De la singular y dramática orografía de un enclave mágico -fruto de la erosión de las lluvias y el viento- surge Potosí, la ciudad -con la tibetana Lhasa- más alta del Mundo. Allá en lo más alto cuentan las viejas leyendas que se puede divisar el pensamiento de la Tierra. Pensamientos, leyendas e historias que deshielan al sur y entre cañones colorados del Altiplano boliviano y la Cordillera de Chichas, justo por el que descienden las lágrimas de un río que dio nombre a la que dicen que es la “Bella joya de Bolivia”: Tupiza.


Una de las ciudades más antiguas de Bolivia y por tanto depositaria de la sabiduría del pueblo chicha. Lugar en el que confluye tanto la belleza como la historia a través de sus petroglifos y geoformas.  Los tupiceños, descendientes directos y depositarios del tesoro natural del ya citado pueblo, y de entre sus ciudadanos ilustres un deportista brilla con poderosa fuerza: Víctor Agustín  Ugarte ‘El Maestro del Altiplano’.

Desconocido para muchos de nosotros pero leyenda del fútbol boliviano y considerado por los historiadores del fútbol del citado país como mejor futbolista boliviano de todos los tiempos, por encima incluso de Marco Antonio Etchverry. Nacido un 5 de mayo de 1926 y surgido dicen de uno de aquellos senderos mágicos que serpentean por los colorados rocosos de Tupiza, por donde el viento hizo descender los sueños esféricos -que llegados del fútbol bonaerense- ocuparon su infancia y las horas de juego en la escuela 7 de Noviembre.
Allá donde jugaba a ser Masantonio, ídolo de Huracán y equipo del que fue seguidor desde muy pequeño. El primer diablo boliviano que con el estímulo verde esperanza de Huracán logró convertirse en la esperanza verde de Bolivia.
Un chico que dio su primer paso hacia la leyenda una tarde de 1947, en la que emprendió viaje a La Paz para integrarse en las filas del club Bolívar, donde impartió su magisterio. Allí se consagró como diez y como nueve, centrodelantero de época, también armador y conductor. Figura indiscutible sobre la que se construyeron viejas expresiones como la que afirmaba que con Ugarte, Bolívar jugaba de memoria o aquella otra que bautizó al club como “La Academia boliviana”.
Figura destacada de la selección boliviana que en aquel año de 1947 disputó el Campeonato Sudamericano en Guayaquil -Ecuador-, en el cual once goles suyos le situaron en la leyenda verde. Esa que paseó el nombre de Tupiza a finales de los cuarenta y durante la década de los cincuenta por los campos bolivianos, dejando para el recuerdo su estela de goles y su fútbol.
Presente en el Mundial de Brasil de 1950, en el que llegó a jugar un partido con la selección boliviana. Integrante también de aquella selección que en octubre de 1957 -en las eliminatorias para el Mundial de Suecia- logró el hito histórico de vencer por primera vez a Argentina – 2 a 0-. Cita histórica por la cual fue nombrado capitán y aclamado como “El Maestro”, apodo con el que pasó a la historia del fútbol de su país.
Para aquella fecha Víctor era ya “Maestro” Ugarte y fruto de aquel talento pudo hacer realidad un viejo sueño: jugar en Argentina, tierra para él de grandes ídolos de infancia. San Lorenzo le abrió la citada posibilidad, con ella la llegada al fútbol de las estrellas de un humilde tupiceño y boliviano. Su paso por San Lorenzo de Almagro casi una anécdota, -jugó solo tres encuentros y anotó un gol- pero no cabe duda que un gran paso para un futbolista de su país en aquella época.
Futbolista también del Once Caldas colombiano, en 1963 vivió otro de los grandes momentos de su carrera, cuando portando la camiseta de la selección boliviana venció en la final del torneo Sudamericano a Brasil por cinco tantos a cuatro, con dos goles suyos.  Ese que dijo adiós en 1966, a la edad de 40 años, cuando el tiempo, el olvido y las falsas promesas comenzaron a consumir su magisterio.

El viejo arquetipo de un fútbol de sueños huracanados pero viento suave que barrió la cancha desde el medio hacia arriba, aquel ante el que el rival sucumbió y dobló indefectiblemente sus rodillas. La efectividad de un nueve con la estética de un diez, la construcción del gol a través del arte, finalizando con una mágica quebrada, un amago o un pase imposible al compañero.
Un genio paradójicamente olvidado, quizás como disertó el profesor Luis H.Antezana por la ausencia de constructores de mitos. Una vez más la paradoja del recuerdo y el olvido representada por la figura del que fuera coronado con el título de Maestro, que en fútbol podría llegar a representar incluso más que el de un Rey o Emperador.
Aquel que en 1995 falleció sumido en los sombríos brazos del anonimato y la pobreza, ese mismo que se encargaron de rescatar para el recuerdo y del olvido en el Departamento de Potosí, en el que el Estadio del mismo nombre pasó a llamarse Estadio Victor Agustín Ugarte. A cuyas afueras una estatua de bronce y pedestal celeste se encarga de que la más insigne figura de la historia del fútbol boliviano no acabé sepultada por el olvido.Foto:http://www.flickr.com/photos/pauldornau/316724080/sizes/z/in/photostream/
Mariano Jesús Camacho.