Dicen que entre el blanco y el negro hay toda una gama de grises, sin embargo, el impacto visual que produce la combinación de ambos colores opuestos es inmejorable. Situados a ambos lados de la paleta cromática, juntos se convierten en el mejor trazador de perfiles, el perfecto juego de luces y sombras que desnuda al personaje, que lo retrata. Por ello transmiten tanta fuerza esas viejas fotos a las que la patina del tiempo y el amarillento tono del papel centenario en el que quedaron reflejadas no ha podido restar un ápice de su belleza, de su historia.

Fotos como la que en estos momentos contemplo sobre la moderna mesa que rompe la estética del momento al que me transporta. Momentos de fútbol de antaño y una instantánea en la que un hombre sonriente, de nariz aguileña y de aspecto desgarbado posa para la posteridad. Un tipo vestido con un peculiar uniforme, camiseta de pico a rayas, calzonas largas y medias hasta las rodillas, botas de aspecto  rudo que cubren los tobillos y brazos en jarra. La típica estampa de un futbolista de los años diez y veinte del siglo pasado en la que destaca especialmente ese pañuelo blanco anudado a la cabeza que acaba por situarme en el escenario histórico. Ese escenario en el que muchos de sus protagonistas principales saltan al terreno de juego con la idea de ganar una batalla a los elementos, a ese pétreo esférico del que se tienen que proteger con el citado pañuelo. Su mirada sincera me transporta a su vez a ese instante previo al match en el que aprieta los cordones de sus botas y anuda su pañuelo alrededor de su cabeza, esa cabeza en la que solo tiene un pensamiento: el goal.

La palabra que definió al personaje de la foto, a Rafael Moreno Aranzadi, ese futbolista que nació en 1892 en Bilbao, muy cerca de aquella ría, por la que a bordo de cualquier patache de la línea regular “Mc&Andrew” que atracaba en los muelles del Nervión, junto a la Campa de los Ingleses entró el football en el Norte de España. Y es que en aquellos sinuosos y verdes campos se sembraron los primeros “dreeblings” entre marineros ingleses y jóvenes de familias bilbaínas que habitualmente enviaban a educar a sus hijos a los Colegios católicos de Escocia e Irlanda.

De esa raigambre surgió este histórico jugador que labró su carrera en el Colegio de los Escolapios y en las divisiones inferiores del Athlétic, donde en categoría juvenil fue bautizado por sus compañeros con el sobrenombre de Pichichi porque era el más pequeño de todos.

Un futbolista nacido para el gol pero pese a ser alto, lejos de ser un especialista al uso de la época. Y es que en la concepción del fútbol de antaño el hombre-gol, el jugador especialista para esta tarea –aunque lo pudieran hacer todos- era el delantero centro por ser el mejor situado ante el marco contrario, el más cercano al portero y el más servido por los extremos centradores. Para esta ubicación se solía elegir en una época en la que la carga al portero estaba permitida a los más corpulentos y valientes. Este no era el caso de Pichichi porque aunque era todo fuerza, valor y coraje, Rafael Moreno era otro tipo de futbolista, capaz de ser interior, medio y ariete, todo a la vez. Muy completo para una época en la que la furia se hizo famosa. Según cuentan las crónicas, además de su indudable empuje, atesoraba un juego elegantísimo, un regate mortal, un disparo endiablado y una visión de juego asombrosamente lúcida para la época.

Pichichi fue el máximo goleador del Athletic durante muchos años, le llamaban “El Rey del shoot”, en una época en la que los anglicismos como shoot, foot-ball u offside eran moneda de cambio habitual. Un hombre, un futbolista alrededor del cual surgen diversas y bonitas historias como la que quedó inmortalizada en un cuadro de Aurelio Arteta, que aún a día de hoy se puede contemplar en el estadio San Mamés. En el mismo se puede observar a un jugador del Athlétic cortejando a una mujer en la valla, al borde del terreno de juego. Ese jugador era Pichichi y la mujer, la que acabaría siendo su esposa, puesto que según cuenta la historia Rafael Moreno Aranzadi, cortejaba a su esposa en los descansos de los partidos.

Desde su llegada al primer equipo en 1911, con 20 años de edad, no hizo otra cosa que hacer goles. Pichichi se convirtió en el primer futbolista que marcó un gol en el histórico estadio de San Mamés allá por 1913, en un encuentro en el que el Athlétic se enfrentó al Racing de Irún y que acabó con empate a uno.

 Con el Athletic conquistó tres títulos de Copa consecutivos en 1914, 15 y 16, formando en estos años en la delantera del club bilbaíno, junto a Echevarría, Zuazo, Apón, Iceta, Belauste, Acedo y Zubizarreta, entre otros. En 1921, el Athlétic volvió a proclamarse campeón de Copa tras ganar en la final 4-1 al Atlético de Madrid. La delantera de aquel equipo campeón estuvo formada por Villabaso, Pichichi, Allende, Laca y Acedo.

Pichichi además fue uno de los componentes de aquella selección española que acudió a la VII Olimpiada de 1920, la de Amberes, en la que una selección compuesta en su mayoría por vascos y desde un punto diametralmente distinto al estilo actual hizo famosa la “Furia española”. Una furia que encajaba en el estilo futbolístico de la época (un juego muy duro, viril y de choque en el que se imponía la ley del más fuerte) pero que afortunadamente y con todo el respeto que merece quedó para la historia.

Ese football de protocolo británico, del corrillo en el centro del campo y del grito ¡¡Hip Hip, Hip!! ¡¡HURRA!! que aquellos españoles transformaron en ¡¡¡Be-laus-te-gui-goi-tia-Pagaza-ur-tun-dua…!!! ¡¡¡Aupa…!!! (Los dos apellidos más largos del combinado español), en una tarde de Amberes ante la fornida selección danesa en la que un tal Ricardo Zamora comenzó a labrar su fama de gran portero.

Tardes de football de “Kick and rush” a todo pasto, jugadores que a las órdenes del seleccionador Paco Brú acaban rotos, agotados, magullados y que con los goles de Pichchi y Sesumaga consiguen el Subcampeonato olímpico para el conjunto español.

 Ese fue Rafael Moreno Aranzadi, un fuera de serie que se marchó demasiado pronto, puesto que tras su retirada en 1921, solo transcurrió un año para que el tifus le arrancara su fuerza vital y le convirtiera prematuramente en mito del fútbol español. Contaba solo con 29 años, y su desaparición sumió en el dolor a todo el mundo futbolístico del País Vasco. El público le despidió con un sentido partido homenaje en el que se enfrentaron el Athletic y el Arenas. Y un busto en San Mamés, erigido el 8 de diciembre de 1926, recuerda desde entonces la figura de Pichichi, “El Rey del shoot”. Ese hombre que eligió de manera muy acertada el Diario Marca para bautizar uno de los premios individuales con más solera del fútbol español. Aquel que corona al máximo realizador de la Liga española, el Trofeo Pichichi, trofeo que se instituyó en la temporada 28/29 con los 14 goles de Bienzobas (R.Sociedad) como primer ganador.

Publicada también en Sportvintage.

Mariano Jesús Camacho.