En “La quimera del oro” (1925), el genial Charles Chaplin, protagonizó una ácida comedia sobre la codicia, el hambre y la desesperación. Al final de la misma el inolvidable Charlot procedió a engullir -tenedor y cuchillo en ristre- un zapato, un botín con el que escenificó unos de los fotogramas más geniales de la historia del celuloide cinematógrafo y del mago londinense. Puro humor surrealista de un genio que meticulosamente, como un señor gourmet, se mostró dispuesto al deleite de los sabores de un filete de cuero. Y hablando del deleite del calzado quisiera emplear estas líneas de recuerdo para homenajear a la que ha sido y fue la bota deportiva con más adeptos entre profesionales y amateurs de la historia del fútbol: la Adidas Copa Mundial.
Uno de los productos más rentables de la historia de la compañía alemana del mítico Adi Dassler, dicen que feroz e implacable competidora de la no menos mítica Puma King –utilizada por Pelé, Cruyff y Maradona-. Sucesora y variante de la Adidas Samba diseñada por la compañía en 1952. Comercializada y utilizada  -en un modelo anterior que en sus conceptos básicos era muy similar- desde los años sesenta, en los que la práctica totalidad de los futbolistas quedaron hipnotizados por su sencillo diseño, su funcionalidad y su comodidad. Figuras de referencia en el fútbol mundial de la época como Beckenbauer, Müller o Paul Breitner las catapultaron a la leyenda, y la piel de canguro hizo el resto para convertirlas en el calzado favorito para la inmensa mayoría de los practicantes de fútbol.
Lanzada con el legendario nombre de Adidas Copa Mundial en 1979, pero diseñada para el Campeonato Mundial de España de 1982, guardó su gran secreto en aquella ligera, delgada y flexible, piel de canguro. Material que a medida que sufría su lógico desgaste y envejecimiento, iba adquiriendo la forma del pie del futbolista, por lo tanto adaptándose a la perfección a este y formando prácticamente parte de su extremidad.
Las míticas tres rayas de Adidas y su por entonces revolucionaria lengüeta abatible coparon el mercado. Cada jugador las cuidaba como un verdadero tesoro, cuanto más usadas mejor,  y utilizaba la citada lengüeta de forma especial y muy personal. Su suela de poliuretano de inyección directa bicolor  -con tacos negros y base blanca- muy básica, y casi diría que arcaica en comparación con otros revolucionarios modelos que circulan actualmente por el mercado, pero sin nada que envidiar a uno solo de ellos.
Mucho evolucionó el calzado deportivo desde aquellos pesados e incómodos zapatos de trabajo con los que se practicaba football en los albores británicos de este deporte. Unos duros botines que castigaban los pies del futbolista y se convertían en un enemigo más cuando los factores ambientales se presentaban adversos. Contratiempos que comenzaron a pasar a la historia cuando la privilegiada cabeza de Adi Dassler revolucionó el mercado en el Mundial de Suiza de 1954 y encontró posiblemente la perfección con la mítica bota que en 1982 bautizó como Copa Mundial.

En 2007 y con ocasión del 25 aniversario de su lanzamiento oficial, Adidas sacó al mercado una edición limitada en conmemoración a la legendaria bota. Una caja para nostálgicos y coleccionistas en la que destacaba su horma de madera, el esmalte de cuero, un llavero y un paño especial. Todo ello rematado con las míticas letras Copa Mundial bordadas en oro, sin duda merecido puesto que hay algo en la Copa Mundial de Adidas que la convierte en única, pues ha logrado sobrevivir a varias generaciones de zapatos de fútbol y sigue siendo una de las botas de mayor venta en el mercado. Un dato muy a tener en cuenta especialmente por el hecho de que su perpetuidad llega casi a los treinta y un años, y porque en más de veinticinco apenas ha sufrido variaciones en su austero y clásico diseño.
Todo un símbolo, una leyenda, una genialidad, y un zapato del que sin duda Charlot hubiera dado buena cuenta en uno de sus suculentos y surrealistas banquetes cinematográficos, pero que en el caso de Adidas no representó una “Quimera del oro”, sino todo lo contrario.
Mariano Jesús Camacho.

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