Por las calles del recuerdo, pisando los restos olvidados de una leyenda perdida encuentro hoy en otra narración de vida, un nuevo perfil esférico  que se materializa en la ciudad de Essen en forma de biografía de bronce. Y mirando con ojos de ayer quiero hoy recordar una historia, que transmite a las nuevas generaciones enseñanzas para mañana.

Cuentan que la historia de Essen es más antigua que la de Berlín o Múnich y que esta se refleja en los lugares históricos y en obras maestras arquitectónicas como el teatro Aalto, el teatro Colosseum, el Museo Alemán del Afiche, la filarmónica y la villa Hügel. Arte y Cultura se escriben con mayúsculas en esta ciudad situada en el corazón de la región industrial de la cuenca del río Ruhr. Aquella en la que representó y escenificó su leyenda un joven que a través de su ejercicio creativo y profesional se convirtió en héroe popular, pues dos goles suyos en la final del Campeonato del Mundo de 1954 de Suiza, llevaron a Alemania al séptimo cielo futbolístico e hicieron posible el conocido históricamente como “Milagro de Berna”.

Su nombre Helmut Rahn, conocido por su liderazgo en el terreno de juego como Der Boss “El Jefe”. Nacido un 16 de agosto de 1929 en Essen-Katernberg, un chico que a la edad de 9 años modeló los primeros esbozos de su pasión futbolística en el SV Altenessen 1912, conjunto al que llegó en 1938, y en el permaneció hasta 1946, cuando a la edad de 17 años entró a formar parte del SC Oelde 1909. Cuatro años en las filas del Oelde, en los que firmó 52 goles y desplegó las virtudes que le consagraron como uno de los mejores puntas o alas diestros de su época.

En su juventud alternó su pasión por el fútbol con las profesiones, de mecánico de coches, taxista y electricista. El Sportfreunde Katernberg, constituye su siguiente escalón futbolístico, aquel que durante una temporada abre las páginas históricas de una biografía deportiva y de vida que luego escribe con las camisetas del SC Rot-Weiss Essen, y de la selección alemana.

De su liderazgo y de las botas del “Cañón de Essen” el  RW-Essen vivió en aquella década de los años cincuenta sus días de gloria. Una década en la que no lo tuvo nada fácil, pues tuvo que competir con otro conjunto de leyenda como el gran Kaiserslautern de los hermanos Fritz-Walter. Aún así se proclamó campeón de Copa en la temporada 52/53 y campeón de la liga germana en la temporada 54/55. Para la historia quedó la foto de la final del Campeonato en la que dos leyendas se vieron las caras frente a frente: Fritz Walter y Helmut Rahn. Un apasionante y emocionante choque de trenes en el que el RW-Essen venció por cuatro tantos a tres, y que forma parte de la historia legendaria del fútbol alemán.

El camino deportivo y vital de Rahn, continuó ligado al RWE hasta 1959, cuando a los 30 años de edad pasó al Colonia, conjunto en el que jugó durante dos temporadas, para en 1961, marcharse al Enschede holandés, en el que juega hasta 1963. Tras su paso por el fútbol holandés, retornó a su país para jugar sus últimas temporadas como jugador en activo en las filas del MSV Duisburg, donde puso fin a su leyenda en 1966, a la edad de 37 años.

Y hablo de leyenda porque Rahn, fue durante muchos años el mayor héroe popular del deporte y el fútbol alemán de la posguerra. Aquel que fue idolatrado y elegido como ejemplo de una nueva Alemania que brota de de la devastación. Ese que también vivió la cruel soledad del olvido, cuando su leyenda se fue difuminando y consumiendo ahogada entre pintas de cerveza en la ciudad que tanto le idolatró. Para entonces las palmadas en la espalda ya se habían marchado, atrás quedaban sus cuarenta internacionalidades con Alemania y sus 21 goles, su histórico debut en noviembre de 1951, en un Alemania 2-0 Turquía. Sus tres mundiales disputados, sus diez goles en campeonatos del Mundo. Y su tensa relación con Sepp Herberger, aquel seleccionador que con un escueto pero urgente telegrama solicitó su presencia en Suiza como recurso en el último instante.

Helmut Rahn se encontraba de gira con el RW Essen por Uruguay y aquel telegrama urgente rezaba así: –“Presentarse urgente en Suiza primer avión”.  Y en el primer avión viajó “El Cañón de Essen” para arrebatarle la titularidad a Berni Klodt y formar junto a Max Morlock una de las líneas ofensivas más poderosas del planeta, alimentada por la creatividad y personalidad de un genio como Fritz Walter.

Un recurso para un último instante que acabó convirtiéndose en eterno con aquella inolvidable acción de la final que cambió su vida y la de millones de alemanes. El gol que cambió sus vidas y le convirtió en leyenda.  Pero como dije la escenificación perfecta de la casa del olvido, construida sobre memorias de piedras sepultadas entre ortigas. Disuelto por la niebla del tiempo entre relatos, que murmuran allá a lo lejos, hazañas de héroes populares que ahogaron su soledad en los efluvios alcohólicos de una pinta de cerveza.

Pues, “Der Boss” vivió sus últimos días en el destierro del olvido de un barrio de Essen, donde recorría las tabernas para, a cambio de unas cervezas, explicar sobre una mesa cómo había sido aquel zurdazo que cambió su vida para hacer feliz a toda la generación de la posguerra.  “Aquella celestial pelota cayó directamente a mis pies, a mi bota derecha. Dos húngaros corrían hacia mí con todas sus fuerzas para taparme el disparo, uno de ellos era Lantos. Les vi llegar y los salvé cambiando la pelota rápidamente de pie hacia mi bota izquierda. Entonces de repente pude ver el terreno despejado –sigo viviéndolo con la emoción que sentía de niño al marcar un gol y lo siento como si fuera hoy- . Conecté un disparo seco y raso con mi pierna zurda  y el balón entró pegado al palo de la meta defendida por Grosics”.


Cuentan que en aquel minuto 84 de partido el inmenso reloj que coronaba la torre del Wankdorf-Stadiom de Berna y corría imparable hacia el minuto 90, se detuvo para escenificar un “Milagro”. La victoria sobre Hungría, una selección de leyenda y la consagración de un héroe popular: Rahn.  Pocas veces en la historia del fútbol, la carrera, y la vida de un jugador, ha quedado reducida de manera tan significativa a un solo instante como en el caso de Helmut. A esos segundos del 4 de julio de 1954, cuando el ‘Boss’ tuvo el balón en la posición correcta para conectar su zurdazo eterno.

Eran exactamente las 18:32 horas cuando Rahn anotó el gol más decisivo de su carrera y de la historia del fútbol alemán hasta ese momento.  El locutor germano Herbert Zimmermann cantó el gol con la precisión de un alemán y la pasión de un relator sudamericano:  “Schäfer centra sobre el área. ¡Remate de cabeza! ¡Despejado! Rahn podría chutar el rebote. Rahn chuta. Toorl! Toor!  Toor! Toor! Tooooooor!
(Cuentan  que Zimmermann quedó atrapado por el silencio durante ocho segundos antes de que su voz volviera retumbar en las precisas radios alemanas)
“Gol para Alemania! Alemania vence 3-2. Llámame loco, llámame loco! “

El ‘Milagro de Berna’ se había consumado, Alemania resurgía de sus cenizas, comenzaba entonces la leyenda y se iniciaba la cuenta atrás para el olvido. Afortunadamente la memoria y la crónica hablada del aficionado, responsable de trasmitir de generación en generación sus tradiciones y leyendas, logró recuperar del brazo de los siglos el perfil legendario de aquel minuto 84 de partido.

Una vez más, aquel reloj circular que marcaba goles, horas y minutos sobre la torre del Wankdorf-Stadiom de Berna, era rescatado del desván del olvido para recordar la personalidad, la pose y el zurdazo de Rahn. Pues, un 11 de julio de 2004, cincuenta años después del encuentro de Berna, una estatua de tamaño natural en bronce fue erigida cerca de Georg-Melches-Stadium en Essen, en la plaza que desde entonces lleva su nombre.

El recuerdo y la leyenda de un héroe popular con nombre y el olvido de un hombre sin leyenda…

Foto: http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Rahndenkmal.JPG

Mariano Jesús Camacho

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