Paseando por la “la Madre de las Ciudades”, Kiev -como la llaman los rusos-  podremos constatar que sus ciudadanos encuentran abrigo a la crudeza de su gélida realidad climática en el colorido de sus fachadas, en sus cúpulas doradas, en el pan de oro de sus iglesias ortodoxas, sus amplias avenidas y sus extensos parques. Aquellos que contempló y por los que en su día paseó la cabeza geométrica y pensante de uno de sus ciudadanos más ilustres, que aún sigue muy presente en la memoria deportiva e histórica de sus paisanos.
Y es que de las entrañas del General y crudo invierno soviético de 1939, y en el margen derecho del río Dniéper, surgió la figura de un joven llamado Valery Lobanovsky.

Nacido en el seno de una familia humilde de obreros, antes de convertirse en un gran extremo zurdo, despuntó como un estudiante brillante y se doctoró en ingeniería matemática. Un joven que desde muy pequeño construyó sus sueños esféricos entre matrioskas de madera y balalaikas que musicalizaron su amor por el Dinamo de Kiev.  El equipo de su vida, aquel en el que debutó con 19 años y llegó a convertirse en uno de los mejores extremos zurdos del país, su buque insignia durante seis temporadas, y con el que se proclamó Campeón de la Liga soviética y Campeón de la Copa de la URSS.
Su carrera como jugador factor esencial de su aprendizaje y el mejor campo para llevar a la práctica sus teorías matemáticas, pues cuentan que el joven Valery se afanaba en dibujar sobre el césped los modelos matemáticos que había trazado anteriormente sobre el papel. No en vano en sus lanzamientos de córner, -y goles olímpicos- cuentan que además de calidad y un disciplinado trabajo de entrenamiento, se escondían los cálculos matemáticos del nº 11 del Dinamo.
En 1965 abandona la disciplina del Dinamo y se enrola en las filas del Chernomorets, conjunto en el que juega una temporada para luego vivir sus últimas dos temporadas como jugador en activo con la camiseta del Shakhtar Donest. Muy joven, con sólo 29 años y tras brillar como uno de los mejores extremos izquierdos del país, Lobanovsky se convierte en entrenador del Dnieper, equipo ucraniano de segunda división. Su debut triunfal, pues en sólo tres temporadas asciende al Dnieper a la división de honor y en 1973 logra una meritoria sexta posición que lo coloca entre los grandes del fútbol soviético.
Su buen hacer en los banquillos y el perfil personal y profesional de Lobanovski convence enormemente al politburó soviético, que lo elige como figura representativa e idónea para trasladar el centro neurálgico del fútbol soviético a Ucrania.
Con el apoyo económico del régimen introduce el uso de dietas, dietistas y ordenadores en el fútbol soviético. Lobanovsky comienza a trabajar en un proyecto que reportará mucho prestigio y tardes de gloria al Dinamo de Kiev. Técnico duro y serio, de rictus grave, siempre imperturbable, sus aires marciales tan de ‘telón de acero’, propiciaron que se le asociara a un fútbol de equipo un tanto frío y geométrico. Aunque en parte fuera así, Lobanovsky jamás actuó en contra del talento y la pureza. Para él el fútbol era un juego colectivo con base matemática en el que los elegidos marcaban la diferencia.
Pasión y oficio se abrazaban en la personalidad profesional del Coronel. Su equipo era simétrico, de preparación física exhaustiva y exactitud matemática en la parcela táctica, pero en todo momento ofensivo y moderno. Además lo que muchos no saben es que tuvo que adaptarse a las características de un contexto político que entró en conflicto con su temperamento.
Dirigió al conjunto ucraniano en tres etapas diferentes, la primera comprendida entre 1974 y 1982, sin duda brillante, pues en ella llevó a los Rudakov, Kolotov, Blokhin, Onyschenko y compañía, a formar parte de un equipo que llegó a ser considerado en 1975 por la Asociación Internacional de la Prensa Deportiva como el mejor del mundo. A esta etapa corresponde la conquista de cinco títulos de liga -1974, 1975, 1977, 1980 y 1981-  tres de Copa de la extinta URSS, más la Recopa y Supercopa de Europa de 1975.
La segunda, comprendida entre 1984 y 1990, en esta etapa suma a su palmarés otra Recopa de Europa, conquistada en1986, con una exhibición de juego en Lyon ante el Atlético de Madrid, más tres ligas soviéticas -1985, 1986 y 1990- y tres Copas de la URSS  -1985, 1987 y 1990-. Como siempre, vuelve a sacar partido del gran talento de sus futbolistas, al ya conocido de Oleg Blokhin, suma las calidades individuales de Alexander Zavarov e Igor Belanov.

Su tercera etapa en Kiev, la correspondiente a la última de su vida y carrera, comprendida entre los años 1996 y 2001. En ella ejerce de profesor de futbolistas del talento de Rebrov y Andrei Shevchenko, jugador que nunca lo olvidará. No en vano el delantero ucraniano que le profesó gran admiración desde pequeño, tuvo el enorme detalle de llevar a Kiev la Copa de Europa -el sueño imposible del Coronel- que ganó con el Milan, para depositarla en el banco sobre el que descansa la legendaria figura de bronce del que consideró su gran maestro. Un hombre que cerró su brillante trayectoria técnica con cinco títulos consecutivos de la liga ucraniana -1997, 1998, 1999, 2000 y 2001-.
Una magnífica trayectoria técnica a nivel de club que propició que en 1975 fuera elegido para asumir la dirección técnica de la selección soviética. Su paso por el banquillo del combinado de la URSS, fue intermitente -seis temporadas entre 1975 y 1990- y también polémico. Bajo la dirección de Lobanovsky la selección soviética consiguió la medalla de plata en el Europeo de 1988 y la de bronce en los Juegos Olímpicos de 1976, pero las autoridades nunca le perdonaron que una selección basada en el Dinamo de Kiev fracasara en los Mundiales de 1986 y 1990.
Tras el fracaso de Italia 90 se marcha a ganar petrodólares y regresa para convertirse en héroe de una Ucrania independiente, a la que dirige en la última etapa de su vida. Una vida entregada al deporte, al fútbol y a sus jugadores. “Los principios no cambian, los principios se perfeccionan”, solía decir Lobanovsky, al que sus pupilos llamaban “monstruo” por la dureza e intensidad de las sesiones de entrenamientos a los que los sometía.
Muchos de ellos siguen recordándole con mucho respeto y cariño, como el que se le tiene a un profesor duro a la vez que entrañable. Algunos siguen acercándose al Dinamo House “U Metra”, cercano a su casa y a la ciudad deportiva del Dinamo, que Lobanosky decidió construir para disfrutar de sus grandes pasiones junto a sus amigos. Un local que emana efluvios futbolísticos legendarios y en el que entre otros muchos recuerdos podemos contemplar el primer modesto coche que tuvo el Coronel.
Svletana, es su única hija y se muestra orgullosa de que su padre siga vivo porque vive en el recuerdo de sus jugadores y su club. Por ello, su mayor preocupación es conservar su memoria, el recuerdo de un hombre que tuvo como máximo objetivo de vida ser mejor y superarse cada día.
Su muerte en 2002 -a la edad de 63 años-, poco después de dirigir un partido en Zaporozhie, en el este de Ucrania,  lo convirtió en un símbolo. Aquel al que se le homenajea en cada helado rincón esférico de Kiev, donde un estadio lleva su nombre y su perfil de bronce permanece sentado en el centro de la capital, que le recuerda para siempre y lo eleva a la categoría de inmortal. Una inmortalidad que se hace tangible sobre los tablones de madera metálica de un banco, en el que el Coronel dibuja eternamente su legendario semblante, rígido e imperturbable, sus manos entrelazadas y su mirada clavada en las esdrújulas esféricas de un balompédico juego simétrico, geométrico y matemático.

Mariano Jesús Camacho.