En el año 1889 las calles parisinas acogieron la celebración de una Exposición Universal que coincidió con el centenario de la toma de la Bastilla, considerado como el símbolo del comienzo de la Revolución francesa. Cuentan además que en aquellas mágicas calles jamás nada iba a ser igual puesto que el arco de entrada a la citada feria lo constituyó una imponente y recién concluida estructura metálica que besó las orillas del río Sena y tocó el cielo a 330 metros de altura. La torre de los 330 metros,  nombre original de un monumento que luego adoptó el apellido del ingeniero francés que la diseñó: Eiffel.
Perdido en la línea del tiempo, ajeno a todo ello y en una de aquellas engalanadas calles parisinas del 89, vino al mundo un wing derecho que dejó su sello y revolucionó el fútbol en la década de los veinte en el amateurismo francés. Su nombre Jules Dewaquez, un parisino que pasó de ser delineante industrial a ejercer ese oficio en un terreno de juego. Y es que Jules no fue el típico extremo pegado a la cal de la línea de banda, Dewaquez trazaba diagonales muy dañinas e inteligentes que le convertían en un jugador letal llegando desde la segunda línea, un futbolista que también explotaba al máximo su gran velocidad y su exquisito regate, pero también un jugador que solía sacar partido a su visión de juego, trazando pases medidos a sus compañeros y transportando balones angulados al área.
Hablamos de una época ya remota del fútbol galo en la que el Olympique de Pantin era uno de los equipos punteros de la misma, un conjunto al que llegó desde la Union Sportive de Ile Saint-Denis. Y fue a la finalización de la Primera Guerra Mundial, cuando el joven futbolista galo se dio a conocer, coincidiendo con su debut en las filas del primer equipo del Olympique de Pantin.
Entonces irrumpió con fuerza un chico apellidado Dewaquez, producto de la cantera parisina que con sus 1,69 de estatura y 74kilos de peso llamaba la atención por su talento y por el pequeño y poblado mostacho que lucía como bigote. La estelar irrupción de un talento en potencia que con apenas 19 años, (en 1918) conquistó la primera Copa de Francia de la historia con el Olympique de Pantin, al imponerse en la final 3 a 0 al FC Lyon. Un joven que se destapó como un extraordinario extremo diestro, dotado de gran velocidad y un gran regate, pero con unos sutiles matices que lo convirtieron en un futbolista especial. En aquel genial ala del “mostacho volador”, como ya citamos un jugador que no se quedaba pegado a la línea de cal, sino que rompía al rival marchándose al centro para hacer goles con un certero remate tanto con su pierna derecha como con su cabeza.
Su debut con la Selección francesa se produjo el 18 de enero de 1920 y desde aquella fecha se convirtió en una de las piezas fundamentales de la Selección gala que participó en tres ediciones de los JJOO (1920, 24 y 28). En 1921 estuvo presente y fue uno de los protagonistas de la Selección francesa que se impuso 2 a 1 a Inglaterra en un partido histórico en el que los goles fueron anotados por Dewaquez y Boyer. Jugó su último partido como internacional el 26 de mayo de 1929.
Considerado como uno de los mejores extremos diestros franceses de todos los tiempos, como suelen recordarlo en su país -”l’un des meilleurs ailiers français de l’histoire”-. Su magnífica proyección demostrada en el Olympique de Pantin le colocó en el punto de mira de los grandes del fútbol francés. Por ello solo fue cuestión de tiempo el hecho de que firmara por el Olympique de París, conjunto en el que llegó a dos finales de la Copa de Francia, en 1919 y 1921, aunque en ambas ocasiones cayó derrotado.
En 1924 pasó al Olympique de Marsella con una fuerte oposición de los aficionados, pero los 1500 francos que le ofrecieron al mes pesaron más que cualquier otra circunstancia. Con la camiseta del conjunto marsellés conquistó dos Copas de Francia más, en 1926 y 1927 y compartió equipo entre otros con Alcazar, Allé, Crut, Durand, Durbec, Gallay y Jean Boyer.
Su último destino sería el Olympique Gymnastic Club de Niza, conjunto en el que finalmente colgó las botas este sutil y veloz jugador, la leyenda de un mostacho volador que cortó la respiración de sus rivales, desafió al viento y sentó cátedra para las nuevas generaciones.


Mariano Jesús Camacho.