que fuera atendido. Similar acción a la que protagonizó en La Coruña, pero con el central Ponte. Recibió también la medalla al Mérito Deportivo, muy merecida pues cuentan las crónicas de la época que la lesión que sufrió en la temporada 1951-1952 se la produjo al intentar no lesionar al portero del Atlético de Madrid, Montes…

Todo un ejemplo de caballerosidad, talento y enorme sacrificio, el primero que llegaba a entrenar y el último que se marchaba, obsesionado siempre con el perfeccionamiento de su remate y en especial de su temible remate de cabeza. Acción por la que fue bautizado como “la segunda mejor cabeza de Europa después de Churchill”.

La grandeza de un deportista y ser humano que hace cuatro años nos dejó con aquella vieja sabiduría que le hacía ser consciente de que algún día se volvería a hablar sobre aquella selección y aquel mítico gol para recordar que otra generación había superado su histórica gesta. Además con buena parte de los valores que defendió a lo largo de su brillante trayectoria humana y profesional.

Una generación que vió nacer y a la que no vió ganar, pero de la que seguro se sentirá orgulloso de haber cedido el testigo histórico de aquel gol en Maracaná. En especial de haberlo cedido a un tipo noble como él: Puyol, que posiblemente no sea el futbolista tipo que encarne el juego de la actúal selección española pero que sin duda representa a la perfección el valor del sacrificio, la importancia del grupo humano, y sobretodo la pluralidad de nuestro fútbol, nuestras ideas y la libertad con la que podemos llegar a ser campeones.  

Mariano Jesús Camacho.