Hace unos días utilicé un símil pugilístico para transmitir las sensaciones previas que generaban en mí el enfrentamiento entre Barcelona y Real Madrid. Para ello hice referencia al histórico combate de Liston y Clay del año 1964 en el que el insolente Alí le arrebató el cetro mundial a Sonny. En aquel momento las historias encajaban y se podían establecer firmes paralelismos entre una y otra, pero he de confesar que a medida que se fue acercando el encuentro pude intuir algunas señales que reforzaban y aclaraban el fastuoso camino del campeón vigente.

Contrariamente a lo que nos suele tener acostumbrados, Mourinho en la previa se mostró extrañamente comedido, aunque como siempre dejando alguna que otra carga de profundidad, mientras Pep se mantenía firme en el camino que le ha llevado en muchas más ocasiones al éxito que al fracaso.
Una teoría que comenzó a tomar cuerpo al conocer  las alineaciones de ambos equipos, Guardiola con su apuesta de siempre, y Mourinho siendo engullido en parte por la grandeza del Real Madrid, poniendo en liza al citado en los medios como “Once de la alegría”. Todo ello con la particularidad de perfilar a su equipo en el terreno de juego con un dibujo táctico sustentado en una defensa de cinco, en la que Di María apoyaba a Marcelo. Una traición a sí mismo puesto que aunque esta maniobra táctica ya la vimos con el Inter y con Etoo, el Barcelona se comió al Madrid en el centro del campo, en el que Xavi y compañía camparon a sus anchas. Creo firmemente que Mourinho no se atrevió a ser Mourinho y para cuando quiso rectificar ya fue demasiado tarde. Puede que como dijo el portugués, el Madrid errara en los dos primeros goles, pero el Barça en ese momento estaba siendo infinitamente superior en el juego, la presión y la circulación del balón. Es más, tan solo perdió temporalmente el control cuando Guardiola cayó en el error de provocar a Ronaldo en una acción desafortunada, sacando durante unos minutos a su equipo del éxtasis de juego que estaba viviendo en ese momento.
El Madrid anduvo perdido, desorientado, llegó siempre tarde a la presión, y cuando lo hizo las líneas no estaban lo suficientemente juntas como para cerrarle los pasillos de juego a los azulgranas. A medida que avanzaba el encuentro tomaban cada vez mayor cuerpo las palabras de Segurola, destacando la admirable resistencia del campeón, aunque en esta ocasión transformadas en admirable superioridad del campeón con respecto al aspirante. Y creo que el verdadero problema es que el aspirante, Clay, no se presentó, y si lo hizo no supo en ningún momento cómo parar a la máquina azulgrana.
Como dijeron Pep y Mourinho, tras el clásico el mundo no se acabará, han sido solo tres puntos y tras un lunes intenso, para todos nosotros ha llegado un martes que contrariamente a lo que pensaba no será un martes más, porque aunque nuestra rutina diaria continúe con el camino trazado por nuestro tránsito vital, los aficionados al fútbol no podemos permanecer ajenos a la nueva página histórica escrita por un equipo de leyenda. Una nueva demostración de un equipo al que no le queda nada por demostrar y se mantiene compitiendo al más alto nivel con un estilo que le define y con el que llega al éxito a través del buen juego y la estética. Admirable porque se mantiene firme e inamovible en su idea y porque lo pone en práctica siempre, incluso ante un gran equipo que ha recurrido de forma desesperada al considerado por todos como antídoto del venenoso fútbol azulgrana.
En esta ocasión el aspirante no existió y el Barça hizo suyas las cualidades de los dos legendarios púgiles que allá por el año 64 se enfrentaron en el Convention Hall Arena de Miami. Este ha sido solo un primer acto y aún queda mucho, pero Liston -el Barça- ha vuelto a hacer historia, conoce a la perfección su camino y con esta victoria por K.O. sigue manteniendo intacto su título de vigente campeón.
Mariano Jesús Camacho.