Corren tiempos en los que parte de la historia del fútbol se subasta en la casa Bonhams, en Londres. Casa de sueños pagados en la que el coleccionista adinerado pretende añadir otro preciado fetiche a una colección siempre viva y llena de objetos cargados de ovaciones, aplausos y energías de genios que los recibieron, crearon y portaron.

Allá donde fue vendida por 156.000 libras (177.000 euros) la medalla conseguida por el legendario futbolista norirlandés George Best –su hermana, Barbara McNally será la beneficiaria- en la Copa de Europa de 1968, así como la última camiseta de Irlanda del Norte que vistió George antes de su retirada profesional y que lució durante el partido del 14 de noviembre de 1973 contra Portugal, disputado en Lisboa. Justo en aquel lugar en el que se pretende vender la historia a golpe de puja y maza, como también se hizo (por 8.640 libras) con la camiseta que llevó el futbolista brasileño Edson Arantes do Nascimento, “Pele”, en su última incursión como jugador internacional contra Yugoslavia el 18 de julio de 1971.

Pero la historia jamás podrá subastarse porque la misma esta grabada a fuego en la memoria del aficionado y en aquella crónica a la que la vieja patina del tiempo acabó convirtiendo en leyenda. Y la leyenda es y será siempre el futbolista, el genio, encargado de escribirla con sus acciones, su personalidad, su talento y sus goles. Como siempre hizo y como volvió a hacer la pasada tarde-noche el ahora nº7 del Schalke, Raúl González Blanco. Pues Raúl aún sigue subido a aquel Ferrari en el que escribió su vida con sueños y goles, muchos goles. Tantos como para igualar con sus dos últimos –suma 69, 68  en Champions y 1 en Supercopa de Europa en 135 partidos- ante el Hapoel, al ‘Torpedo’ Müller -que los hizo en solo 77 partidos- y a Inzaghi como máximo goleador de la historia de las competiciones europeas.

Siguió creciendo por tanto la leyenda Raúl, que nos demostró científica y gráficamente el axioma universal que nos enseña el verdadero valor del fetiche. Objeto cargado de energía y recuerdos, pero lejano al personaje, a la historia que se escribió y seguirá escribiéndose con sus goles, los regates de George Best, los goles de Pelé…

Y es que la historia no se vende, por lo que jamás podrá ser subastada, pues esta permanece inalterable en los archivos perdidos de nuestra memoria, aquellos que dejaron huecos para la llegada de nuevos recuerdos y nuevas leyendas, las que escriben y escribirán Ozil, C.Ronaldo, Messi, Pastore, Xavi, Iniesta…

Aquellos que nos mandan ‘flashes’ de cuando en cuando para recordarnos que Santillana tenía tempo, Romario era fútbol animado, Zidane fue bailarín y Laudrup voló por el pasto vestido de chaqué.

Mariano Jesús Camacho.