El Doctor René Favaloro fue uno de los grandes genios de la medicina, uno de los más brillantes cirujanos toráxicos de la historia de esta especialidad y por supuesto en ciencia y pensamiento, un grande de Argentina. Residente de Cirugía en la Clínica Cleveland, desarrolló la técnica del By-Pass Aorto-Coronario. Allí trabajó codo a codo con Mason Sones, quien desarrolló la cinecoronariografía, estudio indispensable previo a la cirugía. Un trabajo de investigación que a comienzos de 1967, le llevo a pensar en la posibilidad de utilizar la vena safena en la cirugía coronaria. Llevó a la práctica sus ideas por primera vez en mayo de ese año. La estandarización de esta técnica, llamada del “bypass” o cirugía de revascularización miocárdica, fue el trabajo fundamental de su carrera, lo cual hizo que su prestigio trascendiera los límites de ese país, ya que el procedimiento cambió radicalmente la historia de la enfermedad coronaria. Con esa técnica puso la primera piedra para salvar miles de vidas, corazones. Paradójicamente este genio que puso en marcha tantos corazones no tuvo vacilación para detener trágicamente el suyo de un disparo cuando en el año 2000, la profunda crisis económica y política que sufrió Argentina afectó de manera acuciante a su Fundación, que no pudo hacer frente a una terrible deuda de US$ 75 millones. Un triste suceso que el grupo “Attaque 77” reflejó en su canción “Western”, con estas líneas: “paradoja singular”[…] “fue el maestro del baypass”[…]”y murió de un disparo al corazón”[…]”los buenos mueren”.
Como dijo Sócrates: “Para desembarcar en la isla de la sabiduría hay que navegar en un océano de aflicciones.” Y Favaloro fue un hombre sabio al que había que escuchar con mucha atención y admiración. Por ello sus palabras siempre tenían que ser tenidas en cuenta y en fútbol tenía claro cual había sido el mejor jugador que había visto a lo largo de su vida: “El Charro Moreno”.
Unas palabras que le dedicó en el programa de Alejandro Apo y que os dejo en este audio para que podáis conocer al crack: El Dr.Favaloro recuerda a Moreno

El recuerdo de un genio sobre otro, y es que Moreno fue crack de toda la cancha, el estilo del que ‘bebió’ Don Alfredo Di Stéfano, el máximo ídolo de la “Saeta Rubia”.
José Manuel “el Charro” Moreno fue un fenómeno, tenía notables condiciones técnicas: habilidoso, creador y letal en sus movimientos para definir. No sólo definía con ambas piernas, sino que era un cabeceador formidable. Tenía gol y un físico extraordinario, que te llevaba por delante. Fue un adelantado a su tiempo, todo un genio, del que Di Stéfano, al igual que Favaloro, dijo que era el mejor futbolista que había visto, con eso queda todo dicho. Y es que como decía Platón “El hombre sabio querrá estar siempre con quien sea mejor que él.”
Desplegó su fútbol verdadero, su fútbol sabio, su alegría continua en las filas de River, a bordo de una “Máquina riverplatense” que recibió tal apodo de la legendaria pluma de Borocotó, esa creación perfecta que surgió de la inspiración técnica de Cesarini y que arrancó de la mano de Peucelle. Una Máquina que tuvo a sus “Caballeros de la Angustia” en la línea delantera formada por: Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau.
Allí compartió leyenda con otro grande como Pedernera, con el que Moreno ejerció magisterio futbolístico y es que una cosa es saber y otra es saber enseñar. Si por algo se significó aquel conjunto además de por el espectáculo y la calidad de sus futbolistas, fue por la movilidad de los mismos y es que los defensas rivales no sabían cómo contrarrestar a un equipo con tanta movilidad en sus posiciones, de repente el wing derecho pasaba al izquierdo o Pedernera dejaba su sitio a Moreno y viceversa para sorprender y ‘matar’ al rival. En definitiva un equipo que jugaba de memoria y la tocaba de forma mágica.

Sobre su vida circulan innumerables anécdotas, historias, como la de su especial relación con “Don José”, su padre, su mejor amigo y su principal valedor. Cuentan que frecuentemente se los veía viernes y sábados por la noche en tenidas nocturnas de copas, baile y chicas bonitas en los más destacados y lujosos cabaretts de Buenos Aires. Ambos mantenían una relación muy especial, al punto de que la gente creía que eran hermanos. “Don José” seguía a su hijo a todas partes y no faltaba nunca a su cita en el Monumental. Allí tenía una platea muy cerquita del túnel del estadio, por el cual salía River y obviamente su hijo. Siempre al pasar a un par de metros de su padre rumbo al centro del campo de juego, la primera sonrisa y el primer saludo eran para él. Cuando marcaba algún gol, señalaba con el índice de la mano derecha la platea de Don José, quién se incorporaba como un resorte agitando ambas manos y devolviendo el saludo. Hasta que un día el destino le arrebató a su admirador más fiel, su consejero y su inseparable compañero. Fue un duro golpe para el “Charro”, del que tardó en reponerse. Al punto de que sus compañeros tuvieron que hacerle retornar a las pocas semanas, entonces Antonio Liberti, presidente de River, destinó parte de su sueldo para que la butaca que estaba pegada al túnel permaneciera vacía y custodiada, sin que nadie la ocupase.
Muchos años después el “Charro” confesaría que cuando pasaba por al lado de la butaca y saludaba no la veía vacía, veía a su padre y cuando hacía un gol sentía el saludo y los besos de su progenitor.
Genio y figura Moreno nunca se significó por llevar una vida de deportista, los que le conocieron comentan que antes de cada partido, devoraba una fuente de puchero de gallina y vaciaba más de una botella de vino tinto. Al parecer los dirigentes de River quisieron corregir su forma de vida y Moreno se llevó una semana tomando solo leche, pero en el siguiente partido realizó el peor partido de su vida, por lo que retomó sus “malos” hábitos y el club lo suspendió tomando una polémica decisión. Una medida que provocó una huelga por la que River tuvo que jugar nueve jornadas con suplentes.
Así era Moreno, un jugador que fuera de la cancha llevaba una vida un tanto desordenada pero que dentro de ella era genial, abrumador por su personalidad y su cerebro y de un carisma arrollador.
Fue uno de los futbolistas que más años jugó en Primera División, durante veinte años, en los que marcó la diferencia, con su inteligencia y su calidad. Por ello las palabras de un sabio como Favaloro tienen tanto peso, tanta sabiduría, aquellas que residen únicamente en la verdad y las vivencias.
Mariano Jesús Camacho.