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Saltaba la selección española al ya mítico y bellísimo Soccer City Stadium de Johanesburgo, con la tremenda presión de estar a un solo paso de tocar la cima mundial del fútbol pero a su vez con la tremenda personalidad de un equipo que una vez más y sin hacer su mejor partido -por diversas circunstancias- demostró la madurez y el talento que posee.
Unas circunstancias que a priori generaban muchas expectativas pero que fueron disipándose a medida que la selección holandesa teledirigida desde el banco por B. Van Marwijk, desconectaba el juego de la roja basándose en la marrullería y en un juego diametralmente opuesto al defendido en otros tiempos por sensacionales generaciones de holandeses que todos hemos admirado.
Así y gracias a la colaboración del pésimo colegiado inglés Howard Webb consiguieron sacar del partido a los nuestros, especialmente por el trabajo subterráneo de dos ‘marrulleros a sueldo’ como Van Bommel y De Jong.
Estaba claro, tenían un plan y casi lo consiguen, especialmente en dos contras -más bien dos pelotazos a Arjen Robben-, en las que casi nos dejan k.o., pero en las que no contaron con Iker Casillas -para mí el otro héroe de esta final- que abortó los dos citados y claros mano a mano protagonizados por el eléctrico y hábil futbolista holandés. Ahí también estuvo la final.

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Se sufrió y mucho,  la incertidumbre se alargó hasta el minuto 116 de partido, momento en el que el ‘jinete pálido de Fuentealbilla’ oteando todo lo que sucedía a su alrededor dio un taconazo de genio al Jabulani, pelota con la que iniciaba una jugada en la que pocos segundos después fabricaría su obra cumbre. El gol de una final de la Copa del Mundo.
Un taconazo precioso en los tres cuartos de campo que dejó de cara a Cesc para apoyarse en Navas y este prolongar a la banda izquierda, donde Torres manda un centro al área buscando al mago de Fuentealbilla. Un balón rechazado por la defensa holandesa que intercepta al borde del área Cesc, que en esta ocasión sí logra conectar con Don Andrés, que habilitado perfectamente controla tan serenamente como decididamente y suelta uno de sus ya célebres disparos acariciados, tocados, teledirigidos, al sueño de las redes, un balón que vio pasar Mathijsen, que siguió con la mirada Braafheid, que no pudo interceptar Van der  Vaart y ante el que nada pudo hacer Stekelenburg, testigo privilegiado del beso y el sueño de un balón dorado sobre redes mundialistas. Gol para la historia, el de un genio que tenía las llaves de la cámara de descompresión en sus pequeños pero vivos pies, la llave de las isobaras con la que abrió la meta de Stekelenburg e hizo saltar de alegría a todo un país.
Por eso envidio tanto a aquellos aficionados que han acudido al  Soccer City Stadium de Johannesburgo, pues han sido testigos de excepción del triunfo histórico del fútbol sobre la trampa.
La exhibición de un futbolista que no tiene techo, de clase mundial, un tipo humilde, normal, que cuando salta al terreno de juego se transforma en una super estrella. Un jugador que convierte en sencillas acciones realmente complicadas, uno de esos futbolistas que flotan con el balón, que te pueden salir para la izquierda, para la derecha y que en este caso juega bien en cualquiera de las posiciones a las que se ha tenido que acoplar por las necesidades de su equipo.
Cada vez que le veo tengo la sensación de que estoy viendo a uno de los grandes, uno de esos ‘petits’ que tenía la selección francesa en los años 80, Giresse, Platini, un futbolista que habla el mismo lenguaje que Laudrup y que pese a no tener ni la planta ni el nombre de Zidane lleva en su interior el mismo gen futbolístico en su ADN. No sé si exagero porque con él no puedo ser objetivo, para mí uno de los mejores futbolistas del mundo en estos momentos. No recuerdo una jugada en la que le hayan arrebatado la pelota si no es en falta, para colmo tiene una clarividencia al alcance de los elegidos, posee la generosidad de los que saben y cada día afina más en su llegada al marco rival.
Lo de Iniesta es de otro planeta, si Cesc Fábregas es el “manierismo” de Buonarotti a Andrés Iniesta, un tipo de piel blanca y pálida, paradójicamente deberíamos de situarle en la luz, la suavidad, el color. Y es que su fútbol es el Tratado de Pintura de Leonardo da Vinci, es Rafael y el color en su pura expresión, la delicadeza de sus tonos suaves. También es la paleta cromática de Diego Velázquez, la luz engendradora de color o en su caso la “Impresión: amanecer” de Claude Monet. Iniesta es la luz y el color del Barça y la selección española, y hoy lo ha vuelto a demostrar partiendo desde la banda derecha, desde la izquierda, por el centro, improvisando desde la libertad que le ofrecían sus compañeros (su equipo) con movimientos constantes.
Ese equipo que hoy puede que nos haya hecho sufrir un poquito más pero que ha acabado haciéndonos disfrutar coronándose campeón del Mundo. Todo ello en un país africano que ha demostrado al mundo su generosidad y su enorme trabajo. Además en una fecha 11-07-2010 que no olvidaremos nunca, pues nos coronamos campeones ante una Holanda tremendamente hosca, a la que en el arte y la pintura habría que situarla en el tenebrismo de Caravaggio.

Mariano Jesús Camacho.