Silvio Velo

Desde la óptica personal de un individuo como yo, que desde siempre disfrutó del privilegio de la visión, considero que la pérdida o ausencia de esta se corresponde con una de de las mayores tragedias y retos personales con los que se puede enfrentar un ser humano. En primer término porque si la pérdida se produce tras haber gozado de algún periodo de tiempo de visión, el reto y la transformación personal que se experimentan son de proporciones mayúsculas, pero en el caso de los invidentes de nacimiento el citado reto y el afán de superación que demuestran escapan a mi entendimiento y entran en el fascinante mundo neuronal que se construye día a día en nuestro aún poco conocido cerebro.
Especialmente porque no soy capaz de concebir un mundo sin aquella imagen mental previa que nos proporciona la visión y condiciona nuestro imaginario mundo de la mente y las ideas. Aquella que nos permite dar forma a nuestros sueños y a nuestra realidad, por ello admiro de manera especial a todas aquellas personas que jamás tuvieron la ocasión de ver el Sol, el mar o el horizonte. Por esa misma razón considero que lo conseguido por los invidentes con su salida de la exclusión social para irrumpir con fuerza en la sociedad constituye toda una demostración de madurez social y grandeza del ser humano.
La grandeza de nuestra mente e imaginación y el tremendo poder de los sentidos, en este caso de los cuatro restantes. Alrededor de los cuales se entretejen fascinantes historias que al menos en mi caso ejercen un tremendo poder de fascinación. Historias como la protagonizada por Silvio Mauricio Velo, un argentino nacido en los bajos de San Pedro con idéntico sueño al de tantos niños de su edad: ser futbolista.
Algo que en su caso representaba prácticamente una utopía, pues el pequeño Silvio jamás había visto como se hacía un caño, el color de la hierba o la imponente belleza de un amanecer. Su madre sufrió en el embarazo la toxoplasmosis, por ello él nació ciego, circunstancia que habría condicionado a cualquiera de los mortales pero que en el caso de Silvio no supuso ninguna barrera para practicar la que constituía una de sus mayores pasiones.
Cuentan que siendo integrante de una numerosa familia de once hermanos acostumbraba a jugar al fútbol en aquellos bajos de San Pedro y sin ningún tipo de ventaja adicional. No imagino cómo demonios lo haría pero el caso es que aquel chaval invidente era capaz de interactuar en el juego y no desentonar, dicen que tenía una proporción mental del espacio única, un oído de lechuza para intuir la llegada del balón y el tacto del pie izquierdo de Diego para llevar amaestrado aquel enigmático objeto cosido a su imaginaria bota de potrero.
Tenía diez años cuando sus padres, preocupados por su futuro le enviaron a la localidad de Tigre, la más próxima al Instituto para ciegos Rosell de San Isidro, donde ingresó como interno para poder estudiar a través del sistema Braile.
Allí encontró su sitio en la sociedad y sobretodo descubrió que el fútbol podía ser también para ciegos, puesto que los chicos como él practicaban el citado deporte con la ayuda de un balón sonoro que para Silvio supuso una mágica revelación.
Aún no poseía la sofisticada técnica actual que permite que el balón suene con los “cascabeles” que se ubican entre el cuero y la cámara. En aquel entonces utilizaban  un rústico esférico que llevaba cosido al cuero una argolla de llaves y chapitas aplastadas y perforadas con las que generaban aquel característico efecto sonoro.
Y fue con aquel balón con el que Silvio comenzó a perfeccionar sus innatas condiciones para el deporte, su inigualable estimación y ubicación en el espacio, la asombrosa capacidad para intuir el momento de la carrera, el instante en el que evitar el choque, la llegada del balón, la valiente arrancada y el disparo a gol.
Así hasta que fueron incorporándose al juego las reglas internacionales y un reglamento para fútbol de sala. Este fue el comienzo de su fascinante historia, aquella que le llevó a convertirse en el mejor futbolista invidente del planeta. Quizás algo inexplicable y desconocido para nosotros pero mágico, especialmente por lo que se desprende de las palabras de Silvio: “Nunca vi tirar un caño, ni un taco, pero los sé hacer”
Los que le conocen bien aseguran que golpea al esférico como Batistuta, maneja al equipo con la inteligente pausa de uno de sus ídolos: Riquelme, y tiene ojos en la nuca como tenía el Bocha, leyenda de Independiente.
Jamás vio jugar a Maradona, pero desde siempre fue su mayor ídolo, por lo que escuchó sobre él. Como Diego, siempre sintió una emoción especial cuando saltaba a la cancha, lugar en el que el espectador que le ve no puede llegar a creer su invidencia por todo lo que llega hacer con el balón, su inteligencia e increible conciencia espacial.
Y como Diego es y fue figura de la selección argentina, en su caso la de invidentes, popularmente y cariñosamente conocida como “Los Murciélagos”. Camisa con la que ha protagonizado acciones complicadas de concebir para nosotros, privilegiados videntes que no llegamos a entender cómo un ciego puede firmar un gol de tacón.
Acciones como la que protagonizó con aquel gol que dio a Argentina el primer mundial de fútbol sala para ciegos y que la crónica periodística describió de la siguiente manera: “La recibió en el medio campo, encaró en velocidad y esquivó por izquierda a un jugador que le salió al paso. En ese instante, Velo se dio cuenta de que iba quedándose sin ángulo e imaginó, en fracciones de segundos, dónde estaba el arco y hacia dónde se tiraría el arquero. Imaginó que el brasileño esperaría un bombazo al primer palo. Y entonces, sin verlo, Velo pensó que podría engañarlo: le apuntó al segundo palo, le pegó con “tres dedos” y estremecedora suavidad. La pelota se elevó en cámara lenta, hizo una comba hacia arriba y hacia adentro, y se clavó violentamente en el ángulo contrario”.
Líder y capitán de la selección argentina que ha disputado cuatro campeonatos mundiales de fútbol para ciegos, y a sus 39 años, varios de ellos siendo considerado mejor futbolista del mundo de la especialidad.

Aún así mantiene que le queda aún cuerda para rato, sin duda una gran noticia, pues no pasará un solo día en el que no aprendamos algo nuevo sobre lo que es capaz de hacer el ser humano para demostrar su capacidad de superación y su normalidad. Para mí su mayor victoria, la de conseguir que todo esto se vea con la mayor naturalidad, pues como él mismo expresa: “El fútbol para ciegos es un deporte más, como cualquier otro, y nadie debería pensar en nosotros como ‘pobrecitos’ o algo semejante. Y creo que de a poco hemos logrado difundir bastante aquella idea. Somos una selección argentina como la de cualquier otra disciplina”.
En definitiva y como dije la fascinante historia de un niño ciego que jamás se sintió diferente a los demás y utilizó con inteligencia sus otros cuatro sentidos, su cerebro y los medios que tuvo a su alcance para ser uno más e incluso brillar en el mundo del deporte y otro tan desconocido para él como el de la imagen.

Mariano Jesús Camacho.

Anuncios