Un cielo plomizo cae sobre Santiago, al cobijo de la penumbra un espectro escolta el desequilibrado deambular de un hombre que a mitad de camino entre la bohemia y la muerte acaba ahogando sus desgracias en los efluvios alcohólicos de una cantina.
Con el primer sorbo de vino, un sabor a madera añeja y sangre le deja un regusto amargo por el que viajan condensados los más de cien años de un negocio que se nutrió incesantemente del arte y la muerte. En las tiras verticales de madera que cubren la pared, suena la vida como en un piano de cola y el barniz de la muerte grita su desgarrador silencio. Hojas en blanco son sus mesas, crónicas negras del recuerdo que rezuman por sus patas efluvios literarios ahogados en alcohol hasta la primera luz del amanecer.
Una cantina de novela, el Bar El Quitapenas, de Santiago de Chile, situado en Panteón 1131, barrio Recoleta, en las cercanías del Cementerio General. Local centenario que frente al camposanto regó con grandes jarros de vino los miles de duelos en los que se evocaron las cualidades de los que se fueron.
Aquel lugar en el que nuestro hombre acierta a distinguir en una esquina la borrosa pero reveladora y espectral presencia de un caballero de aspecto descuidado, que con bastón y cigarrillo encendido, responde a la descripción física de un poeta maldito llamado Pedro Antonio González Valenzuela. Bohemio incorregible y poeta inimaginable, que tuvo a bien utilizar aquella cantina como escritorio y dormitorio de sus embriagadas musas. Aquel al que la sed elevaba su alma a la altura del pensamiento, donde perdido a través de las calles de los arrabales, sumía su físico en el precipicio de la miseria y trazaba nuevos horizontes para la poesía chilena en ataditos de papeles. Su mirada silenciosa, siniestra, sus ojos divergentes, su corazón bondadoso, la dualidad de dos almas, melancólica de día y genial en la lóbrega noche, que encontraron inalterablemente el Quitapenas en su camino errante.
Y nos cuenta nuestro hombre que allá en aquella misma esquina el espectro de Don Pedro perfila unas líneas mientras persigue intangibles visiones en el aire. Podría ser la historia de uno de aquellos poetas o escritores que intercambiaron los efluvios alcohólicos literarios y funerarios del lugar, pero en esta ocasión sus espectrales versos van dirigidos hacia un joven llamado David Alfonso Arellano Moraga.
Su historia la de un futbolista que una noche domingo del año 1925 tuvo a bien hacer parada en aquella cantina junto a su compañero Clemente Acuña. Ambos futbolistas disidentes del Club Magallanes, que apenados por la situación, y embriagados por aquellas maderas impregnadas de duelo, quisieron ahogar sus desgracias en las jarras de vino del Quitapenas para acabar fundando Colo-Colo.
La historia también de un equipo que hoy es leyenda e hizo su debut frente al poderoso English, uno de los grandes clubes de la época. Compuesto en su mayoría por extranjeros, los expertos de la época jamás habrían apostado por la solvencia del nuevo club y mucho menos por una hipotética victoria de Colo Colo, que formó con: Eduardo Cataldo en la portería, Absalón y “Togo” Bascuñanen en defensa, Fransisco Arellano, Guillermo Cáceres, Juan Quiñones en la linea media, Luis Mansilla, Clemente Acuña, Humberto Moreno, Luis Contreras y David Arellano en la delantera.
Un contundente 6-0 a favor de Colo Colo revolucionó conceptos en el fútbol chileno de la época y desestabilizó los cimientos de los poderosos. Aquella tarde el Colo Colo de Arellano, surgido en una cantina frente a un camposanto, arrebató el poder y la supremacía del fútbol chileno al English y a todo club que osó discutirle su nuevo reinado. No en vano Colo Colo se tituló campeón en 1925, y repitió la hazaña los años 28, 29, 30 y 32, ganándose el apodo del equipo «invencible» en calidad de cuadro amateur.
Un equipo que alimentó su leyenda durante su primera gira internacional, concretamente en Valladolid, España. Un 3 de mayo de 1927, fecha en la que vivió un momento luctuoso que marcó para siempre la crónica blanquinegra de la historia alba. Colo-Colo jugaba contra Real Unión, el encuentro se encontraba con empate a dos en el marcador, cuando Rosetti desbarató un ataque de pipo-bombo y entregó al popular Mono Arellano, que cedió por alto a Horacio Muñoz. Pero antes de que la pelota tomara contacto con el suelo, David Arellano y Hornia…pelearon en el aire por la bola y cayeron. David cayó de espaldas, y Hornia, al caer golpeó involuntariamente con una de sus rodillas el estomago de Arellano, que con rostro desencajado y pálido no acertó a reaccionar. Se paró el juego y el futbolista chileno fulminado, tuvo que salir con los pies por delante cargado hacia una ambulancia que se lo llevó a un hospital. El juego se reanuda y con diez, Colo Colo consigue un valioso empate a tres, pero en el ambiente se masca la tragedia silenciosa de la desgracia.
Aquel tremendo golpe resulta ser mortal, pues una peritonitis acaba en un solo día con la vida de David Arellano, gloria nacional y fundador del club. A muchos kilómetros de distancia la noticia cae como una losa lapidaria frente al camposanto, el Bar Quitapenas se viste como cada día de luto, pero en esta ocasión es diferente, pues se vela a uno de los suyos. A un joven que dos años atrás había acudido a ahogar sus penas entre la bohemia y la muerte de sus sabias paredes. Sobre aquellas jarras de vino y sillas de madera en las que encontró la fórmula vinícola que le permitió repartir alegrías por todo el país.
Desde aquella accidentada tarde, el Quitapenas le recuerda y la camiseta de Colo-Colo lleva una cinta horizontal de color negro, que representa el luto eterno de la institución a la partida de su fundador. Y debido a ello, durante los años 30 el equipo recibió el apodo de los enlutados.

Y precisamente hacia él van las primeras líneas de los  espectrales versos de Don Pedro: Muchas lágrimas del recuerdo han caído al vino… por nuestro David Arellano, capitán querido…el azar funesto de un 3 de mayo fatídico… que abraza el legado que vive en el alma del pueblo colocolino…

Unos primeros versos que solo puede contemplar nuestro hombre, aquel que desde el inicio de este relato observó la figura espectral del poeta y fue protagonista de esta historia. Ese personaje que desde aquel fatídico 3 de mayo de 1927 es testigo del dolor, la bohemia y la muerte en el Bar El Quitapenas. Una cantina frente al camposanto que aún habiendo cambiado su ubicación unos metros más allá, siempre ha contado con dos clientes espectrales que ahogan eternamente sus penas en los efluvios alcohólicos y funerarios de sus más de cien años de existencia: Don Pedro Antonio González, bohemio y poeta y David Arellano Moraga, futbolista legendario, capitán fundador y nuestro hombre misterioso, que paga las deudas mientras disfruta con sus poemas.
Mariano Jesús Camacho.