A lo largo de la historia de la humanidad han surgido numerosos genios en diversos campos profesionales que en su genialidad han bordeado y traspasado los límites de la razón. Y es que el genio no es un enfermo mental, pero, en caso de serlo, sabe aprovechar sus brotes para crear cosas fantásticas. Cuentan que en el cerebro de Albert Einstein había anomalías estructurales en el lóbulo izquierdo que podrían estar relacionadas con la genialidad del creador de la teoría de la relatividad. Quizás todo corresponda a una leyenda negra puesto que la humanidad tiene el derecho de producir a genios “convencionalmente normales” pero por otra parte la razón podríamos encontrarla en el hecho de que al ser personas excepcionales en su campo fueron posiblemente más estudiadas. Y claro como seres humanos presentaban una serie de defectos que llamaban poderosamente la atención en personajes mitificados. Todo puede radicar en el fuerte predominio de un hemisferio cerebral sobre el otro, de lo apolíneo sobre lo dionisiaco o viceversa. Pero en otras ocasiones hablamos de patologías mentales, de ese clic que se produce en nuestro cerebro y que en algunos casos es utilizado para destruir y autodestruirse y que pocos y elegidos individuos utilizan para crear. Genios como Vicent Van Gogh, en el que encontramos un paralelismo muy significativo entre sus últimos cuadros y su patología mental, como Dalí y su método paranoico, como el matemático John Nash, como Christopher Smart, como el compositor de “Rapsodia en azul”, George Gershwin al que una crisis del tumor que alojaba en su lóbulo temporal derecho le llevó a su obra maestra. Numerosos y sorprendentes ejemplos, que en los casos de Alejandro el Grande, Julio César y Napoleón estuvieron muy asociados a la epilepsia que sufrían. Una montaña rusa de estados de ánimo, de percepciones, un complejo mundo neuronal, auténticas autopistas hacia la creación y la genialidad o en su lado opuesto hacia la destrucción.
En cualquier caso un tema apasionante que demuestra el hecho de que algunas personas encauzan y transforman positivamente una energía o un sentimiento surgido desde el dolor, desde la anomalía.
Y llegados a este punto me gustaría hablaros de Heleno de Freitas, uno de los mayores genios de la historia del fútbol brasileño pero a su vez uno de los personajes más oscuros de la misma. Ese personaje que surgió de la prueba de fuego de Antonio Franco de Oliveira “Nenem Prancha”, una prueba en la que este técnico que filosofaba lanzando naranjas al aire para separar al crack del “pata de palo” encontró al genio. A un chico mineiro de doce años llamado Heleno que hizo que aquella naranja cobrara vida en sus pies. Un incontrolable talento forjado en la playa brasileña durante cinco años que comenzó a brillar de la mano de Carlomagno, que le saco del half y lo convirtió en delantero centro en Fluminense.
Ese genio de corazón alvinegro que alternó militancia en los dos clubes pero que acabó siendo ídolo de la estrella solitaria de Botafogo. Allí donde le conocían como el mejor amigo de la bola, la única con la que acabó llevándose bien. Futbolista de un talento descomunal, un romántico del fútbol, creatividad, valentía y técnica, llevada a su máxima expresión. Elegante con un porte de 1,82 m de estatura, mayor ídolo alvinegro antes de Garrincha que dejó una admirable estela de 209 goles en 235 partidos.
Además un tipo por sus estudios cultivado culturalmente y dotado de un físico agraciado, lo que unido a su afición por la noche y la fiesta le convirtieron en uno de los dandis brasileños de la época. Aquel que en el Sudamericano de Chile fue máximo goleador y que un año más tarde en el Sudamericano disputado en Buenos Aires dio otro recital, aunque en esta ocasión ya comenzó a dejar ver su cara oscura. Esa cara que le acercaba a las tinieblas y le enemistó para siempre con Flavio Costa -seleccionador brasileño- en un partido violentísimo que Heleno jugó a tumba abierta y acabó convirtiéndose en una batalla campal. Una batalla de la que ya había avisado pero que acabó jugando por indicación del técnico brasileño. Los primeros atisbos de una dura enfermedad que se lo comía por dentro: la sífilis cerebral.
Una patología que unida al difícil carácter de Heleno fabricaron el cóctel explosivo que le enfrentó continuamente con dirigentes, compañeros, adversarios y árbitros. El curioso caso de un futbolista enemistado con el mundo y unido exclusivamente al cuero por una relación inquebrantable de genialidad. Siempre al borde del abismo, el más impredecible futbolista de la historia, capaz de convertir un partido en magia o en una tragedia griega.
Heleno de Freitas al que la afición rival encontró uno de sus muchos resquicios de debilidad llamándolo Gilda -como le llamaban  sus amigos del Club de los Cafajestes- para sacarle de sus casillas. Un eterno “llanero solitario” que pasó por Boca, que se casó con Hilma, hija de diplomática y amiga del poeta Vinícius de Moraes, que le dedicó “Poema dos Olhos da Amada” – obra que sería perenne con la voz de Sílvio Caldas-. El genio al que su turbulenta y tormentosa vida psíquica le convertía cada vez más en bestia y que a su vuelta a Brasil fue campeón con Vasco, donde las tinieblas acabaron por apoderarse del genio y poner el inicio del fin de su carrera. Y es que cuentan que tras un entrenamiento salió encolerizado despotricando contra todos: “Estos dos (Maneca e Ipojucan) no me pasan la bola porque no quieren. Aquellos dos (Nestor y Mario) no me la pasan porque no saben. No tengo nada que hacer aquí”. Y poniendo la guinda final con una intensa discusión con Flávio Costa, en la que lo amenazó con un arma descargada.
Un suceso que le llevó al Atlético de Barranquilla, de Colombia, donde jugaban Tim y donde Gabriel García Márquez retrató su decadencia, el destrozo físico, neuronal producido por el Treponema pallidum. Lejos de Río, Heleno se reencontró con su mejor juego y cautivó tanto a los aficionados colombianos que existe una leyenda que cuenta, que una estatua fue erigida en su honor en la que sobe su base se podía leer tan simple como grandiosa leyenda: “El jugador”.

Como acertadamente opinó el maestro Armando Nogueira: “El fútbol, fuente de mis angustias y alegrías, me reveló a Heleno de Freitas, la personalidad más dramática que conocí en los estadios de ese mundo”. El hombre de las dos caras, la del genio, el bohemio, el galán y la del enfermo, el atleta acabado y la persona hundida. Objeto tanto de burla como admiración, el genio o el payaso, el enfermo al que su familia internó en 1953 en un centro psiquiátrico en la ciudad mineira de Barbacena, donde un 8 de noviembre de 1959, una estrella solitaria dejó de brillar definitivamente.
Mítico personaje sobre el que se hizo una película “Heleno, de Gilberto Macedo” protagonizada por el actor Rodrigo Santoro y dirigida por José Henrique Fonseca, y que muy pronto volverá a brillar en Engenhäo, pues Edgard Duvivier abordará la ejecución artística de una cuarta escultura que le recordará en bronce y acompañará a las ya existentes de Nilton Santos, Jairzinho y Mané Garrincha.

Fuente: Antonio Falcao.
Mariano Jesús Camacho.