En numerosas ocasiones he defendido con bastante énfasis la opinión de que el fútbol inglés es por tradición e historia la competición en la que más y mejor se valora al mito, al ídolo. Aunque la especulación económica y el capital extranjero amenace con el derrumbe histórico del fútbol inglés, todo aquel que haya gozado del privilegio de acudir a los diferentes escenarios deportivos en los que se pone en juego el prestigio, la historia y el futuro de un club de fútbol, además de vivir el ambiente único y singular de sus estadios, habrá podido comprobar el homenaje continuo que se hace a los ídolos de siempre y el cariño que se les profesa y se les tiene.
Las numerosas esculturas que se reparten por la geografía deportiva de Inglaterra constituyen uno de los máximos exponentes de todo ello. A esto –entre otras muchas cosas- es a lo que yo llamo cultura futbolística, tradición.
Por ello, en esta ocasión vuelvo a poner rumbo en mi travesía esférica hacia las Islas, para encontrar un nuevo perfil de bronce que nos acerque a la historia, la tradición y la leyenda. Londres se postula una vez más como marco incomparable de mí teoría, en concreto el sureste de la ciudad, donde dos clubes se disputan la hegemonía futbolística de la zona: el Charlton Athletic y el Palace. Dos conjuntos que protagonizan el derbi del sureste y sobre los que encuentro otra de aquellas historias que tanto me gusta recuperar del desván del tiempo.


Una historia que nace a las puertas del mítico Valley Stadium, escenario en el que la espada blanca de su escudo rojo es empuñada de forma figurada por los valiants -más comúnmente llamados addicks– , aficionados del Charlton Athlétic que en cada partido entonan su tradicional grito de guerra: ¡en pie si odias al Palace!

Justo en aquel lugar en el que se respira fútbol desde 1905, la anécdota es considerada como punto de partida esencial para el desarrollo creativo. Un desarrollo creativo plasmado en la escultura de bronce que desde el 9 de junio de 2005, –coincidiendo con el Centenario del club- fue erigida en honor de Sam Bratram, ídolo y legendario guardameta que marcó época en la  década de los treinta y cuarenta.
Su historia, la de un chico que aprendió a jugar al fútbol  en la Boldon Colliery School,  en la Sunderland Schoolboys y el County Durham. Tres equipos, tres formaciones que vieron crecer al futbolista que se convirtió en minero en la cuenca de Durham y al “wing-half y centre forward” que se convirtió en portero en el Boldon Villa.
Un caprichoso giro del destino que una tarde de 1934 le llevó a la posición que le convertiría en leyenda. Fue en un encuentro disputado con la camiseta del Boldon Villa, partido en el que comenzó jugando en el mediocampo y que por lesión de su guardameta acabó jugando bajo palos. Posición que no abandonaría jamás, pues cuentan los historiadores que uno de aquellos scouting que cubren la geografía futbolística en busca de talentos, quedó prendado con las condiciones de Bartram como portero. Aquel scout se llamaba Jimmy Seed, trabajaba para el Charlton Athlétic y no dudó en recomendar encarecidamente a los directivos la contratación tanto de Bratram como del defensa zurdo Jack Shreene.
El resto es historia y leyenda, la que ambos escribieron con la camiseta de los addicks, club que experimentó un despegue espectacular desde su llegada, pues en sus primeros tres años el Charlton pasó de la Tercera División a ser subcampeón de la máxima división del fútbol inglés.
Entre 1934 y 1956 defendió con destreza la portería del Charlton, llegando a ser campeó de Copa en la temporada 46/47, finalista de la FA Cup en cuatro ocasiones consecutivas entre 1944 y 1947 y segundo en la elección del mejor futbolista del año de 1954, a la edad de 40. Aunque jugó con el equipo B de la selección inglesa, no tuvo acceso a la portería de los pross porque Frank Swift y Ted Ditchburn le cerraron el paso.
Los veintidós años que permaneció defendiendo la portería del Charlton constituyen sin duda un excelente caldo de cultivo para la leyenda y la anécdota, pues su figura protagonizó una de las más recordadas de la historia del fútbol de su país, una simpática y curiosa historia que él mismo se encargó de recordar en su autobiografía:

“Fue en un encuentro disputado ante el Chelsea en Stamford Bridge, poco después del inicio del partido, la niebla comenzó a espesarse rápidamente en el otro extremo del terreno de juego, la espesa bruma viajaba de forma constante de la meta defendida por Vic Woodley -del Chelsea- hacia la mía. La visibilidad llegó a ser tan complicada que el árbitro se vio obligado a detener el juego para, a continuación, reanudarlo en el momento en la que esta se volvió más clara. El Charlton atacaba y mantenía su acoso a un ritmo constante, la niebla volvía a hacerse por momentos cada vez más espesa y me  convertí nuevamente en espectador de un encuentro que apenas podía intuir a través de aquel imponente banco de niebla. “
El juego entonces se tornó inusualmente silencioso pero Sam se mantuvo en su puesto, atento al borde del área de penalti, aguardando la llegada de sus compañeros o de algún rival dispuesto a atravesar la niebla con un potente disparo. Se preguntaba por qué no llegaban a su portería y se extrañaba del intenso dominio de su equipo.
“Después de mucho tiempo una figura apareció en la cortina de niebla frente a mí. Era un policía, y me miró boquiabierto con incredulidad. ‘¿Qué diablos estás haciendo aquí?’ jadeó. ‘El partido se detuvo hace un cuarto de hora. El campo está completamente vacío’. ”
Un 17 de octubre de 2005 comenzaron a recaudarse fondos para la creación de su estatua, una tarde en la que el Charlton se enfrentó al Newcastle, club del que Sam había sido seguidor desde muy pequeño. Los 623 partidos -579 en Liga y 44 en FA Cup- le convierten en leyenda y hombre récord de la historia del Charlton, una historia que concluyó en 1956, cuando a la edad de 42 colgó los guantes en el ángulo izquierdo de la meta del Valley Stadium, lugar en el que la niebla londinense jamás pudo apoderarse de su leyenda.
Una leyenda que queda patente a la entrada del estadio, con su sonrisa de bronce y la poderosa mano con la que ofrece el esférico a cada seguidor interesado en su recuerdo.

Mariano Jesús Camacho