Los armónicos esféricos son importantes en muchas aplicaciones teóricas y prácticas, en particular en la física atómica y en la teoría del potencial que resulta relevante tanto para el campo gravitatorio como para la electrostática. Física, matemática y para los genios de la ciencia pura poesía. Algo parecido a lo que debieron de experimentar aquellos privilegiados que tuvieron la oportunidad de contemplar las evoluciones de un estilista del fútbol llamado Roberto Rivelino.
Ese joven que se empeñó en desafiar a la física con su teorema futbolístico sobre la armonía, que en su caso además de la física atómica y las matemáticas tuvo gran relación con la música y la poesía. Con el timbre de su fútbol poético, su armonía musical, y su elástico y palíndromo tobillo izquierdo.
Fruto maduro de un árbol genealógico plantado en Italia, en Macchiagodena, provincia de Isernia, donde sus antepasados abrieron las ramas en las que germinaron las hojas que sirvieron para escribir las legendarias crónicas de su talento. Talento que brotó en Sao Paulo, allá donde nació el joven Roberto, lugar en el que el calcio se rindió al ‘futebol’.
Un ‘futebol’ al que un chico apodado ‘Maloca’ se entregó, a través de las peladas y el ‘futebol de salão’, que quedaron rendidos ante su increíble dominio de la bola y su enorme capacidad para driblar en espacios reducidos.
Curiosamente un estilo que fue rechazado en varias ocasiones por Palmeiras, circunstancia que en 1965 acabaría llevándole a Corinthians, club en el que comenzó su leyenda. Iniciada ese mismo año, en el que debuta con la camisa titular do Timao y ya es convocado para jugar con la selección brasileña,  participando en dos amistosos, contra el Arsenal y Hungría.
Con la camisa alvi-negra conquista la Copa Rio-São Paulo de 1966, título dividido con Botafogo, Vasco y Santos. Su zurda conquista definitivamente a la afición corintiana y a la torcida brasileña, es entonces cuando los porteros comienzan a temblar ante sus terribles lanzamientos a pelota parada o en movimiento. Un tipo de lanzamiento que luego vimos ejecutar en las botas de Branco o Roberto Carlos.
En 1968 hizo sus dos primeros goles con la selección canarinha, en un encuentro ante Polonia, antesala de lo que viviría dos años más tarde en el Mundial de México de 1970, en el que Mario Zagallo tuvo a bien entregarle la quinta fracción de un quinteto de números diez que convirtieron el fútbol en pura poesía. Algo inexplicable, solo para disfrutar, un dechado de recursos técnicos que solo podría describirse con recursos estilísticos. Fue allí donde Rivelino hizo tres goles en cinco partidos, y donde los mexicanos impresionados por su golpeo de balón lo apodaron con el sobrenombre de “Patada atómica”.
Luego regresó al conjunto paulista de Corinthians, en el que en doce años “Reizinho do Parque” -en alusión al Parque São Jorge, estadio del club- marcó 165 goles y entró por derecho propio en la sala de los mitos de la historia do Timão.
Una relación que desdichadamente no vivió un feliz capítulo final, puesto que tras ser culpado de la derrota en la final del campeonato de 1974 ante Palmeiras, tuvo que salir del equipo en el que se había convertido en leyenda.
Para aquel año de 1974, también se le esperaba en Alemania, donde sería la figura de la selección brasileña que sucumbió en semifinales ante la grandiosa Naranja mecánica que lideró Johan Cruyff. Rivelino jugó nueve encuentros y anotó tres goles.
La doble decepción sufrida en aquel año de 1974 comenzó a mitigarla con su nueva aventura en Fluminense. Roberto llegaba a un sensacional equipo que por aquella época era conocido como “La Máquina Tricolor”, con la que fue bicampeón estadual -1975 y 76- y llegó a dos semifinales del Campeonato Brasileño.
Los días de vino y rosas regresaron con su estreno con la camisa tricolor en 1975, curiosamente ante Corinthians. Fue en Maracaná ante cien mil espectadores, un sábado de Carnaval en el que la ciudad de Río solo tuvo ojos para él. Legendario encuentro que acabó con el resultado de Flu 4×1 Corinthians, y en el que Rivelino con tres goles se salió.

En su nuevo equipo Rivelino encontró el colofón a su genial forma de interpretar el fútbol, tres años en los que la magia se hizo presente, una época en la que dejó de ser “Reizinho do Parque” para convertirse en “Curió das Laranjeiras”.
Para el recuerdo además de su temible chut, acciones de puro genio, como la que llegó a patentar con el sobrenombre de la elástica o viborita -que Mágico González interpretó como nadie-. Un regate eléctrico, sumamente desconcertante para el rival, pues Riva en un giro de tobillo centelleante y único, hipnotizaba al adversario haciéndole creer que iba a salir para un lado saliendo justo para el contrario, dejándolo vencido con la patada al viento y la sombra de un genio que no había visto siquiera pasar.
Como dije fueron tres años para la leyenda, a los que sumó su tercer Mundial, el de Argentina de 1978 en el que Brasil sufrió una nueva decepción. Paso previo a su marcha a Arabia Saudita, donde integró las filas del  Helal, conjunto con el que fue campeón de la Copa del Rey y bicampeón nacional. Equipo en el que desavenencias con el príncipe Kaled precipitaron el final de su carrera, en 1981 y a la edad de 35 años.
En aquel momento concluía su leyenda, la de un jugador único, que durante los diez años que fue titular con la selección brasileña dejó para la historia 94 partidos oficiales, 26 goles, y solo nueve derrotas. Un total de 122 encuentros con la camiseta de Brasil y 43 goles, lo que le convirtió en uno de los diez mayores artilleros de la historia de su selección y el tercer jugador con más partidos oficiales disputados, tras la estela de Djalma Santos y Gilmar.
Aquel que con su genialidad nos demostró que su disparo tenía relación con la armonía esférica -lo físico y lo atómico- y su elástica con la armonía musical, con la inexplicable demostración física con la que evidenció que la pelota sí dobla.

Mariano Jesús Camacho.