El ser humano es un rompecabezas biológico que ensamblado al milímetro constituye  la maravillosa y a veces jodida máquina de la vida. Como tal, sujeto a numerosas variables que pueden interferir en su correcto funcionamiento y a las que nos enfrentamos cada día.  Agentes externos e internos que pueden afectar a nuestro tránsito vital  y de los que nos defendemos con ejércitos para la defensa de nuestro cuerpo y el trabajo, el estudio, la experimentación y el avance de la medicina. Gracias a ellos, y a la fortaleza mental del ser humano, hemos podido vencer a la adversidad del destino, a la enfermedad y los elementos.
Y es que por muy paradójico que pueda resultar, aunque el cuerpo de un deportista pueda ser menos propenso a sufrir cierto tipo de enfermedades, para nada está exento a ellas. Ellos, como nosotros, pese a la fortaleza que aparentan son humanos, aunque les veamos como ídolos y en muchos de los casos les mitifiquemos, sueñan, lloran, ríen, gritan, sufren, cantan y tienen miedo como todos y cada uno de nosotros. 
Cierto es que la práctica deportiva aporta al ser humano importantes beneficios físicos, psicológicos y sociales, además de intervenir en la educación integral de la persona, pero la constitución, el fenotipo y el genotipo, no se modifican por acción de factores ambientales como la alimentación o el ejercicio físico. 

Aunque la actividad física está relacionada positivamente con la salud, de tal manera que varios tipos de actividad física son efectivos para mejorar los aspectos mentales, sociales y físicos de las personas; esta reduce el riesgo de fallo en el mágico rompecabezas biológico de nuestro cuerpo, pero no lo elimina del todo. Mucho más, teniendo en cuenta que la genética y los factores hereditarios intervienen para bien y para mal en el desarrollo de cualquier individuo.  Y es que la vida navega en la fragilidad de un papel convertido en barco que surca los mares y otea el horizonte en busca de las flores del destino.
Por todo ello hoy quisiera colocar el primer ladrillo de una reconstrucción positiva, los cimientos de una cadena de favores, que con solo cuatro líneas de apoyo pretende transmitir el sueño de un mañana que nadie nos podrá robar, de un ayer de estrellas que nace hoy como himno a la esperanza. Una puerta que se cierra y dos ventanas que se abren para dar entrada a una dama espiritual que sonríe ante la incertidumbre.
Aquella que deposita toda su confianza en la fortaleza mental y la científica positiva del ser humano.  Esa que salva millones de vidas a diario, esa que en complicados días como estos, en los que somos testigos del desgarrador aullido de la Madre Tierra, muestra en su incuestionable pequeñez, la inmensidad de su grandeza.
Una grandeza representada en la lucha ordenada del admirable pueblo nipón, que aún habiéndolo perdido todo, persevera en su valentía, su orden, su entereza y su capacidad de recuperación. Valores que deben constituirse como espejo vital para todos y cada uno de nosotros, los que pasamos por un buen momento, un mal momento, los que no pasamos, o los que simplemente pasamos. Unos valores sobre los que edificaron su lucha y recuperación chicos jóvenes como Sergio Sánchez, Rubén de la Red y Miguel García, tres perfiles, tres personas, tres, que bien pudieran haber sido cualquiera de nosotros, y que hoy encuentran simetría vital en dos jóvenes deportistas que recién comienzan su gran desafío: Miki Roqué y Eric Abidal.
Aquellos que constituirán en la virtud de la fortaleza y la beneplácita voz de la esperanza, la táctica idónea que les llevará a la victoria en el partido de sus vidas…
Mariano Jesús Camacho.