La historia del fútbol está surcada por una serie de personajes que por un motivo u otro se convirtieron en referente para sus clubes y aficionados. Todos y cada uno de ellos merecen por tanto para mí unas líneas de recuerdo, una proyección cartográfica en la carta de navegación esférica de esta travesía a través del tiempo.
Y en dicha travesía nuevamente pongo rumbo avante y a toda vela en dirección al mito, a la vieja leyenda, en busca de aquellos magos y alquimistas esféricos que alcanzaron la inmortalidad inscribiendo su nombre y hazañas en los libros históricos y legajos futbolísticos que constituyen las crónicas deportivas de sus respectivas épocas.
De una de aquellas crónicas que compañeros historiadores rescatan del viejo archivo para el recuerdo, quisiera extraer la esencia de un personaje que convirtió su legado futbolístico en anécdota continua. Su nombre Juan Carreño Lara, uno de los personajes más queridos y admirados de la historia del fútbol mexicano y a su vez uno de los más controvertidos e indomables.
Dicen que permanentemente contra las reglas, trovador de la mala vida, de lengua afilada, alma atrapada en la noche y fútbol de poeta urbano y canalla. Producto de los llanos y “La Sedanita”, fábrica en la que comenzó a trabajar y en la que formó un equipo con compañeros de tajo. Allá donde fue descubierto e invitado por Atlante para integrar sus filas, en las que despuntaban los célebres hermanos Rosas, grandes futbolistas y panaderos, que le ofrecieron un puesto de trabajo en su negocio. Lo del fútbol le vino bien pero lo de la panadería no entró nunca en sus planes:  “mangos, que trabajen los bueyes. Yo solo juego fútbol”

Así en Atlante demostró que la panadería era para los hermanos Rosas y que el fútbol era para él, y bien que lo hizo puesto que tras su engañosa y gruesa apariencia se escondía un futbolista de enorme calado. Apodado “El Trompo” porque daba giros sobre su eje y les escondía el balón a los contrarios. El fútbol en esencia era para él una prolongación del baile y la fiesta que vivía cada noche en la casa non santa de María Limón, su “novia”  allá por la Merced. Un ángel canalla con gracia que rompía rivales con un caracoleo, un pase al hueco o un gol imposible.
También el pícaro que bordeaba el reglamento para decantar el tanteo a favor de sus intereses, anécdotas de juego que protagonizó junto a los hermanos Rosas y pasaron a la crónica legendaria. Como la vivida con ocasión de un enfrentamiento ante Necaxa, conjunto con el que en la previa había cruzado una apuesta de pulques contra cervezas sobre la victoria final.
Y es que cuentan que en uno de los lances del juego, concretamente en un saque de esquina y con el marcador en contra 2 a 1  se las arregló con su compañero “El Diente” Rosas para que golpeara el esférico hacia el lugar en el que estaba aguardando “Patadura”. Mientras, Carreño hacía de las suyas en el área pequeña, en la que pisaba disimuladamente pero con vehemencia al “Pipiolo” Estrada, portero del Necaxa que se veía imposibilitado para efectuar el salto y blocaje de la pelota, facilitando así la finalización del otro atlantista que aguardaba solo para clavar el esférico.
La primera trastada de una tarde en la que su incorregible alma de pícaro entró definitivamente en la leyenda, pues cuenta la crónica que entrada la segunda mitad y con el marcador en tablas 2 a 2, “El Trompo” maquinó su siguiente fechoría. Carreño agarró la pelota desde media cancha y se fue adentrando en triangulaciones con “El Diente” Rosas. Así hasta llegar al área, radio de acción de su grandeza y su picardía, puesto que siendo objeto del seguimiento de un solo marcador, aprovechó el centro de Rosas para bajar el short a su marcador del Necaxa, sin que el árbitro -el flaco Estevez- distraído a larga distancia por otro de los compinches del “Trompo”. pudiera ver lo acontecido. Gol y victoria para Atlante y la consiguiente ronda del néctar de los dioses en casa de María Limón.
Fiestero empedernido, corregido incorregible, el General Núñez, dueño de Atlante era consciente de que arrastraba a sus compañeros a lo que “El Trompito” llamaba cariñosamente como “agüita de limón” -en alusión a María Limón y a los pulquitos que se planchaba- pero de la misma manera apreciaba su enorme talento futbolístico y su capacidad de motivación y liderazgo. Así fue como llevó a Atlante a la conquista del título venciendo al legendario Necaxa de los 11 hermanos.
Hombre leyenda de la historia del fútbol mexicano, que logró inscribir su nombre en los libros de historia al ser el primer mexicano en anotar en los Juegos Olímpicos, en los de 1928, en la derrota 1 a 7 sobre España, y en la primera Copa del Mundo de 1930, cuando en el legendario campo de Pocitos, anotó el primer gol de México en una Copa del Mundo, en la derrota cuatro a uno sobre Francia.
Juan Carreño vivió tan rápido e intensamente que no quiso poner fin a la fiesta hasta el último de sus días. Dejó el fútbol relativamente joven, cuando a los 31 años sintió que dejaba de ser referente en los terrenos de juego, pero mantuvo su frenético tren de vida nocturna y se vio atrapado por el alcohol.
Cuentan además que no habían transcurrido ni tres meses alejado de los terrenos de juego cuando un dolor atravesó su cuerpo moldeado por el fútbol, la fiesta y la noche. Una apendicitis de caballo le doblaba y ponía en serio riesgo su integridad física y su vida. “El Trompo”, indomable como siempre, lo atribuía a su tristeza por estar lejos de las canchas y su querido Atlante. Desoyendo los consejos de sus amigos y ex compañeros de equipo, como “Nicho” Mejía y “El Diente” Rosas, se llevó más de un mes aplicándose curas caseras y sin acudir al doctor.
Carreño en cambio ahogaba sus penas y el dolor  en el alcohol, pero la apendicitis siguió su curso hasta que nuevamente la fría y desgarradora daga de la enfermedad volvió a atravesarle. Aún le dio tiempo para llamar a su compañero del alma, “El Chaquetas” Rosas -único atlantista con teléfono- que recibió el desesperado grito del “Trompo”, que apenas pudo acertar a balbucear que se estaba muriendo
Rosas acudió raudo y veloz al rescate pero encontró ya a Juan desplomado, él mismo lo llevó al doctor con la esperanza de que no fuera tarde y que una urgente intervención le arrancara de las garras de la muerte, pero todo fue en vano, camino al hospital, Carreño, fallecía a la edad de 31.
Un 17 de diciembre de 1940, el artista, el ángel, el canalla, ponía fin a su vida con una tragicomedia. Su llama vital se apagaba a la vez que se encendía la luz de su leyenda, aquella que historiadores como Carlos Calderón Cardoso y sus nietos hoy se encargan de mantener viva en el recuerdo de la gente azulgrana de Atlante.

Fuente: http://historiafutbolmexico.blogspot.com/2009/02/bienvenidos.html

Mariano Jesús Camacho.