Una templada mañana de abril de 2011 un hombre de avanzada edad desayunaba solo en los jardines del recuerdo, aquellos tan bellos como olvidados, pues su antigua belleza quedó impregnada en las afueras de su memoria. Aquel hombre de pelo cano bebía a sorbos lentos una taza de café y sujetaba con pulso incierto un viejo periódico de 1951. Clavó su vista incrédula sobre el titular de portada y luego con infinita tristeza plegó el diario sin ánimo de leerlo. Después para conjurar la pena se acomodó en una mecedora, cerró los ojos y al compás del crujido de la madera comenzó a recordar.

Hace ya sesenta años de todo aquello, pero no pasa un solo día sin que lo tenga en mis pensamientos, anoche mismo hurgando en el desván, descubrí  un par de zapatos gastados que mi abuela había guardado con todo cariño y con los que todo comenzó. En sus suelas gastadas infinitas carreras e infinitos regates, carreras tras un balón que rodaba imprevisible y travieso por  los suelos adoquinados de las calles de mi barrio, en el que las farolas rotas enumeraron los regates que a la carrera hicimos a aquel orondo guardia que pitó el final de nuestros juegos esféricos.

Y es que en aquellos ajados zapatos viajó la ilusión de todos nosotros, los controles, regates y disparos de nuestros ídolos, aquellos a los que queríamos emular. En ellos la historia de un chico que soñaba con ser futbolista, que se dejó la piel y las rodillas en los campos de tierra del  modesto Aurora FC, mi primer equipo. Aquel en el que me percaté definitivamente que el fútbol no me llegaría para regatear al hambre, pues en mi destino había mucha ilusión pero poca estrella. Quizás por ello me convertí en un gran artesano de la madera, carpintero ebanista que construyó su sustento y me permitió seguir soñando con hacer el mejor gol de mi carrera una tarde de domingo.

Siempre con el nº 9 a la espalda, aquel que paseé por los campos de Regional preferente, Primera Regional y Tercera División. Instantes en los que el artesano dejaba la madera en el taller para calzarse las botas y vivir un soñado debut con la camiseta del Iberia FC en Segunda División B. Y fue con los colores rojiblancos del Iberia con los que protagonicé el afán del ser humano por imitar a las aves y remontar el vuelo, aquella legendaria mitología que nos cuenta la historia de Ícaro, hijo de Dédalo que levantó el vuelo pero cayó a tierra cuando sus alas de cera se derritieron por acercarse demasiado al sol. Y es que en aquella temporada 50/51, el delantero ebanista firmó 39 goles y comenzó a captar la atención de los equipos profesionales, especialmente tras una lluviosa tarde de enero, que como dije, permanece presente cada uno de mis días en mis pensamientos.

Fue sin duda el partido de mi vida, al Iberia le había tocado el gordo, pues el poderoso Real visitaba en Copa el campo Santiago Menor. Se encontraron con una tarde gris, un campo embarrado y once tipos que habían olvidado sus profesiones para sentirse nuevamente futbolistas ante uno de los grandes. Estábamos ante la oportunidad de nuestras vidas y no la íbamos a dejar pasar. Tronaba y el cielo se iluminaba, parecía caer a plomo sobre el Santiago Menor, salimos empapados y una manta de agua nos recibió. Cuando les vimos tan blancos e inmaculados no pudimos reprimir un sentimiento de admiración. Venteaba y la lluvia caía torrencialmente también para ellos, pero parecía no afectarles, pues permanecían impasibles e ingrávidos a la espera del pitido inicial.

Con el pitido inicial todo cambió, el balón comenzó a rodar sobre todo para nosotros, las tornas se cambiaron, barro y viento se convirtieron en nuestros mejores aliados, y con nuestras primeras arrancadas, la grada salió de su hipnosis inicial. De repente comenzó a rugir con las subidas de nuestro central –repartidor de leche de profesión-, con los pases al hueco de nuestro medio –cirujano de profesión- y los regates de nuestro extremo –funambulista de profesión-. Sobre mí, cayó la responsabilidad de pelearme con dos centrales de gran altura y calidad e intentar finalizar. Aquel nº9 que a mi espalda había definido mi rol durante mi modesta carrera, encontró por un solo día la estrella que tanto había estado buscando.

En el primer centro al área y superando la ingravidez y plasticidad de la arboleda inclinada de su defensa, me elevé por encima e impacté la bola con un frentazo que besó las mallas e hizo estallar el delirio en las modestas gradas del Santiago Menor. En aquel instante nos abrazamos incrédulos, pero un nuevo trueno nos hizo regresar a nuestra lucha y posición. Los jugadores del Real no salían de su asombro, los elementos parecían haberse conjurado contra ellos y once tipos desconocidos les estaban haciendo sufrir y poner una marcha más. Salieron en dos o tres ocasiones y nos hicieron dudar, pero la ilusión pudo más. En otra acción nuestro medio logró filtrar un pase al hueco para la incorporación del lateral, que de pase raso envió un balón al área que llegó medido a mi bota izquierda gracias al oportuno resbalón del nº5. No me lo podía creer, pero aquel instinto goleador que tienen todos los números nueve –los malos y los buenos- propició que no pensara un solo segundo en ello y conectara un potente zurdazo que se coló junto al palo para hacer el segundo.

Para ese momento el partido había dejado de ser mera anécdota para la prensa, el modesto Iberia le ganaba dos cero al Real y lo peor –para ellos- estaba aún por llegar. Como así fue, pues en el minuto 80 de partido y con el conjunto blanco volcado con toda su artillería pesada sobre nuestra meta, un saque largo con la mano de nuestro portero me dejó de cara a un mano a mano de 60 metros con dos zagueros. Al final del túnel pude ver la luz, al primero lo superé en la carrera y la conducción, y al segundo –aquel que lanzaba su aliento sobre mi nuca-, lo quebré con un frenazo y un amago con los que se fue literal y físicamente al embarrado césped del Santiago Menor. El portero salió a la desesperada, y con la sutilidad que solo poseen los genios, elevé la pelota de cuchara por encima de su cabeza para firmar el tercero. No me lo podía creer, el carpintero ebanista acababa de construir y crear su primer gran sueño con un balón.

La grada estalló de emoción, el gris plomizo de aquella tarde pareció dejar pasar el Sol para por un momento iluminar mi número nueve y hacer realidad nuestros sueños. Once pares de suelas gastadas que sobre el barro habían vencido a Goliat.  La prensa nacional titulo en portada “El delantero ebanista tumba al Real” Una semana más tarde y en su campo nos pasaron por encima, nos metieron cinco, pero la leyenda de aquella tarde gris en la que el cielo cayó sobre sus cabezas, quedó grabada a fuego para siempre en once modestos corazones amateurs.

Cuando los focos se apagaron el estadio quedó vacío una vez más, el silencio se hizo dueño del tiempo y las sombras nos hicieron regresar a la realidad. La categoría de bronce nos esperaba y este modesto y luchador número nueve siguió peleando por construir buenos muebles entre semana y hacer muchos goles en las tardes de domingo por aquellos campos de Dios.

Aquel hombre de pelo cano y alborotado abrió sus ojos al compás de sus recuerdos y la última mecida. Regresaba así a la tangible realidad y soledad del asilo, en el que piensa nadie le escucha, pero descubre gratamente sorprendido la presencia de un pequeño de cabello color azabache y alborotado, que agazapado junto a la mesa, le mantiene firme la mirada con un brillo especial. Es su nieto, que hace girar una pelota sobre aquel viejo periódico de enero del año 51 e inmediatamente después se ata con fuerza sus zapatos.

Nuestro hombre sonríe, vuelve a guardar su periódico y contempla ilusionado el caminar decidido de aquel niño que ve escaparse hacia el final del pasillo. Su mente no se resigna al reposo y cree reconocer al fondo las luces de los focos y el murmullo de la grada, que estalla en plena calle cuando contempla a aquel chaval correteando por las aceras con las alforjas llenas de ilusión por el sabio camino de la transmigración de la enseñanza.

Mariano Jesús Camacho