Cuentan que en el universo picassiano, en el desbordante, delirante y torrencial poder creativo del pintor de la Plaza de la Merced , hubo lugar para el juego y la imaginación de un niño. Un niño que permanecía muy vivo y latente en su interior, aquel que se inspiraba en los pequeños bajitos para crear un universo infantil lleno de juguetes y esculturas con las que jugaron sus hijos y nietos.
Unas piezas de valor incalculable creadas por el temperamento y el genio de Don Pablo, que pese a no encontrarse entre los maestros de su siglo en esta disciplina, elaboró piezas que constituyen parte de su inconmensurable proceso creativo. Para Picasso la escultura y el juego representaron en muchos de los casos  el boceto e instante previo de reflexión al trabajo sobre la tela.  En la década de los cincuenta, en su búsqueda constante de la expresividad artística, llegó a convertir en arte aquellos objetos inservibles  que los habitantes de Villauris, -conocedores de la capacidad creativa de Don Pablo- echaban sobre el muro del patio en el que vivía. Tejas, codos de cañerías, pedazos de ladrillos, cartones, todo valía para la inspiración de un hombre, que guardaba para sí, momentos en los que soñaba con ser un niño colgado de las cuatro esquinas de la genialidad.
Momentos en los que jugaba a ser niño y construía, juguetes para sus hijos y nietos, como aquel precioso coche de madera pintado en azul que hizo para su hijo Paul, o  ese otro caballo de latón pintado de blanco aupado sobre cuatro ruedas y con un enorme ojo pintado en un lateral de la cabeza, que fabricó para su nieto de cuatro años, Bernard. Los bellos recuerdos de un universo infantil que también inspiró a Don Pablo y que su nieto recordaba de la siguiente manera:
“Mi abuelo, como buen español, adoraba a los niños y se inspiraba en nuestros juegos. El problema era que cualquier cosa que hacía, cualquier objeto que nos regalaba era ya algo precioso que nos daba reparo tocar, por eso jugábamos poco con ello”.
Disciplinas de la eternidad y versatilidad artística de un genial pintor que acabó construyendo un rompecabezas infinito de arte en el que hubo lugar para las esculturas, el juego, e incluso los poemas en prosa. Como un juego debió ser para el artista malagueño confeccionar con recortes de cartón  el boceto de su obra “El futbolista” de 1961. Y es que aunque Picasso -a excepción de boxeo- jamás mostrara interés por el deporte, sí quiso dejar plasmada su visión sobre el juego y el fútbol en esta obra de 1961. 
Una escultura de chapa recortada de un futbolista que actualmente se encuentra en el Museo Picasso de París. En ella toda la complejidad y la sencillez artística de un genio, el juego de un hombre que se resiste a dejar de ser niño…
Mariano Jesús Camacho.