Cuentan que solo aquellos poetas del aire, dominadores del tempo han escuchado en alguna ocasión el silencio del verso esférico. En su remate el liviano peso de su aroma y en su salto la mágica relación del hombre con la fuerza gravitatoria de una manzana.
Descripción física y metafórica de un delantero de leyenda, cincelada por un obrero del taller de las palabras, lugar creativo que nos conduce a otro taller artístico en el que un escultor cincela en bronce el poderoso pie desnudo de uno de los mayores artilleros de la historia del fútbol: Su nombre Uwe Seeler, una pulga cuando saltaba, una liebre cuando corría y un toro cuando cabeceaba
Su pie encendido hiere el aire y descose costuras cuando impacta con la pelota, que transmuta en viento inalcanzable para los guardavallas. Una estatua del tiempo broncea la metáfora de un instante que vuela y mitifica la exhalación de la palabra.
El gol se convierte en piedra a las afueras de un estadio y el tiempo se detiene en Hamburgo, un 5 de noviembre de 1936, para dar la bienvenida a un chico que en sus sueños neonatos ya volaba.
Un pequeño que ya con nueve años ingresa en las filas del Hamburgo SV, el club de su vida y su corazón, al que fue fiel durante toda su carrera. Su meteórica progresión, -algo más de 600 goles en categorías inferiores- su debut con tan solo 16 años en la máxima categoría, en Rothenbaum contra el Göttingen 05. Encuentro en el que cuentan las crónicas blancas que su marcador le sacaba dos cuerpos a lo alto y a lo ancho, y en el que aquel jovencito bajito sin mucha pinta de futbolista -y mucho menos de delantero- ridiculizó al gigante con su vuelo poético en el aire.
A partir de ese momento el joven Seleer pasa a ser patrimonio histórico del club y de los aficionados del Hamburgo, que asisten cada tarde a una oda al aire. La oda de un hamburgués de andar confuso, más bien bajito y orondo pero conocedor de los secretos del viento, el salto y el tempo. Confesor del rumor del aire con párpados de brisa y alma transparente que engaña al mundo cuando su docilidad aparente, transmuta a la de killer impenitente, que únicamente sacia su sed de redes y goles con la huidiza y vencida mirada de porteros y defensores.
La leyenda de un hombre que pasa a ser conocido como Uns Uwe, -nuestro Uwe- y que pronto es elegido por el seleccionador Sepp Herberger para que represente los colores de la selección alemana, una situación que situó a Seeler a las puertas del Mundial de Suiza de 1954, pero del que acabó fuera porque la lista estaba ya cerrada.
Alemania logró el título y Seeler tuvo que aguardar su momento. Herberger no se había olvidado de él, era consciente de que Alemania tenía en aquel chico a un delantero único, por lo que en 1954 le hizo debutar en Hanóver, contra Francia. A los 15 minutos de juego, Herberger se le acercó, lo agarró del brazo y le dijo: ‘Sal y haz lo que tú sabes hacer, exactamente por lo que te he llamado’.
Desde aquel momento no volvió a dejar la selección hasta el final de su carrera, fueron 72 internacionalidades y cuatro mundiales. El primero en Suecia 1958, debutando ante Argentina, un encuentro en el que Alemania venció y en el que logró anotar su primer gol en una Copa Mundial. Inolvidable también la final del Mundial de 1966 contra Inglaterra – 4 a 2- y la semifinal de 1970 -ya con 35 años y exhibiendo un buen nivel- contra Italia – 4 a 3-.
Un jugador tremendamente popular debido a su imparcialidad, su modestia y bondad. Aquel al que la DFB (Asociación Alemana de Fútbol) lo convirtió en capitán honorario del equipo nacional alemán en 1972, honor que comparte con Fritz Walter, Franz Beckenbauer y Lothar Matthaus.
Dieciocho temporadas desoyendo los cantos de sirena que le llegaban de otras partes, ligado deportiva y sentimentalmente al Hamburgo desde los diez años. Hasta 1972, cuando dijo adiós al fútbol y la brisa huracanada en la que vivía, dejó para la historia 577 partidos y 437 goles, además de un subcampeonato de la Recopa de Europa en 1967, un campeonato y dos subcampeonatos de liga, más un trofeo de copa. Máximo goleador también de la Bundesliga en la temporada 1963/64 con 30 tantos y mejor futbolista alemán del año en 1960, 1964 y 1970.

Otro de aquellos genios que jamás necesitó de un Balón de Oro para ser considerado mejor delantero de su época. Su desconcertante agilidad y habilidad para el remate tanto en el aire como sobre el piso no tenía igual en aquella época. Nadie había visto algo parecido, Seeler era único, capaz de rematar un melón desde cualquier posición. Un tratado esférico del cabezazo y sus misterios, tan pequeño y tan cabeceador.
Aquel pequeño genio que colgó las botas en 1972, cuando su vida en el aire sobrevoló el estadio por última vez en un partido de homenaje entre el Hamburgo y un combinado mundial. Aunque, seis años después, protagonizara un inesperado y efímero regreso a los terrenos de juego, en las filas del Cork Celtic FC irlandés.
La resistencia de un futbolista disfrazado de hombre que siguió practicando fútbol -no profesional- hasta la edad de 61 años.
El perfil de un genio que desnudó su pisada en los exteriores del Estadio, Imtech Arena, donde su poderoso pie derecho -dicen que mayor que el izquierdo- recuerda otro tiempo, pues el viejo frigorífico en el que Uwe cimentó su leyenda, -construido con los escombros de los bombardeos de la Segunda guerra Mundial- ya es historia.
Con la demolición de aquellos cimientos se fueron sus goles congelados por el tiempo. Ahora un templo vanguardista de forma ovalada, -que resulta más acogedor, moderno y menos vulnerable a las duras inclemencias del crudo invierno- abre páginas en blanco para las futuras leyendas.

Escenario menos reconocible para el viejo aficionado, que resignado pasea ávido alrededor de una escultura de bronce con la que por fin reconciliarse con su pasado. Una gigantesca escultura de cuatro toneladas de bronce que representa un pie desnudo reconocido por todos. El paso rítmico y el salto felino, su avance dulce, suave o rudo, con algo de ave y algo de felino. Una réplica exacta en bronce del pie derecho de  Uwe Seeler. Escultura de 2,30 metros de ancho, 5,30 metros de altura y 5,15 metros de largo, que con un coste de 250.000 euros fue inaugurada un 27 de agosto de 2005. 
El pie de un gigante, de un pequeño que nació en las alturas y un grande que vivió en su medida, la pisada de un hombre que jugó a ser Dios…del fútbol.

Mariano Jesús Camacho