Muchos de nosotros creíamos haber visto ya todo lo que teníamos que ver en un campo de fútbol, pero como siempre la realidad nos suele sorprender y superar con el paso de los años. Si no, contadme que pensasteis cuando contemplasteis hace unos días la imagen de un féretro portado a hombros en pleno encuentro por  la barra brava El Indio en el estadio colombiano de Cúcuta Deportivo. Un ataúd en el que reposaban los restos mortales de Cristopher Alexander Jácome Sanguino, -miembro de la barra brava- que según cuentan se llevaron en pleno velatorio para cumplir su última voluntad.

¿Qué tendrá este deporte para generar tal grado de histeria colectiva en miles de personas –como muy bien escuché el pasado domingo al Dr.Cabrera con Iker en Cuarto Milenio-?

El fútbol tiene la extraña capacidad de sacar lo mejor y lo peor de todos nosotros, cuentan los expertos que sus gradas representan un fiel reflejo de la sociedad en la que vivimos y aparte de ser un juego y un espectáculo capaz de crear algo artístico y bello, tras él subyace un trasfondo bélico y dramático que en ocasiones deja de ser una representación para convertirse en una tragicomedia e incluso para desgracia de la historia del mismo en una tragedia. Y es que este juego, a priori tan simple pero en el fondo tan complicado, nunca dejó de ser la escenificación de una pequeña batalla librada por 22 jugadores por la posesión de un balón. Una escenificación que trasladada a sus gradas, en ocasiones se convierte en el enfrentamiento de hordas exaltadas de guerreros que enaltecen con palos, bengalas y diversas armas camufladas las banderas y colores de sus respectivos equipos y pueblos.

Lo cierto es que este deporte capaz de apasionarnos y ofrecernos momentos que permanecen grabados para siempre en nuestras retinas, ha vivido en más de una ocasión una dramática realidad que ni podemos olvidar, ni debemos ocultar. Trágicos sucesos como los de enero del año 1902, cuando 25 aficionados murieron en el estadio Ibrox Park, en Glasgow Escocia, los de un 3 de julio de 1944, cuando siete aficionados fallecieron en la puerta 12 del estadio River Plate en Buenos Aires. O aquella otra desgracia que aconteció un 6 de marzo de 1946 en el estadio Burnden Park, de Boldon Inglaterra, cuando una pelea entre hinchas propició el fallecimiento de 33 personas.  Sin olvidarnos de los sucesos acontecidos el 29 de mayo de 1985 en el Estadio de Heysel de Bruselas, en Bélgica, en el que murieron 39 aficionados.

La sexta tragedia de grandes proporciones acontecida en la historia de deporte y de las que solo nos queda citar la acontecida una oscura tarde de domingo de un 24 de mayo de 1964 en el estadio Nacional de Lima. Aquella sobre la que voy a incidir y profundizar por la sencilla razón de que ahonda en la locura y sinrazón que lleva al aficionado -a la masa- a entrar en histeria colectiva.

Una histeria colectiva capaz de desbaratar la vida y hacer enloquecer a un colegiado uruguayo llamado Ángel Eduardo Pazos, que tras la tragedia tuvo que ser tratado psiquiátricamente y decidió hacerse sacerdote. Primer protagonista de una crónica negra del fútbol, aquel que junto a Víctor Melasio Campos, “El Negro Bomba”, y al jefe policial, comandante Jorge de Azambuja se encargó de completar el explosivo cóctel de sangre y dolor que amargó la tarde de los 47 157 aficionados que llenaron las cuatro tribunas del estadio Nacional de Lima.

Un partido correspondiente a la clasificación para los JJOO de Tokio en el que se enfrentaron Perú y Argentina, y en el que prácticamente la totalidad de los espectadores eran peruanos, por lo que la chispa que encendió la llama de la histeria no surgió entre aficiones rivales. Mucho más complicado de comprender conociendo este detalle que no impidió aquel inexplicable momento de agresividad que se vivió en el minuto cuarenta de la segunda mitad, en el que el delantero peruano Víctor Kilo Lobatón, logró neutralizar el gol argentino anotado por Néstor Manfredi.

Un gol, un hecho que en segundos hizo desatar primero la alegría, luego la indignación y finalmente la tragedia. Y es que Pazos, -colegiado uruguayo en el que algunos vieron al ángel de la muerte-  tomó la decisión de anular el tanto por falta previa del delantero peruano al zaguero argentino Andrés Bertolotti. Cuentan que en aquel momento un extraño clic se produjo en el inconsciente colectivo de los 47.157 aficionados.  La gente pareció enloquecer, las alambradas comenzaron a temblar por la presión de la masa. De la tribuna oriente comenzaron a volar los asientos, en la popular sur, las fogatas proliferaban a un ritmo inusitado. En aquella imparable escalada de violencia e histeria el árbitro decidió dar por concluido el encuentro debido a la falta de garantías. En ese instante, Víctor Melasio Campos, delincuente habitual y proxeneta -más conocido como Negro Bomba-, saltó al terreno de juego con la intención de agredir al colegiado. Aquel tipo enfurecido, -de unos 95 kilos de peso- se fue directo a por Pazos y la policía tuvo que recurrir a los perros para detenerlo. Fue reducido y recibió una brutal paliza que acabó desencadenando la cascada de acontecimientos sangrientos que arrojó el luctuoso saldo final de 328 muertos.

Y es que las fuerzas del orden pasaron a convertirse a partir de ese momento en objetivo número uno de la masa. Mucho más cuando la excesiva mano represora del comandante Jorge de Azambuja, dio la orden de disparar bombas lacrimógenas contra las tribunas, tras el salto de otro aficionado llamado Edilberto Cuenca. Una estampida humana entre un río de gritos y pánico, aplastó todo lo que se le puso por delante, aficionados que saltaban y se descolgaban por las vallas publicitarias. Miles de personas que intentaban huir pero se encontraban con las puertas cerradas, muros y rejas metálicas entre los que encontraron la muerte. Una tarde de fútbol convertida en terror y sangre. Relatada de la siguiente manera por Mauricio Gil, reportero del Diario El Comercio de Perú: “El aire se agota. Los pulmones se encogen. Las costillas se quiebran. La avalancha humana transformó el miedo en histeria al toparse con las puertas cerradas. Obstáculos de metal que sólo se abrían hacia dentro y que concluían las escaleras, el descenso hacia la muerte”

Histeria, ausencia de seguridad y organización en estado puro.

Cuentan que la pesadilla vivida fue de tales proporciones que las columnas de cadáveres llegaban hasta los dos metros de alto. Una escalada de violencia que se trasladó a las afueras del estadio, pues aquellos que lograron escapar salieron enardecidos llegando a matar a tres policías. Hubo saqueos, robos, incendios, la policía tardó horas en recuperar el control de la situación y en el trasfondo de la masacre una posibilidad que subyace de forma inquietante: la necesidad de la masa de descargar en aquel suceso  el clima de tensión política que se vivía en la Lima de aquel entonces.

Muchos murieron en las calles aledañas pero de aquellos cadáveres no se supo nada más. El gobierno presidido por Fernando Belaúnde Terry suspendió las garantías constitucionales por espacio de un mes. Una cifra oficial final de 328 fallecidos que colgaban en la nada de una lista de nombres redactada desde el crepúsculo de la sinrazón. Cuatro mil heridos que curan sus cicatrices físicas pero que jamás olvidarán aquellos momentos de pánico y horror.

La cara amarga y oscura de un deporte que cada día me invita a ofreceros historias y perfiles de leyenda, pero entre los que también encontramos sucesos como estos que hoy os quise mostrar. Sucesos que jamás debemos olvidar y de los que tenemos que sacar un aprendizaje vital con la intención de que comprendamos que una simple chispa surgida desde cualquiera de los estamentos, entidades, empresas, pueblos, ciudades y personas, que nos implicamos de una manera u otra en el atractivo rodar de una pelota, puede convertirse en un incendio incontrolable de consecuencias irreparables.

Fuente:

http://www.mdzol.com/mdz/nota/130450-A-45-a%C3%B1os-de-la-tragedia-en-el-Estadio-Nacional-de-Lima/

Mariano Jesús Camacho.

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