Al otro lado del telón de acero surgieron una serie extraordinaria de deportistas que basaron su éxito en la extrema disciplina y en la innegociable anexión y entrega al régimen comunista, a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, aquella que nació como una unión de cuatro repúblicas socialistas soviéticas, formadas dentro del territorio del Imperio Ruso abolido por la Revolución Rusa de 1917, y que creció a 15 “repúblicas de la unión” hacia 1956.

Deportistas de disciplina militar becados y coartados por un régimen totalitario conocido como estalinismo. Dicen que atletas fríos como el hielo, duros como el invierno moscovita y veloces como el viento polar que atraviesa la Plaza Roja. Pero también atletas de gran talento y aunque no estrellas al uso, sí con la misma genialidad que ha caracterizado a esta estirpe de deportistas en cualquier otra parte del mundo.
Perfiles atléticos que proyectaban la fastuosa imagen del régimen, perdidos en la fría estación del tiempo histórico del telón de acero y tras los cuales se escondían poderosas historias humanas de sufrimiento y dolor. Deportistas de elite con una estricta formación y disciplina militar que en cierto modo subieron a vagones hacia ninguna parte, puesto que el Gobierno soviético les coartó el derecho al libre pensamiento y la posibilidad de ejercer su profesión fuera de sus fronteras. Este fue el caso de Edward Anatólievich Streltsov, apodado como el “Pelé ruso” y el mayor talento que dio el fútbol ruso en toda su historia tras Yashin.
Como escribió el escritor soviético Aleksandr Nilin “El chico que vino de la tierra de las maravillas”. De la región moscovita de Perovo, donde vivió una dura infancia, sin padre, pasando grandes penurias y con una madre minusválida y enferma del corazón. Circunstancias que quizás precipitaron la madurez de un chico que además de fortaleza y personalidad, desprendía genialidad, sobretodo cuando acababa su trabajo de cerrajero para entrar en contacto con el balón en el equipo de la fábrica Frazer.
Equipo en el que soñaba con ser Grigori Fedotov y en el que logró captar la atención de los técnicos del Torpedo de Moscú, donde definitivamente se convirtió en leyenda. Genio del que cuentan las crónicas que cuando agarraba la pelota, a esta le salían ojos porque sabía hacia donde iba, ese jugador que levantaba tribunas a golpe de tacón – acción que en Rusia, desde entonces lleva su nombre-, con su maravillosa calidad, su tremenda visión de juego y su única capacidad goleadora.
Un talento incomparable que ya con 19 años era la estrella del equipo soviético -en sus dos primeros partidos con la selección hizo seis goles- que fue campeón olímpico en 1956. Los 24 goles anotados en 38 partidos con la camiseta roja soviética certifican su prolífica producción como delantero centro y sobretodo su enorme futuro.

Ese chico al que en los días de vinos y rosas todos le señalaban como ídolo indiscutible del fútbol soviético, pero al que ese estado totalitario le llevó al pozo más profundo de la miseria en un abrir y cerrar de ojos. Y es que Streltsov era un tipo diferente, con un peinado “boyish”, ideales de libertad y personalidad propia. Un jovenzuelo insolente que osó ignorar la llamada de los dos equipos del Soviet, el del ejército soviético, el CSKA Moscú y el de la KGB, el Dinamo Moscú.
Además un personaje tremendamente incómodo para las altas instancias soviéticas puesto que el poder de influencia y atracción que ejercía sobre las jóvenes generaciones era tan grande, que su ejemplo comenzaba a inquietarles seriamente. Como dije un tipo con una personalidad fuerte e inflexible, que jamás se dejó influir, circunstancia que le perjudicó notablemente a lo largo de su vida. La gota que colmó el vaso, el incidente que protagonizó en un baile celebrado en el Kremlin, en el que con unos cuantos vodkas de más, osó ignorar e insultar a la hermana de Yekaterina Furtseva -por entonces única mujer del politburó soviético-.

Dicen que el detonante para la puesta en marcha de un dispositivo destinado a acabar con su imparable trayectoria. Una emboscada, una trampa perpetrada en una fiesta celebrada en una dacha de Moscú, en la que una chica de 20 años llamada Marina Lebedeva fue violada. Delito por el que se detuvo a Edward Streltsov junto con otros dos sospechosos, y que según la KGB acabó confesando Streltsov.
Nadie en la URSS le creyó culpable, es más 100.000 trabajadores de la inmensa fábrica moscovita de coches Zil iniciaron una marcha de protesta nada más tener noticia de la confesión. Una trampa en toda regla con la que con solo 21 años emprendió un duro transitar de siete años por los campos de trabajo de Gulag. Aquella noche del 26 para 27 de mayo la URSS perdió para el Mundial de Suecia a su futbolista más talentoso pero el régimen se sacudió de encima al que consideraba como un claro elemento desestabilizador, aquel insolente joven que con sus ideas aperturistas desafiaba al soviet.

Fueron siete años en los que su talento fue arrancado de la hierba rusa, un talento del que un periodista ruso dijo a su regreso de los campos de trabajo: “Disminuyó el nivel que alguna vez tuvo, pero la habilidad natural todavía esta allí”. Y es que Streltsov regresó para hacer nuevamente campeón al Torpedo de Moscú en el 65 y ser el mejor jugador de la URSS en el 67 y 68. Fiel al Torpedo durante toda su carrera, club con el que hizo 100 goles en 220 partidos
La terrible historia humana de un héroe que se mantuvo en silencio hasta su lecho de muerte, en el que habló a su esposa sobre la ignominia de aquel juicio, aquella emboscada y su inocencia.  Fue un fatídico 20 de julio de 1990, cuando el cáncer de garganta, -contraído casi con seguridad en el trabajo minero en los campos de trabajo de su prisión- y la inminente cercanía de la muerte le otorgaron la libertad para contar la verdad. Cuentan que siete años más tarde, -el 22 de julio de 1997- una mujer dejó flores en su tumba. Era Marina Lebedeva, la chica que cuarenta años antes le había acusado de haberla violado.
Edik Streltsov, leyenda a la que el Torpedo rindió homenaje en 1996, rebautizando su estadio con su nombre –Edward Streltsov Stadium– y levantando una estatua de bronce en Vostochnaya Street, en recuerdo del genial jugador de Perovo.
Reconocimientos que quizás llegaron tarde pero que al menos llegaron, pues en 1998, en el Complejo Olímpico Luzhniki de Moscú, erigieron la segunda estatua del crack caído.
Ese mismo que provocó la reacción de personalidades con tanto peso como la del campeón de ajedrez Anatoly Karpov, que lideró y creó en 2001 el Comité Streltsov, con la firme intención de reparar la memoria del que para muchos, fue el mejor jugador de la historia de su país.

Mariano Jesús Camacho.