Por las calles del barrio de Hammerschmiede del noreste Augsburgo, un pequeño de pelo rubio se aleja acera abajo con la pelota pegada a su zapato, y aunque lo suyo es dar salida a la pelota con su privilegiada concepción del juego o uno de sus geniales pases largos, tan de prisa como puede deja atrás a rivales y viviendas de las que siempre teme no saber salir, quedarse convertido en parte sus cimientos renacentistas, en un elemento más de la simetría de aquellas casas y aquel asimétrico partido improvisado en el que unos se apoyan sobre otros apiñados en derredor de una pelota que solo cobra sentido cuando entra en contacto con su desbordante talento. Al final de la calle tuerce a la derecha, sobrepasa la calzada y envía un pase medido de cuarenta metros con dirección al pie de su compañero. La historia de Schuster que podéis leer en el Desván de Vavel.