Hoy vuelvo a sentir la brisa sobre mi rostro, la caricia azul del mar y el vaivén de sus embriagadoras olas, compañeras de un gran azul parlante que silenció sus lenguas de mar, para entre tregua y tregua, permitirme una navegación tranquila. La de un barco de ideas, que con vientos suaves de 3 o 4 nudos, redacta sobre su proa mensajes que lanzo con forma de botellas al mar. Ese mismo barco de ideas con una importante vía de agua sobre su casco, que sus viejas cuadernas ya no aguantan. Aquella por la que se escapa el punto de locura necesario que me permite ser consciente de lo bello y efímero de mi viaje. Y aquí, con los pies mojados de locura, os  lanzo una nueva carta esférica que navega sin rosa naútica en el interior de una botella, y con la esperanza de que alguno de vosotros la encontréis en algún punto de este mágico océano de ilusiones.
Hola te hablo desde mis uno noventa y tantos de estatura, sí desde esa posición en la que me acostumbré a contemplar el fútbol, a mirar a esa compañera huidiza y lejana que siempre constituyó para mí la pelota. Aquel objeto esférico que parecía huir ante mi presencia y confirmaba sobre sus costuras su alianza eterna con mis enemigos. Enemigos con nombre y número, nombres de todo tipo y números habitualmente comprendidos entre el siete y el once.
Dicen que estoy hecho de una pasta especial, que presento una faz poco o nada agraciada, afeada y de semblante terrorífico, con un cutis amarillento, de un amarillo lívido, con expresión furiosa e infernal. Un rictus que forma parte de mi profesión, de aquella representación teatral que pongo en práctica para establecer mi condición natural de ser territorial. Un serio aviso para que los rivales tengan la certeza de que traspasar esa línea imaginaria que planto con voz firme junto a mis compañeros no será tarea fácil.
Todo ello forma parte de mi carácter esférico, mi rol como individuo y el distintivo modo de ser de todo defensa que se precie. Es en este punto en el que radica mi verdadera fortaleza, aunque muchos puedan pensar que mi gran arma sea el físico que me ha otorgado la naturaleza. Sin esa voluntad, unida al temple y a mi sentido del deber, jamás podría imponer mi ley y el respeto en mi zona de acción.
Por alto soy el Rey, por ello la mayoría de las veces el fútbol me entra por los pies y me sale por la cabeza. Hay ocasiones en las que mis avispados rivales recurren al viejo truco de la alfombra, que colocan a modo de pasillo para que abandone la cueva en la que yo, “el gran pardo” asusto y paralizo rivales. Por ello siempre tuve tendencia a retroceder, a vigilar constantemente mi espalda y mirar hacia delante solo con la intención de controlar la artillería enemiga.
Mis errores representan la perfecta excusa para convertirme en “patadura”, para llevarme a ese viejo tópico ancestral del fútbol, que argumenta que los centrales salen al campo con botas afiladas y la intención de cortar las avanzadillas del enemigo por lo civil o lo criminal. Pero lo que muchos no conocen, es que se puede ser fuerte y duro a la vez que noble, que disfruto cuando saco el balón limpio, que cuando voy al cruce siempre busco cortar la trayectoria del esférico, aunque en ocasiones tenga que sacar la escoba y subirme en el tren de los escobazos para infringir el reglamento por el bien de mis compañeros.

Soy como dicen, el último hombre sobre la Tierra, -aunque no sea leyenda- aquel por el que la pelota pasa eternamente de paso. Conmigo el equipo navega sin sobresaltos pero sin mí, se produce un agujero irreparable en la línea de flotación, que convierte a la defensa en un colador y coloca un puente de plata para el abordaje de los corsarios del gol, que luchan mano a mano con mi portero. Sobre mí, el peso de las velas, también la misión de abortar los encarnizados ataques de temidos piratas de número nueve, a los que debo superar en la elevación y el tempo. A través de mí el balón debe zarpar rumbo hacia una nueva ocasión de gol. Sueño cada segundo con poder incorporarme al ataque y disfrutar de instantes de protagonismo y libertad, para regresar ráudo y veloz a mi puesto cerrando espacios. Tareas oscuras y tremendamente necesarias, reservadas únicamente a personajes de enorme altura futbolística.

Aún así sigo sin tener buena prensa, soy el ‘malo de la película’ pirata pata de palo, por ello a lo largo de la historia algunos osados de mi bajel pirata se rebelaron y enfilaron el abordaje de la nave -el arco- rival. En un momento crucial de sus vidas agacharon sus cabezas para inmediatamente después levantarlas y no volverlas a bajar, un motín en toda regla iniciado al contemplar por primera vez el inmaculado brillo blanco de un balón relucir entre patas de palo y viejos botines embarrados.
Valientes destroza corazones de viejos capitanes Hook -técnicos- acostumbrados a que cada cual desempeñara su papel. Genios que se amotinaron sin violencia y establecieron un tratado de paz con el balón para revolucionar el puesto de defensa. Linaje de elegancia y libertad, aquellos líberos que bautizó Gianni Brera. La vieja tripulación de los Domingos da Guia, Nilton Santos, Luiz Pereira, Franz Beckenbauer, Gaetano Scirea, Ruud Krol, Franco Baresi.

Fútbol desde las alturas, piratas de una navegación esférica que me condujo a revelaros la vieja historia de una estirpe de gigantes para los que en otros tiempos no se conoció otro rol que el defensivo. Un rol que comenzó a cambiar gracias a ellos, que con muchos tesoros por conquistar y la intervención de la divina providencia, nos permitieron al abordaje, la posibilidad de contemplar a un peso pesado volando como una pluma y girando como un armónico bailarín. Una estirpe de fútbol y altura física, en la que encontramos a un genio que nunca fue defensa, tampoco líbero, pero que como ellos, contemplaba el juego desde lo alto.

Un genio tocado por una varita mágica, que a golpe de ruletas marsellesas, amagues y recortes de lujo, elevó el fútbol de las alturas a categoría sobrenatural. Su nombre Zinedine Zidane, gigante con vía libre de los dioses esféricos para la imaginación y el acceso a esos segundos mágicos en los que se conquista el mundo y se toca la gloria con la yema de los dedos…
Su caso “exceptio probat regulam in casibus non exceptis”, es decir, “la excepción confirma la regla en los casos no exceptuados”.
Mariano Jesús Camacho.