Cuenta la historia que entre Dios, las matemáticas y la poesía comenzaron a forjarse algunos de los estamentos de la ciencia actual, por tanto aunque puedan parecernos términos absolutamente contrapuestos y alejados el uno del otro, me atrevería a asegurar que siempre existió la imperiosa necesidad científica de demostrar la existencia del alma y encontrar la evidencia física y el punto exacto del cerebro desde el que surgían los sentimientos.
Inmerso en el estudio histórico de la citada búsqueda me gustaría hablaros del gen catalogado como LRRTM1, aquel que juega un importante papel en controlar qué parte del cerebro se encarga de funciones específicas, como la del habla o la de las emociones, y señalado por Científicos de la Universidad de Oxford como responsable de incrementar las probabilidades de ser zurdo.
No por ello ser diferente sino especial, pues en las personas zurdas, el lado derecho del cerebro es el que habitualmente controla las operaciones del habla, mientras que el izquierdo controla las emociones. Quizás ahí radique la razón por la cual el fútbol de un zurdo siempre nos transmitió mayor emoción y nos llegó con más intensidad, tanta como la que nos transmite el talentoso juego del ángel rosarino que sobrevuela los campos españoles con el dorsal nº22 del Real Madrid.

Ángel di María, poseedor del valioso y poco conocido Gen LRRTM1, uno de aquellos poetas de la zurda que juegan al fútbol partiendo de la emoción y del sentimiento. En su caso partiendo también de la calle, concretamente de la Perdriel, del rosarino y obrero barrio La Cerámica, en la que vivía.
La encarnación futbolística del estudio de un grupo de científicos australianos que determinaron que los zurdos pueden pensar de modo más rápido cuando desarrollan actividades deportivas. Un extremo en extinción que vive de esa vertiginosa y precisa velocidad de ejecución y decisión. Puro nervio, feliz compañero del viento, corredor implacable y gambeteador genial.
Toda una gozada verle jugar con los idénticos parámetros futbolísticos que desarrolló en su barrio pero con los matices profesionales que ha ido adquiriendo con el paso de los años. Esos que le han llevado al Real Madrid y a saltar al Bernabéu con la misma tranquilidad con la que jugaba de pequeño, cuando la delgadez y fragilidad física acentuaron su calidad técnica en busca de la supervivencia.
Matices que en su caso no paran de sorprendernos, pues de Di María todos conocíamos sus tremendas virtudes ofensivas pero no su evolución en el aspecto táctico y defensivo. Su capacidad de trabajo y sacrificio, su polivalencia, circunstancias estas que elevan sobremanera su calidad futbolística y le convierte en uno de los futbolistas más destacados del momento en el Campeonato español.
Aunque aún permanece toda  la esencia de aquel fideo que a los siete años fue reclutado por Rosario Central a cambio de 25 balones, su perfil eléctrico brilla con luz propia a las órdenes de Mourinho. Pura materia prima y energía, quizás heredada del depósito de carbón que su padre Miguel tenía en su casa.
No un descubrimiento, puesto que a Di María ya le conocíamos, pero sí una grata noticia para nuestra Liga y en especial para el Real Madrid, que vuelve a tener a ese futbolista capaz de pensar y ver el fútbol con el hemisferio izquierdo, por tanto de llegar a la grada y al aficionado con su fútbol especial y único, el que desarrollan los escasos poseedores del mágico Gen LRRTM1.
En definitiva un paso más de la ciencia y el fútbol en la búsqueda esférica del ángel, el sentimiento y el alma.
Mariano Jesús Camacho.

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